El antro del peor escritor del mundo

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Oriónidas 15

Le Bon se levantó y yo, satisfecho, lo imité. Recordé en ese momento que en la nave había tres plazas en la cabina, así que le dije:

— ¡Sí! ¡Vamos al hangar! Pero que nos acompañe Estefanía.

— ¡Sí, sí! —dijo entusiasmada ésta. 

—No creo que sea buena idea —añadió Le Bon.

— ¡Oh, por favor! —suplicó ella, con una extraña voz que parecía alegre e infantil.

 Pensé que sin duda había ingerido esos hongos, presentes en todos los platos de aquella cena. Serio y tajante, contesté a Le Bon:

— ¡Ella debe acompañarnos!

Mi determinación se reflejó en el ahora preocupado rostro de Le Bon.

— ¡Ella no está preparada! —objetó éste.

— ¡Insisto, Señor! 

Le Bon frunció los labios y aceptó al fin.

— ¡Está bien! ¡Si usted tanto lo desea…!

Estefanía, sonriente y satisfecha, se levantó de la mesa y  ambos, acompañados por los omnipresentes hombres de Le Bon, seguimos a su jefe. 

Salimos así por una de las puertas secundarias de la mansión a la parte trasera de ésta, cruzando totalmente a oscuras los jardines que la adornaban, dirigiéndonos hacia el misterioso hangar. Le Bon dejó su habitual sonrisa, mostrando en su rostro la misma seriedad y dureza que sus hombres solían expresar, diciéndome con frialdad:

— ¡No crea que no se que Usted saltó la otra noche el muro que rodea mi propiedad! Lo estuvimos observando todo el rato. Le permitimos contemplar la nave a solas, para que de una vez, se convenciese de que todo lo que le digo es cierto.

Yo, como queriendo disimular, haciendo caso omiso a sus palabras, alcé la vista al cielo, contemplando la hermosísima bóveda celeste que éste nos ofrecía aquella noche.Las estrellas brillaban como nunca, diáfanas y rutilantes.

Orión, mi constelación preferida, comenzaba a alzarse por el Este en ese momento. 

Entonces, olvidando unos instantes lo que estaba haciendo en casa de Le Bon, recordé varios de los correos electrónicos que había leído aquella mañana. Eran de conocidos míos, aficionados también como yo a la astronomía, recordándome que en esa misma noche, la naturaleza nos deparaba algo realmente espectacular. Un acontecimiento reflejado en todas las efemérides astronómicas, que en esta ocasión, era mucho más grandiosa aún que en los otros años.


—  ¡Lástima! —  me dije en voz baja. — ¡No voy a poder verlo!


— ¿Qué? — preguntó Le Bon al escucharme.

— ¡Nada! Cosas mías.



Al acercarnos finalmente al hangar, me percaté de nuevo del olor de los hongos que surgía de los invernaderos que habían junto a éste. En mi mente crecían las sospechas de las cualidades de ese vegetal, al recordar la extraña jovialidad que yo padecía la noche que vi la nave por primera vez  y volé en ella. La conducta y aspecto de Estefanía, que había comido sin rechistar todos los platos de la cena,  hacía aumentar mis presentimientos.

Entramos por la puerta secundaria del hangar, accediendo a la dependencia donde estaban los trajes de vuelo.  Le Bon, Estefanía y yo  mismo comenzamos a ponérnoslos. Mi  todavía esposa se sentía feliz y contenta, con una extraña sonrisa en su hermoso rostro, que contrastaba con la gravedad de los rostros de las demás personas que estábamos allí, yo incluido.

Cuando estábamos al fin los tres preparados, tomamos los extraños cascos y de nuevo siguiendo a Le Bon, entramos en la enorme sala principal del hangar. 





En la oscuridad se apreciaba la silueta de la nave. Uno de los hombres de Le Bon accionó los interruptores que encendían los focos  principales. Estefanía lanzó una potente exclamación de admiración, al contemplar el platillo volante. 

— ¡Oh! ¡Qué bonito!

Yo, más espabilado y observador que la primera vez que entré en aquel edificio, vi que no estaba de nuevo el helicóptero y me sorprendió la gran cantidad de cables eléctricos y conductos hidráulicos que procedentes de maquinaria no muy alejada a nosotros, se introducían en la panza de la brillante y circular nave espacial.

— ¿Y el helicóptero? —pregunté intrigado.

— ¿Qué helicóptero? —respondió Le Bon serio.

—La otra noche, cuando entré solo en el hangar, había uno aquí.


Le Bon respondió, volviendo a lucir su sana y  siempre convincente sonrisa:

— ¡Aquí nunca ha habido un helicóptero!

El médico alzó entonces su brazo derecho y en el platillo volante, con un ruido similar al de un motor eléctrico, comenzó a evidenciarse la rampa de acceso, descendiendo ésta, lenta pero firmemente, hasta tocar el suelo.

— ¡Pónganse los cascos de vuelo! —ordenó Le Bon autoritariamente.

Estefanía y yo obedecimos, mientras él se ponía el suyo y comenzaba a ascender por la rampa. Nosotros dos le seguimos y al entrar en la nave, escuchamos de nuevo la extraña voz  de ésta. Me volvió a sorprender  ver como el médico le contestaba, en esa lengua incomprensible para mi  futura ex mujer y yo. 

— ¡Tomen asiento en la consola de controles y colóquense firmemente los atalajes de seguridad! —volvió a ordenar serio Le Bon.  —¡Las maniobras pueden ser bruscas! —aconsejó finalmente.


Yo obedecí con rapidez, a la vez que el médico hacia lo mismo. A Estefanía, que no dejaba de reír extrañamente bajo su casco, un tanto patosa y torpe, no conseguía abrochar sus cintos de seguridad. Tuve que ayudarle a hacerlo finalmente.

La nave comenzó  entonces a vibrar,  mientras  el cilindro central se iluminaba tenuamente. Segundos después  se encendió la pantalla principal, surgiendo  en ésta los mismos extraños caracteres de la otra vez. 


— ¡Oh! ¡Qué bonito! —exclamó  de nuevo ingenua e infantilmente Estefanía. 

Las vibraciones aumentaron, así como la luz del cilindro. Desaparecieron de la pantalla los símbolos  y en ésta surgió la imagen del exterior, tan clara y nítida, que daba la sensación de que era en realidad una ventana. A través de ella pude observar cómo se abrían las puertas principales del hangar y sentí como aumentaba ostensiblemente de nuevo la vibración de la nave. Surgieron flotando sobre nuestras rodillas las mismas extrañas figuras de la otra vez, tocando el médico una de ellas. El aparato se elevó unos metros del suelo y bajo el control de Le Bon, comenzó a salir del edificio, flotando unos metros sobre el hormigón del hangar.


Yo estaba realmente sorprendido de nuevo. ¡La nave estaba comenzando a volar!

 Los arboles de uno de los bosquecillos de Le Bon aparecieron en la pantalla y nos dirigíamos hacia éstos, acelerando con rapidez. Cuando parecía que íbamos a chocar, la nave dio un brusco frenazo que hizo que nuestras barbillas golpeasen nuestros pechos. Luego, con suavidad,  se elevó, colocándose estacionaria sobre las copas de aquellos altos árboles.Giró de nuevo sobre sí misma, apareciendo entonces en la pantalla la mansión de Le Bon. Cerca de ésta se divisaban los numerosos vehículos aparcados. Infantilmente, intenté identificar mi deportivo, pero no lo conseguí.

Entonces escuché la  alegre voz de Estefanía:

— ¿Puedo conducirla yo, Le Bon? ¡Parece tan fácil!

— ¡No creo que  Usted esté preparada para ello, Señora! —contestó el médico.

—¡Venga! ¡Porfa! —continuó ella.

De repente, Estefanía estiró los brazos para tocar los extraños objetos que flotaban frente a nosotros, situados entre nuestros pechos y la clarísima y amplia pantalla de la nave.

— ¡Huy! —Dijo ella al intentar manipular los controles — ¡No los puedo tocar!

Sus manos, ante mis sorpresa,  había atravesado los supuestos controles de la nave.

Le Bon no dijo nada, como si superado por los hechos, no supiese que hacer.

Entonces yo imité a Estefanía, intentando tocar también los controles. 

— ¡No! —gritó Le Bon! — ¡Los sensores no aceptan tantas estimulaciones! ¡Pueden saturar el ordenador central y producir una avería!

Eso no evitó que mis manos atravesasen los controles, como si fuesen de humo. Estefanía reía como una niña.

— ¡No hay nada! —decía jovialmente ésta.

    La nave comenzó a vibrar brusca y fuertemente, como cuando una máquina se engancha.  La luz del cilindro central de la nave dejó de oscilar, quedando fija, mientras Estefanía y yo seguíamos intentando tocar aquellos objetos flotantes, que a la vez, habían dejado de cambiar de color, quedando en un feo naranja tirando a amarillo. 

De repente esos objetos desaparecieron y en la pantalla de la nave,  la imagen de la mansión fue sustituida por unas letras blancas sobre un fondo azul. No estaba escrito en ningún lenguaje extraterrestre, pues yo lo entendí perfectamente:

       Se ha encontrado un problema y el sistema se ha detenido para evitar daños al equipo.
       Si esta es la primera vez que ve esta pantalla de error de detección, reinicie su equipo. Si esta                    pantalla aparece otra vez, siga los siguientes pasos:

Sorprendido, continué leyendo. Aquello me era muy familiar. Era como los típicos pantallazos azules que suelen aparecer en los ordenadores personales cuando se bloquean o averían.


        *** STOP: 0x0000008E (0x0000005, 0x8052BA34, 0xA89EAFEA, 0x00000000)
        Empezando el volcado de memoria física
        Descarga de memoria física completa.
        Póngase en contacto con su administrador de sistema o grupo de soporte técnico

Sin duda alguna, esa nave estaba controlada por un aparato construido en la tierra. Le Bon tenía razón en lo que había dicho, los sensores que detectaban a los pilotos no habían soportado la información que les ofrecían  nuestras seis manos.

 ¿Qué iba a suceder ahora? ¿Nos íbamos a estrellar?

 Eso no parecía importarle mucho a Estefanía, que seguía con sus enloquecidas carcajadas, mientras le Bon movía nerviosamente su cabeza, sin saber cómo reaccionar.

— ¿Qué demonios está pasando? —pregunté en voz alta al sorprendido y atosigado médico. 

Instintivamente me quité los atalajes de mi asiento y a pesar de las potentes vibraciones de la nave, conseguí ponerme en pie.

Le Bon intentó detenerme, pero conseguí zafarme de éste y me acerqué a la puerta de la nave. 

Toqué los controles de esta, pero no sucedía nada. Sin duda, el ordenador había bloqueado eso también. 

 Entonces vi algo que me fue también muy familiar, colocado de forma extraña, para no ser localizado a primera vista, oculto junto a la puerta. Era parecido a los interruptores de seguridad  que yo había visto en las máquinas de mi fábrica de calzado.

 Di un extraño salto y lo presioné.De golpe se detuvieron las vibraciones y se apagaron las luces de la nave, quedando ésta entonces a oscuras y muy inclinada, como cuando un barco encalla.

 Para alegría para mí, la rampa de la nave se abrió bruscamente, produciéndose un sonoro golpe al finalizar su recorrido de apertura. Sin pensarlo dos veces, me lancé por ésta, descendiendo apresuradamente.

El platillo volante  estaba fijo sobre sus cuatros enormes patas, dentro todavía del hangar, que seguía con las puertas principales cerradas.

¡La supuesta nave espacial nunca se había movido de aquel edificio!

martes, 29 de noviembre de 2016

Premio Liebster Awards

Hoy, tras quitarme las legañas y   hacer alguna cosilla rutinaria, he leído un correo de Keren Turmo, llenándome  de sorpresa, con un poquito de satisfacción, pues con él me comunicaba que me había nominado para este premio.


No esperaba esto de ser nominado y al verlo me he quedado boquiabierto. Le estoy pues eternamente agradecido a Keren y os recomiendo que vayáis corriendo a echarle una mirada a su interesante blog   

  https://elrincondekeren.blogspot.com.es/

Muchas gracias pues a este blog y a su simpática creadora.








Ahora, sin más preámbulos, voy a nominar mis "elegidos":


http://madamesantal.blogspot.com.es/    de Madame Santal


https://sinsentirnosausentes.blogspot.com.es/ de Ederet Ela


http://jhmeseguer.blogspot.com.es/    de José Hernadez Meseguer


http://relatosensutinta.blogspot.com.es/  de David Rubio Sánchez


http://deliriosdeunnaufrago.blogspot.com.es/   de Ángel Beltrán


http://juanky50.blogspot.com.es/    de Juanky


http://suicidasperezosos.blogspot.com.es/  de Doctor Krapp


http://cariciasycuchilladas.blogspot.com.es/  de Rafalé y Olé  Guadalmedina


https://franciscocenamor.blogspot.com.es/  de Fran Cenamor (Zena)


https://nonainonaino.blogspot.com.es/    de  YNADA MAX



Mucha más gente se merece ser nominado. A algunos no lo he hecho por que creo que tienen mas de doscientos seguidores,  porque ya han sido nominados o porque no se si a su blog se le puede nominar. 
Perdonadme si me equivoco, soy muy cortito.  





Las reglas oficiales de este premio los podéis mirar en:


http://liebsterawards.blogspot.com.es/p/reglas.html , que en síntesis son:



1.- Agradecer al blog que te ha nominado.
2.- Responder a un cuestionario que integra 11 preguntas.
3.- Nominar a 10, 11 o 20 blogs que tengan menos de 200 seguidores.
4.- Avisar a los premiados de la concesión, bien en su blog o desde las redes sociales.
5.- Formular 11 preguntar a los blog que se han nominado.





Ahora toca responder a las preguntas de Keren:

1.- ¿Cómo te decidiste a iniciarte en el mundo blogger?
       
      Me aburría mucho en el curro y mi exceso de fantasía no se me curaba. 


2.- ¿Qué fue lo que más te costó?


     Encontrar tiempo para esto.


3.- ¿Cuántos días a las semana escribes?


     Depende. A veces de lunes a viernes, un par a  la semana o ninguno.

    
4.-¿Sobre qué disfrutas más escribiendo?


    De Ciencia Ficción y fantasía. Soy muy fantasioso, que no fantástico.


5.- ¿ Si tuvieras que dar las gracias a alguien sobre la trayectoria de tu blog a quién se la darías? 

     A mi jefe. Solo él es el culpable de que mi mente esté siempre maquinando las ideas  lo más alejadas  posibles de mi trabajo.


6.- ¿Qué es lo que te cuesta más como blogger? 


      Encontrar imágenes gratuitas para "ilustrar".


7.- ¿Eres escritor o Escritora? 


      Me temo que escritor.


8.- ¿ Sobre que trata tu blog?


     Sobre relatos y otros rollazos.


9.- ¿ Tienes algún secreto inconfesable que se pueda contar como blogger?


     Me gustaría ser como John Lennon y su mono, que no tenían nada que ocultar, pero en realidad tengo muchos secretos que NO se pueden contar.

10.- ¿ Con que sufres más?


       Al revisar los textos. Malditos acentos......


11.- ¿Te esperabas el premio?


      Ni lo más mínimo.




Y como colofón, mis temidas once preguntas:



1. - ¿Haces tu blog por diversión?

2. - ¿A veces te da un poquillo de vergüenza de lo que has puesto, cuando ha pasado algún tiempo  y le hechas una mirada ? 

3. - ¿Tienes envidia de algún otro blog?

4. - Si a la anterior pregunta has respondido sí, ¿de cual, si es posible?

5. - ¿Tienes tiempo para leer los blogs de los colegas?

6. - ¿Tienes una de tus entradas en tu blog a la cual le tienes un cariño especial?

7. - ¿Te alegras cuando te dan un voto positivo o eres un tipo/a  duro/a y  pasas de eso/a?

8. - ¿Te sorprende a veces que te lean?

9. - ¿Como llevas los niveles de "audiencia"?

10. - ¿Repasas los textos o los dejas tal como te han salido?

11. -¿Le vas a contar a tu pareja, amigo, compi de curro o lo que sea, que te han nominado a un premio por un blog que tú haces?












lunes, 28 de noviembre de 2016

Oriónidas 14

Aquel sábado, veintiuno de octubre, a la hora indicada,  fui a recoger a Estefanía en su propia casa. Ella apareció muy elegantemente vestida y me confió que esperaba que todas mis dudas quedasen disipadas en esa misma noche.

Yo también lo deseaba, desesperadamente.

Más tarde, de nuevo llegó mi deportivo a la verja mecanizada que daba acceso a las enormes posesiones de Le Bon, con nosotros dos dentro. Ésta se abrió con rapidez y bajo un precioso cielo estrellado, llegamos a la mansión. Numerosos y caros automóviles aparcados allí nos informaba que iba a ser  también una noche especial. Una reunión importante  de los miembros  de la Organización, el grupo de importantes políticos y empresarios, liderado por Le Bon.

Tras aparcar, nos acercamos a las escalinatas de la puerta principal, donde el médico psiquiatra nos esperaba, acompañado por dos de sus fornidos hombres.

— ¡Arcadio! Espero que no se encuentre resentido por lo sucedido —dijo éste. —Mi intención era solo ayudarle.

— ¿Ayudarme? —Contesté con hipócrita sonrisa. —Si no es por mi hermosa esposa —continué, dándole un beso en la mano a Estefanía, de la forma más teatral, causándole a ésta una preciosa sonrisa  —quizás ahora me encontraría con una camisa de fuerza encerrado en los sótanos de su casa.

— ¡Vamos, Arcadio! ¡No se dejé llevar por falsas sospechas! Olvide todo eso y disfrute de esta magnifica velada.

— ¿Me dejará volver a subir a su nave espacial? —pregunté con voz cuasi infantil.

— ¡Quizás!

Le Bon dio media vuelta y el grupo que formamos sus hombres, Estefanía y yo, le seguimos al amplio comedor. Al entrar en éste, los comensales  de aquella cena, al vernos entrar, se pusieron en pie y comenzaron a aplaudir, mirándonos sonrientes.




—¡Le aplauden a Usted, Arcadio! —me aseguró Le Bon. 

Un tanto aturdido, seguí sus instrucciones y me senté a su lado, en la mesa principal, como en la otra vez que acudí a cenar a su mansión. Prestos, los camareros comenzaron a servir los alimentos. De inmediato, uno de ellos colocó un plato ante mí.

— ¡Rayos! —pensé. — ¡De nuevo una crema de ese asqueroso hongo! El mismo que cultivan en los invernaderos situados junto al hangar.

De alguna manera, llegué a la conclusión de que yo no debía probar ese plato. Tímidamente, tomé un pedazo de pan y comencé a comerlo.

— ¿No tiene hambre, Arcadio? —dijo Le Bon al ver que no probaba el primer plato.

—¡No, lo siento! No me encuentro muy bien y no tengo casi apetito. ¡Tranquilo! Ahora empezaré a comer —contesté, tomando mi copa de agua, bebiendo un leve sorbo.

Todos los invitados comían y bebían sin dejar de reír y charlar. 

Entonces me di cuenta. A Le Bon no le habían servido ningún plato. Por lo visto, éste no pensaba comer nada.

De repente, éste se levantó de la mesa y como en la otra noche que fui a su casa a cenar y ver su nave, comenzó a pasear entre las mesas donde estaban sentados los invitados, deteniéndose en todas y cada una de éstas, charlando animadamente con los comensales, que no dejaban de devorar la crema de hongos, generosamente regada convino para todos.

Entonces cogí mi plato y volqué el contenido de éste en el interior de un centro de mesa, adornado profusamente con bonitas flores, sin que ninguno de los hombres de Le Bon se percatase.

— ¿Qué haces? —preguntó Estefanía, que fue la única persona que me vio hacerlo.

—No se, pero no pienso probar esa  sospechosa crema.

Ella consumió totalmente su ración, como todos los demás comensales.

Al rato regresó Le Bon junto a nosotros. Vi que éste miraba con interés mi plato casi vacío.


Un camarero retiró entonces éste, a la vez que los demás  hacían lo mismo a los otros invitados,  continuando despues sirviendo el siguiente componente del menú. Éste consistía en una sabrosa carne, acompañada generosamente por trozos de ese mismo sospechoso hongo. Sonreí amablemente de nuevo a Le Bon y comencé a comer esa carne, teniendo muchísimo cuidado de no hacerlo en la parte “contaminada” por aquel vegetal heterótrofo. No ingerí  tampoco ni una gota de alcohol.

Un tanto preocupado, el médico contestó mi sonrisa, con otra menos intensa. Al fin, retiraron ese plato, trayendo el postre, por suerte, sin hongos.

Entonces Le Bon se puso en pie, declamando solemnemente:

— ¡Damas y caballeros! Nuestro admirado invitado, de nuevo esta dispuesto a responder a todas las preguntas que ustedes quieran hacerle. ¿No es así, Acadio?

Yo, con una sonrisa digna del más borrachín de la comarca, tomé mi copa agua, di un nuevo trago en ésta y me puse en pie.

— ¡Claro! —contesté sin dejar de sonreír.

 —Gracias, Arcadio —dijo Le Bon, dirigiéndose después al grupo de comensales. — ¿Alguna pregunta? 

Un bigotudo señor, con la cara muy colorada, seguramente por causa del alcohol bebido, se puso en pie y clamó un tanto irritado.

— ¡Bien! ¿Nos va a describir, por fin, como son Ustedes, los habitantes de Sirio? ¿Cómo es su sociedad, su forma de vida y su tecnología?

— ¡Claro! —contesté de nuevo, sin perder la sonrisa. Bebí de nuevo de mi copa y continué. —Pero es absolutamente necesario que  primero  Le Bon me lleve de nuevo a ver  la nave espacial.

Un intenso rumor se alzó en la sala.

— ¡Está bien! —contestó serio Le Bon. —Vayamos al hangar. ¡Sígame, Arcadio!




miércoles, 23 de noviembre de 2016

Oriónidas 13

Mari Fe llamó a sus subordinados por la radio que portaba en su cinto y en pocos minutos, los agentes que anteriormente me habían perseguido, aparecieron con su coche patrulla. Éstos, con no mucho cuidado, me introdujeron en los asientos traseros del vehículo. Mari Fe se sentó a mi lado.

— ¿Me vas a entregar a Le Bon ahora? —le pregunté con cierto desdén.

— ¡Tonto! ¡Claro que no!

En veinte minutos llegamos al cuartel.  La pareja de  guardias me sacaron del coche y tomándome por los brazos, prácticamente arrastrándome y virtualmente con mis pies a quince centímetros del suelo, me condujeron al despacho de Mari Fe, dejándome a solas con la Teniente. Entonces  ésta dejó sobre su mesa la pistola que me habían quitado, preguntándome:

—¿Para que querías eso?

—Eso era...."por si acaso" —respondí.

  Bueno, pues "por si a caso" te la voy a guardar una temporadita aquí, en el cuartel.

— ¡Vale!  exclamé intentando quitarle hierro al asunto.

Se puso entonces detraes de la silla donde me habían sentado y comenzó a quitarme las esposas, volviendo a hablarme:

—Sospechaba que habías pasado la noche con tu “amiguita,” así que esta mañana he ordenado que  mis agentes peinasen la zona. Mis chicos han visto enseguida tu cochecito, escondido en aquel huerto abandonado y estábamos  justo allí, cuando recibimos la alerta de la oficina del banco.  Yo me he quedado esperando junto al Porsche, pues estaba segura  de que ibas a volver a por él.

— ¿Qué vas a hacer conmigo ahora?  pregunté con preocupación indisimulada.

—Quiero que vuelvas a casa de Le Bon, en la próxima cena, que se va a celebrar este  mismo sábado.

—  ¡No pienso volver por allí!¡Pero si él quiere encerrarme en su clínica!

—No puede hacerlo.

— ¿Olvidas que consiguió que un juez lo dictaminase?

— ¿Me tomas por tonta? Eso ya ha sido revocado.

— ¿Cómo?

—Resulta que legalmente aún estas casado con Estefanía.

—A ella también le ha comido la cabeza Le Bon.

—Sí, pero parece que aún te quiere, así que enseguida hemos conseguido convencer al juez de  que ella era tu “autentica “familia.  Cuando me digas lo que sabes, te dejaré volver con tu deportivo y te vas tu casa o a la de tu amiguita. Eso sí, como te has portado tan mal, seguirán bloqueadas tus cuantas bancarias. 

— ¡Está bien!

—Pues ya sabes. ¡Soy todo oídos! ¡Cuéntamelo todo!



Una hora después, otro coche patrulla de la Guardia Civil me acercó al lugar donde yo había ocultado el deportivo. En ese corto trayecto, yo no dejé de pensar en mi situación: Le Bon pretendía recluirme en su mansión-clínica y según él, yo soy un extraterrestre. Mari Fe no se creía nada de lo que yo le había contado y pretendía que volviese a casa de aquel tipo el próximo sábado, en su nueva cena con todos aquellos sonados.

Me encantaría poder salir de allí corriendo y de este embrollo, pero la Guardia Civil había bloqueado mis cuentas bancarias.

Estaba metido en un buen follón.

Luego,  tras recoger mi coche, regresé finalmente a mi  casa y allí me llevé otra gran sorpresa. Mi todavía esposa estaba esperándome en ésta, charlando con Julián mientras paseaban por los jardines.






— Hola Arcadio. ¿Cómo estas? —me preguntó ésta nada más verme.

—Bien, Gracias por ayudarme. Según Mari Fe, si no es por ti, ahora estaría encerrado en la casa de Le Bon.

— ¿Mari Fe? ¿Quien es esa?

—La teniente de la Guardia Civil. ¿No la conoces?

— ¡Ah!.... ¡esa!.... Sí,  ella me llamó. Me dijo lo que estaba sucediendo. La verdad, no comprendo lo que esta pasando, ni lo que pretende Le Bon….¡Una persona tan agradable!….

— ¿Agradable?

— Entiendo que no te caiga bien…después de lo ocurrido, ¡pero si lo conocieses tan bien como yo….

— Creo que ya tengo una idea de cómo es…

—De quien no se como es eres tú. ¡Has cambiado tanto! En esta charla con Julián, me ha dicho cosas que jamás habría imaginado en ti. Te has convertido en alguien tan distinto, tan buena persona...

— ¡Te aseguro que yo soy el mismo de siempre. ¡Nada de extraterrestre ni chorradas semejantes!

—¡No se! Es difícil no creer a Le Bon.......¡Antes te comportabas como un ogro!

— ¡Bueno! ¡Si quieres,  me puedo comportar como un ogro ahora! 

 Ella sonrió con cierta timidez y me preguntó entonces:


— ¡No, gracias! Así estas magnifico.¿Vas a ir entonces a la próxima cena en su casa?

— ¡Qué remedio!

—Podemos ir juntos….

Entonces sonreí yo, contestando:

— ¿Me harías ese favor?

— ¡Claro! Estoy segura de que te ayudaré a conocer a Le Bon completamente y entender sus autenticas intenciones.

— ¡Ojala!…

Quedamos para ir a dicha cena y ella abandonó mi casa.

Yo me sumergí entonces en mis más turbios pensamientos.

martes, 22 de noviembre de 2016

Oriónidas 12

Tras pasar con el coche por delante de la dirección indicada, busqué un lugar donde esconder el vehículo. Un deportivo con esa pinta no era precisamente algo  muy discreto. Finalmente, en las afueras del pueblo, me introduje con él en un huerto abandonado, también esta vez de naranjos, y lo dejé allí cubierto de maleza. Luego llegué hasta  la casa donde anteriormente pretendía llegar y pulsé en el timbre situado junto a la puerta de ésta. Pocos segundos después se abrió, apareciendo tras ella Ana, la mujer que me encontró, con su hija y su perrito, en aquel naranjal:

— ¡Arcadio! ¡Qué sorpresa! —exclamó al verme.

—¡Hola, Ana! ¿Puedo pasar?

—¡Claro! Íbamos a comer ahora. ¿Quieres acompañarnos?

Entré en el interior de su vivienda, respondiendo:

— ¡Tengo problemas! No quiero asustarme, pero me buscan y he pensado  en si podría esconderme aquí unas horas...

Ana me miró fijamente a los ojos y contestó:

—No te preocupes. Puedes quedarte todo el tiempo que quieras.

—Gracias por ayudarme —le dije agradecido.

—Tranquilo. Sé que eres una buena persona y  si necesitas auxilio, yo  te lo daré.

No supe que decirle. Ella tampoco, así que la seguí al interior de la vivienda y tras  jugar un poco con su hija y saludar a su perrito,  ayudé a Ana a servir la comida. Ella fue muy agradable, procurando evitar que mi "problema" surgiese durante la charla que mantuvimos los tres. Cuando aquella mujer regresó de llevar a la niña al colegió, le conté todo lo que me había sucedido. Yo pensaba al principio que no iba a creerse mi extraña situación, pero confió plenamente en mí  y  aceptó todo lo que yo le decía.

Pasé el resto de la jornada escondido allí y por la noche le ayudé a Ana a preparar la cena. Tras tomarla, cuando ya se acostó su hija, me hizo algunas preguntas sobre lo que me había ocurrido, más por curiosidad que por incredulidad. Finalmente me indicó donde podía dormir, una pequeña y limpia habitación, y me acosté.

No pude dormir muy bien en todo la noche. Mis problemas de identidad, añadidos ahora por el hecho de ser buscado por los hombres de Le Bon y Mari Fe y sus guardias, no hacían más que aumentar mi insomnio.
Por la mañana, cuando llevaba finalmente un rato dormido, la voz de la niña volvió a despertarme con aquella misma canción del sapo y su sombrero. Me puse la ropa y desayuné con ellas. Cuando Ana se fue con su hija en dirección al colegio, dejé sobre una mesa todo el dinero que yo llevaba encima.  Me sentía obligado a pagar de alguna manera su hospitalidad.

 Abandoné la casa sin esperar el regreso de su dueña y me dirigí  andando al centro del pueblo, un lugar donde mucha gente trabajaba para mi en algunos de mis negocios,  y procuré no ser reconocido. Al llegar a una oficina de banco, situada en la plaza mayor,  me coloqué frente al cajero automático, colocado junto a la puerta de entrada, e introduje en él una de mis tarjetas. Frustrado, vi como un mensaje aparecía en la pantalla, indicándome que aquella tarjeta estaba desactivada.

Probé otras, pues tenía muchas, con igual resultado.  Si quería irme de allí debía conseguir dinero, así que me arriesgué entonces  a entrar en la oficina y me acerqué a una de las ventanillas.

En ésta, la chica que me atendió, muy pintada y arreglada, se sorprendió al verme y con semblante asustado, me preguntó:

— ¡Hola Don Arcadio! ¿Desea algo?

—Sí —contesté con falsa tranquilidad —Necesito sacar efectivo de mi cuenta, unos tres mil Euros, por favor.

Dubitativa, la chica respondió, mientras dirigía nerviosas miradas a sus compañeros.

—Esperé un momento, Don Arcadio.

— ¿No es necesario que le enseñe mi documentación ni nada de eso, verdad, Señorita?

— ¡No, claro que no! Todos en la oficina lo conocemos de sobra.

Me pareció cierta actividad en sus compañeros y la lentitud de la chica al realizar la operación que yo le había pedido me hacía sospechar.

— Lo siento, Don Arcadio; pero me ha surgido un problema. Creo que va a tener que esperar unos minutos —añadió la muchacha.

— ¿En serio? Tengo un poco de prisa.......

Entonces escuché la sirena de un vehículo policial. Sin duda, alguno de los empleados de aquella oficina había llamado a la Guardia Civil. Salí corriendo de la oficina y mientras cruzaba la puerta, un coche patrulla apareció en medio de la plaza. Los agentes bajaron de éste y comenzaron a perseguirme.

— ¡Maldita sea! —pensé. — No me ha dado tiempo a pillar la pasta.

Los guardias me gritaron ordenándome que me detuviese, pero yo, corriendo más rápido de lo que yo pensaba que podía,  no les hice caso. Me introduje por las estrechas callejuelas de aquel viejo pueblo naranjero, intentando deshacerme de los civiles, pero desgraciadamente éstos estaban en magnifica forma física. Metro a metro, redujeron la distanciara de ventaja que yo les llevaba y cuando estaban a punto de alcanzarme, reconocí finalmente que solo un milagro podía evitar que los guardias me detuviesen.

Pero ese milagro se produjo. De repente, una anciana apareció, saliendo de una de las viejas casas. Con educación, pidiéndole perdón, sin dejar de correr,  me introduje en ésta, cerrando la puerta  y dejando a la señora afuera en la calle, todo ello con inusitada rapidez. A los gritos de los agentes se sumó  entonces los de la enfada señora. Aterrado escuché como la anciana les decía a los agentes que no se preocupasen,  pues llevaba encima las llaves de su hogar, mientras las buscaba s en su bolso, oyéndose después como éstas penetraban en la cerradura de la puerta.

Crucé aquella antigua vivienda y busqué el patio trasero que solían tener  ese tipo de casas. Sin detenerme, me precipité a éste e intenté trepar la pared que lo cercaba. 

Aquel muro era demasiado alto, sin conseguir yo poder saltarlo. Entonces escuché horrorizado como la puerta de la entrada de la casa se abría y los agentes entraban. Me fije en la escalera que comunicaba aquel patio con el tejado de la casa y sin pensarlo, eché a correr por ésta. 

Los Guardias me siguieron igualmente, continuando entonces aquella alocada carrera por los tejados de las casas de aquella calle. De nuevo los agentes comenzaron a recortar la distancia, cuando de repente, al saltar yo de un tejado a otro, cedió éste último ante mi peso, provocándose un agujero por el cual caí estrepitosamente yo.

Sorprendido y dolorido, tumbado en el suelo de aquella vieja casa abandonada  adonde yo me había precipitado,   vi como los agentes se asomaban por el agujero creado por mí peso en el tejado. 

Entonces comprendí que tenia de nuevo otra oportunidad y a pesar de estar hecho polvo, me levanté y salí de allí corriendo a través de una desvencijada ventana.

 Tras unos minutos de continuar corriendo por las calles, reduje mi marcha y sin dejar de caminar, intenté recuperar el aliento. No había conseguido obtener dinero y estaba claro que debía salir de allí lo antes posible, así que decidí regresar al vehículo y con él dirigirme a la gran ciudad, situada a media hora de allí por la autopista. Tenía suficiente combustible para ello. Quizás allí tendría más suerte. Ya se me ocurriría como solucionar mi extraña situación.

 Mientras pensaba todo aquello me introduje por los naranjos, evitando miradas indeseadas y llegué por fin a mi precioso Porsche 911 descapotable. Introduje las llaves en la puerta y de repente reconocí una voz que heló mi sangre.





— ¿A dónde quieres ir, mi Arcadin?

Lentamente me giré. La teniente Mari Fe me apuntaba con su arma reglamentaria. Yo levanté las manos de una forma un tanto cómica y ésta se me acercó. Sin dejar de encañonarme,  me hizo dar media vuelta y mientras me ponía las esposas, me dijo con voz extrañamente dulce:

— ¡Te advertí de que no te portases mal! ¡Ves!¡Tonto! ¡Ahora tengo que llevarte  al cuartel esposado!



lunes, 21 de noviembre de 2016

Oriónidas 11

Pasé el resto de la noche dando vueltas con el coche, sin saber a donde ir. Recorrí los caminos secundarios, la carretera nacional y la autopista, hasta que agotado, me detuve junto una playa, viendo el sol amanecer.






No comprendía nada. Sin creer que la inmensa mansión, que todos decían que me pertenecía, fuese realmente mi hogar, me dormí finalmente en el deportivo.

Horas después, cuando el sol estaba ya alto en el cielo, me desperté y arranqué de nuevo el coche, regresando finalmente a aquel caserón donde se suponía que yo vivía.

Cuando llegué a ésta, Julian estaba esperándome en el garaje, con el aspecto de estar muy enfadado conmigo:

— ¿Dónde rayos estabas? —me dijo éste.  —La Guardia Civil ha venido buscándote de nuevo. Tu ex mujer.........

— ¡Mi mujer aún!..... —corregí.

— ¡Vale! ¡Llámala como quieras! Estefanía también ha venido preocupada, preguntando por ti. Y además, el Le Bon ese no ha dejado de llamar por teléfono, queriendo hablar contigo. ¡ Los  tienes a todos detrás de ti!…. ¡y a mí muy alarmado!

—Perdona. Estaba intentando aclarar ideas.

— ¿Y no podías decirnos donde estabas? ¿Hacer una llamada?

— ¡Lo siento!

Sin más palabras me introduje en la casa. Subí con rapidez por las escaleras y me encerré en mi cuarto. No sabía como, pero tenía que solucionar todo aquel asunto. No me gustaba lo más mínimo esa absurda situación.

Sin dejar de meditar en mis problemas de identidad, no conseguí  avanzar nada. No me apetecía lo mas mínimo regresar a casa de Le Bon, pero si continuaba así, todo aquello iba a conseguir volverme más loco de lo que estaba.

 Mis pensamientos se perdían en estrambóticas hipótesis. Si yo era un extraterrestre, ¿qué demonios hacia yo por aquí? ¿Cuál era esa misión que decía Le Bon debía cumplir yo? ¿Preparar acaso una invasión? ¿ Era Le Bon un traidor a la Tierra? ¿ Quizás me lo estaba imaginando yo todo y estaba como una cabra?

Loa más probable, sin duda, era la última propuesta.

En los  dos días siguientes, Le Bon hizo numerosas llamadas telefónicas a mi casa, instándome a que acudiese a su mansión para realizar  nuevas “sesiones”, en las que según él, aclararía mis profundas dudas. Me negué  a aceptar sus invitaciones con vacuas excusas.
Yo, por otro lado,  seguí las sugerencias de mi médico personal y continué aislándome de  las supuestas actividades y trabajos  que yo realizaba anteriormente a mi desaparición y reaparición entre los naranjos , dejándolo todo a cargo de mis empleados y asesores.

 Al tercer día Le Bon dejó de llamar, en vista de sus negativos resultados. Pensé que éste había comprendido que debía dejarme en paz. También recibí llamadas de la Guardia Civil, a las que yo contestaba amablemente, asegurándoles que en breve acudiría al cuartel, para darles ciertas “explicaciones” sobre mis conversaciones con Le Bon y la cena en su casa. Sentía cierto interés en acudir, no puedo negarlo. La idea de saber como era el vestido de la teniente Mari Fe que tanto me gustaba, según ella, me atraía febrilmente, pero no me consideraba preparado para ello, todavía....

Pero sin duda alguna, ésta enviaría pronto un coche patrulla a mi casa, para llevarme a su cuartel, ante mi tardanza a responder a sus llamadas. 

Pero ese no fue mi principal problema.

Al cuarto día de  mi voluntario aislamiento, llegó una ambulancia a mi propiedad. De ésta descendieron dos fornidos sanitarios, que entregaron a una de mis empleadas un documento. Ésta, mintiéndoles, les aseguró que yo me encontraba ausente, sin conseguir que montasen en su vehículo y se marchasen. La chica, sin levantar sospechas, me lo trajo a mi despacho, donde yo me escondía, comunicándome  alarmada:

— ¡Don Arcadio! ¡Vienen a por Usted!

Yo tomé el papel y leí lo asustado. En éste ponía que un juez había determinado que yo debía subir a esa ambulancia y dejarme conducir a la supuesta clínica del doctor Le Bon, situada en sus propiedades. Según este documento,  mi antigua amante Helga, considerada por el juez como mi “pareja de hecho” y  varios miembros de la dirección de mi fábrica de zapatos,  afirmaban que yo estaba incapacitado mentalmente y que tenía mis facultades mentales mermadas.  Por lo tanto, siendo también Le Bon mi supuesto médico psiquiatra, indicaba  éste que debía ser internado inmediatamente en su clínica, hasta mi aproxima curación.

Se me heló la sangre, ¡No podía creerlo!

Tomé mi documentación, algo de dinero, mi teléfono móvil, las tarjetas de crédito y saqué de uno de los cajones, asustando a mi empleada, la vieja Astra de 9 milímetros. Me aseguré de que llevaba las llaves del coche en mis pantalones y sin dudar ni un segundo, abrí la ventana del balcón  del despacho y dando un  gran salto, salí al jardín. 

Sin ser apreciado por los sanitarios, me dirigí al garaje, me introduje en el deportivo y salí a toda velocidad de mis posesiones.

Oí como la ambulancia encendía su sirena e intentaba perseguirme, pero pronto la dejé atrás.

Minutos después, mientras huía, mi teléfono móvil comenzó a sonar. Detuve mi vehículo y lleno de curiosidad, contesté.

— ¡Arcadio! Soy Mari Fe, ven de inmediato al cuartel.

— ¿Para qué? ¿Para entregarme a Le Bon?

— ¡Claro que no, tonto!Ven y cuéntame todo lo que sabes.

— ¿Y lo que ha dictaminado el juez? ¡Mejor no voy  a tu cuartel!

— ¡Arcadio! ¡No me hagas enfadar! ¡Mira que te hago detener!….

Colgué. Me incorporé a la autopista y apagué mi móvil. Así Mari Fe no podría determinar, por medio de este aparato, mi posición. Entonces abandoné la autopista en la primera oportunidad que tuve y me dirigí a cierta dirección, que alguien había apuntado para mí, cuando yo iba a  abandonar el hospital y que yo memoricé,  utilizando el GPS del automóvil. 

viernes, 18 de noviembre de 2016

Oriónidas 10

  Escuché una suave voz femenina, que me indicaba que abriese lentamente los ojos. Evidentemente, no le hice caso y los abrí de golpe. La intensa luz de una lámpara me cegó momentáneamente. Cuando mis ojos se recuperaron, vi el rostro de una chica que mi sonrió y  diciéndome que iba a avisar a Le Bon de que ya me había despertado. Yo, un tanto desorientado, me reincorporé y bajé de la camilla donde estaba tumbado. El sabor de aquellos hongos inundaba todavía mi paladar y eso se me hacia ya desagradable.
 Minutos después apareció el médico:

— ¿Cómo se encuentra, Arcadio? ¿Mareado?

—No. ¿Dónde estoy?

—Está  Usted en mi casa.

— ¡Ah, sí! ¿Qué me ha hecho antes? ¿Por qué la inyección?

— ¡Era necesario, no se preocupe! Con el tiempo lo comprenderá. ¿Quiere tomar algo? ¿Agua?

—No, quiero irme.

—Bien. Si no se encuentra mareado, puede regresar a su domicilio. Interesante lo de antes, ¿no?

— ¿Lo del platillo volante? ¡Espectacular!

—Espero que comience a asimilar su estado. Le sorprenderá saber que Usted es un gran piloto de naves como esa.


No sé por qué, no me parecía muy cierto lo que me decía.


— ¡Bien!—exclamé mientras me ponía los zapatos— me voy a descansar. ¡No todas las noches se monta uno en un OVNI!

Le Bon rió mi tonta broma y llamó a uno de sus hombres, que me acompañó hasta mi deportivo, ahora solitario en la antes atestada zona de aparcamiento de la mansión.

En cuanto llegué a mi casa, me metí en la cama. No me sentía muy bien.

La mañana siguiente me levanté con un gran dolor de cabeza, como si estuviese sufriendo los efectos de una gran resaca, con el sabor insufrible de aquellos hongos en mi gaznate.

No sabía si había soñado todo eso de la nave espacial o si realmente había visto como Le Bon la pilotaba.

 Me lavé la boca con especial interés, pero ni aún así no me libré de ese gusto en muchas horas. 





Pero eso era lo que menos me interesaba. Volví a mi despacho a mirar las fotos que había encontrado en el ordenador de aquella espectacular nave espacial. ¿Era cierto todo aquello que me decía le Bon? A pesar del vuelo de la noche anterior, no terminaba de aceptarlo totalmente. Sin duda, yo era una persona muy escéptica.

De repente el teléfono del despacho sonó estridente, sacándome de mis pensamientos. Contesté sin mucho interés:

— ¿Sí?

— ¡Don Arcadio! Soy yo,  Peláez.

— ¿Quién?

— ¿No me recuerda? El otro día fui a su casa a verlo acompañado por otros directivos, cuando volvió del hospital. Soy  el gerente de la fábrica de zapatos. Debe acudir Usted  de inmediato. ¡Los trabajadores se han puesto en huelga!

  A pesar de no tener ni idea de esa fábrica, decidí hacerle caso a ese Peláez. Debía ser un asunto importante.

Media hora después, acompañado y guiado por Julián, llegué a las puertas de “mi” fábrica. Un grupo de empleados estaban en la puerta del recinto de la factoría, impidiendo la entrada y salida de ésta. Detuve mi vehículo al llegar hasta ellos y me puse en pie sin bajar del descapotable, dirigiéndome a los huelguistas:

— ¿Qué ocurre aquí, Señores? —pregunté con auténtica curiosidad.

Uno de los empleados se encaró a mí, respondiendo con una sonrisa que adornaba un gesto de  malestar:

— ¡Parece mentira que usted pregunte eso! Simplemente nos oponemos a que se cierre la fábrica y se lleve la producción a China.

— ¿A China? —pregunté  de nuevo asombrado.

— ¿No lo recuerda? Dirección tiene esos planes hace meses.

—No, no lo sabía. Perdone la pregunta, ¿es Usted del comité de empresa?

— Sí. Soy Sanchís, formo parte de él. Usted y yo hemos hablado  muchas veces sobre los problemas de la fábrica, pero siempre se ha mostrado reacio a mostrarse receptivo a nuestras propuestas. 

— ¡Ah! ¡Vaya! ¿No me diga?

—Sabemos que la empresa no ha entrado en pérdidas—continuó el sindicalista. — En todo el año, todos los meses hemos tenido beneficios, porque la mayoría de la producción está destinada a exportación, pero el nuevo gerente quiere aumentar los beneficios, cerrando la planta y producir en una situada en China.

Pensé unos segundos y pregunté de nuevo, esta vez mirando a Julian.

— ¿Tengo socios en esta empresa?

—No, Arcadio. Tu eres el dueño de todas las acciones —respondió éste.

—Pues entonces ya podéis desconvocar la huelga —grité entusiasta. —Esta fábrica no se cierra, y ni mucho menos  la producción se va a ir a China.

Los trabajadores lanzaron  gritos de alegría, vitoreando mi nombre.

—Ahora, Señores, vamos a dentro. Voy a hablar con  Peláez y esos tipos de dirección.

Los trabajadores me abrieron paso, siguiéndome después. El guardia de seguridad de la entrada a la planta levantó la barrera del acceso y guiado de nuevo por Julián, llegué a las oficinas. Allí,  tras una larga y agria discusión con los miembros de dirección, amenazándolos con despedirlos, abandonaron éstos sus ideas y aceptaron mi decisión, cumpliendo lo prometido a los trabajadores. 

Cuando ya regresábamos a casa, Julián, sorprendido pero satisfecho, me dijo:

—Arcadio, no sé qué te ha pasado, pero has cambiado. ¡Mucho! Te has portado muy bien en la fábrica, salvando los puestos de trabajo de todos esos trabajadores. Antes de desaparecer esas dos semanas, tus ideas eran las mismas que la de los directivos, dispuesto a cerrar la factoría.

Meditabundo, las dudas no dejaban de crecer en mi mente: ¿Sería cierto lo que decía Le Bon? ¿Realmente era yo un extraterrestre? ¿No era el mismo Arcadio que el de antes de la desaparición? 

 Por la forma en que estaba actuando ahora, así parecía. Lo cierto es que me encontraba satisfecho por lo que había hecho en la fábrica.

Pero esa satisfacción por mi actuación en la factoría no duró mucho.  Al comprobar en el ordenador de mi despacho el estado de mis cuentas bancarias, me llevé una desagradable sorpresa. Ese mismo día, una gran cantidad de dinero había sido sacada de  una de las cuentas, por medio de un talón firmado por mí mismo el día anterior.

 Yo no recordaba nada de eso.

Decidí  pues actuar lo antes posible. ¡Esa misma noche! 

Al anochecer cogí una alta escalera que había en el garaje y que solía utilizar Julián en el jardín y la cargué en el deportivo, pues no sabia donde el anciano guardaba las llaves de los otros coches. El resultado fue  cuanto menos sorprendente. ¡No era muy usual ver un Porsche descapotable con una escalera de jardinero!, pero, ¡qué diablos! ¡Me encantaba aquel deportivo!

Tomé el vehículo con su extraña carga y me encaminé a la mansión de Le Bon. No tuve problemas para entrar en esa selecta urbanización. Los guardias de ésta me conocían  de sobra y me franquearon la entrada, a pesar de lo insólito que era lo que transportaba en el vehículo. 

Al rato aparqué junto a la muralla que rodeaba las propiedades de Le Bon. Tomé la escalera y la apoyé en la pared. Con facilidad subí y haciéndola pasar por encima el muro, pues era de aluminio y apenas pesaba, la coloqué al lado de la pared que daba al interior de los terrenos de Le Bon. Ágil como un gato, descendí.

Sigiloso, me desplacé entre los numerosos arboles situados en la propiedad, llegando al fin a la mansión, pero esa no era mi objetivo. Evitando la luz, me dirigí al hangar. 

Cuando ya estaba casi en las cercanías de éste, escuché unas voces. Eran dos de los hombres de Le Bon, que estaban haciendo una  ronda de guardia. Asustado, cambié de dirección y me introduje en uno de los invernaderos que habían junto al hangar, deseando que no me hubiesen visto.

 Mientras muerto de miedo esperaba que  los guardias se marchasen, me di cuenta de que estaba pisoteando los cultivos. Entonces vi que eran hongos.  Todo lo que allí cultivaban esos vegetales. Los mismos con los que aderezaban todos los platos en aquella casa.

— ¡Qué obsesión por esos hongos! —pensé. — ¡Si por lo menos estuviese buenos! 

Cuando me aseguré de que los tipos aquellos estaban bien lejos, Salí del invernadero y llegué hasta la puerta lateral del hangar. Como recordaba que estaba cerrada con un candado, yo me había proporcionado previamente  un martillo, tomado entre las herramientas de  Julián,  y era lo suficientemente grande como para poder romper el candado. 

No sabía si lo había aprendido en Sirio o en la Tierra, pero lo hice con suma facilidad. 

Tras pasar la puerta, crucé la dependencia donde estaban los trajes de vuelo y llegué a la inmensa sala principal.

Allí, sumida en la oscuridad, la enorme  nave espacial permanecía inmóvil. 

Boquiabierto, me acerqué a ella. Inmensa, tan brillante como la recordaba  a pesar de la falta de luz, me llenaba de estupefacción. Era real. No lo había soñado.

Debía entrar en el interior, ¿pero cómo? La rampa estaba cerrada. 

 Tras dar varias vueltas, me di por vencido. Empecé a sentirme frustrado. Era cierto que mi intención principal era asegurarme de que existía realmente la nave, y eso lo había cumplido ya, pero no me parecía suficiente.¡ Quería ver más!

Entonces vi algo más en el interior del hangar. Había otra voluminoso objeto. Curioso, me acerqué a éste. Era otro vehículo aéreo, pero sin duda era terrestre. Sorprendido, vi que aquello era un helicóptero. 

—¡Eso no estaba anoche aquí! —me dije.

Entonces me decidí a regresar a casa. Con quizás excesivo cuidado, crucé los terrenos de Le Bon y salté la valla. Cargué de nuevo la escalera en el deportivo y arranqué con destino a mi casa.

Esa noche no había acallado mis dudas. Al contrario, las había aumentado.