jueves, 30 de junio de 2016

¡Buenas! ¡Esto es un atraco!



Daniel miró desde la acera de enfrente la oficina bancaria. —Tiene buena pinta —pensó y le pareció un buen lugar para trabajar. Cruzó la calle, atestada de vehículos detenidos por el semáforo y se colocó delante del escaparate de una tienda de ropa. Sacó el antifaz y se lo puso, empuñando después la pistola  mirándose en el escaparate.—¡Vamos allá! —exclamó  con determinación, mientras se acercaba a la oficina, Se puso frente a esta y tocó el timbre, esperando que desde el interior del establecimiento le abrieran.—¡Meeeeeckkk! —resonó en la puerta mientras esta se entornaba mecánicamente.

No había mucha gente dentro de la oficina, un pensionista y una señora de mediana edad, ademas de los tres empleados. Sin perder un segundo, Daniel se encaró al cajero, sentado en su cómoda mesa y le apuntó con la pistola.

 — ¡Buenas! ¡Esto es un atraco!

El cajero lo miró sorprendido y después, con aires de fastidio, le contestó:

— ¡Pero alma de cántaro! ¿Usted no sabe en que día vive?

Daniel respondió irritado:

— ¡Claro que lo sé! Hoy es....

Sacó entonces su teléfono móvil, dejando la pistola sobre la mesa del cajero y continuó:

— Jueves....a las once treinta y cinco.

— Pues entonces comprenderá —le explicó el cajero— que ahora no podemos atenderle.

— ¿Como que no? —preguntó Daniel asombrado.

—Mire aquel cartel.

El atracador giró su cabeza en dirección a donde el cajero le indicaba y lo leyó:

                                     Cobro de recibos y atracos
                                       Lunes, Martes y Viernes
                                       De ocho a diez treinta


—Como puede ver, hoy no puedo atenderle —continuó el cajero.

— ¡Maldita sea! —exclamó enfadado Daniel. —¿Entonces no me va a dar el dinero?

—Me temo que no, Señor.

—Mire, me he levantado muy pronto para tomar el tren y llegar hasta aquí.......Vivo a más de cuarenta kilómetros....¿En serio no me va a atender?

—Lo comprendo, Señor, pero no podemos hacer ese tipo de excepciones. Venga Usted mañana, de ocho a diez treinta, y le atenderemos gustosamente.

— ¿No puede darme ahora mismo una solución a este problema?

—¡Ya se lo he explicado, Señor! —le respondió de nuevo aburrido el cajero—. Esas son las normas corporativas y si las incumplo, pudo tener un buen problema con mis superiores.....¡Compréndalo!

—¡Pues me siento bastante decepcionado con el funcionamiento de este banco!

—Puede rellenar las hojas de reclamaciones, si lo desea, Señor.

El cajero sacó unos folios de debajo de su mesa, entregándoselos a Daniel. Este tomó un bolígrafo y comenzó a rellenarlos.

—¡Señor, por favor! —le dijo el cajero—. Apártese a aquel estante y hágalo allí. ¡Hay gente esperando!

—¡Vale, vale! —respondió Daniel con aires de suficiencia de nuevo irritado. Se apoyó sobre una balda y continuó rellenando las hojas de reclamaciones.

—¡Oiga! ¿Había es con hache o sin hache? —preguntó el atracador al cajero, mientras este atendía al pensionista.

— ¡Ponga lo que quiera! Para el caso que le van a hacer.....

—¡Pues vaya! Yo soy un profesional......y no me esta gustando nada lo que esta pasando aquí.

 — ¿Un profesional?  —dijo el cajero con una cínica sonrisa.

—¡He, cuidado! —respondió Daniel—. Yo llevo muchos años en la profesión. Ya de pequeño, en la escuela, les robaba a los compañeros los bolígrafos Bic Cristal y las gomas de nata.

El cajero lo miro sin dejar de sonreír, incrédulo.

—La semana pasada sin ir más lejos —continuó el atracador— le pegué un tirón en el bolso a una señora......¡y quedó esta muy satisfecha!

—¡Bueno! —exclamó el cajero escéptico.

—Después, cuando fue a la policía a denunciar el robo, declaró que no le había hecho nada de daño en el brazo. Que casi no lo notó. ¡No le dejé ni marca! ¡Es que uno es un profesional!

Daniel vio que el cajero ya no le estaba haciendo caso y terminó de rellenar las hojas de reclamaciones. Finalmente las entregó y abandonó la oficina.

Cuando cruzó la puerta de esta, ya en la calle, miró su mano derecha con una pequeña sonrisa. En esta estaba el bolígrafo que había tomado en la mesa del cajero.

— ¡Para que aprendáis! —exclamó satisfecho—. ¡Os he robado el boli!














lunes, 13 de junio de 2016

Superhéroe

Miro mi sombra, bajo la lechosa luz de la luna. ¡Qué figura! ¡Qué musculatura! ¡No me sorprende que los malhechores huyan aterrorizados nada vas verme llegar!

Estoy aquí, en lo más alto de un edifico, vigilando. Mi poderosa vista todo lo ve. Mi agudo oído percibe el más leve sonido. Nada escapa de mi control.

Sé que no soy apreciado. El público no reconoce mis méritos. ¡Desagradecidos! ¿Qué sería de esta ciudad sin mí? ¡Los criminales se apoderarían de ella y el pánico reinaría!
Sí, lo sé. La gente no me quiere.
Estoy preparado a ello. Lo he asumido.

Pero no bajaré la guardia. Continuaré escrutando la ciudad. Mi servicio al público nunca cesará.

¡Pero! ¿Qué veo?

¡Malditos criminales! De nuevo algo ilegal se realiza en la ciudad….

¡Y de ninguna manera lo voy a permitir!

Salto desde lo alto de la azotea. Me agarro con mi poderosa mano en una cornisa y hago una pirueta. Apoyo mis pies en la fachada, sin dejar de descender a gran velocidad, tomando más impulso y finalmente, caigo con los pies juntos, cual gimnasta en una olimpiada, junto al  degenerado criminal.

Este se aterroriza al verme caer. Tiembla.

Mi férrea mano lo agarra por el cuello, alzando  unos centímetros su cuerpo, de aspecto enfermizo al compararlo con el mío.

— ¿Creías que ibas a escapar de mi vista, malandrín? —le pregunto con mi voz atronadora.
— ¡Ha sido sin querer! —Gimotea el rufián—. ¡No pretendía hacerlo!
— ¡Seguro! ¡Todos tenéis siempre las mismas excusas!
— ¡Por favor, se lo aseguro, no volverá a ocurrir!
— No sé, no sé…….. ¡Debería aplastar tu cráneo contra el bordillo de esta acera!
— ¡No, no me haga daño! ¡Se lo suplico!
—Está bien.

Lo dejo caer en el suelo. Sus piernas flaquean al tocar estas de nuevo el suelo, mientras su perrito observa todo lo ocurrido.

— ¡No se preocupe, Señor, ahora mismo lo limpio! —Continúa el maleante con sus falsos pretextos—.  ¡Es que me he despistado un poco y!……
— ¡Cállate, malhechor! No quiero seguir oyendo tus embusteras palabras.

Aquel tipo extrajo una pequeña bolsa de plástico de un compartimento que colgaba  de la correa con el cual paseaba a su perrito, y utilizándola a modo de guante, recogió el excremento que el diminuto can había defecado.

— ¡Así me gusta!—exclamé satisfecho.
— ¡Gracias Señor!
— ¡Deposítalo de inmediato en aquel contenedor de basuras domésticas!
— ¡Ahora mismo, Señor!

El criminal obedeció al instante mis órdenes y luego, temeroso, se me quedó mirando.

— ¡Ya sabes! —le espeté—. Ordenanza municipal A-213 sobre el comportamiento de mascotas en la vía pública. ¡Que no vuelva a ocurrir!
—Sí, Señor. Ya tendré  muchísimo cuidado en ello….

Sin dejarle terminar la frase, dando un poderoso salto, desaparecí de allí.

Trepé por otra fachada, hasta a una nueva azotea, para vigilar de nuevo.

Me sentía satisfecho. Uno nuevo criminal había sido escarmentado.
¡Hay, esos ingratos ciudadanos! ¡Continúan sin apreciar mi trabajo!
¡No importa! Seguiré aquí, vigilando, manteniendo la ley y el orden…..

¡Pero!….¿Qué veo? ¡No es posible!

Un nuevo crimen está siendo efectuando.

Un alocado conductor ha dejado su vehículo….. ¡En doble fila!


¡No lo permitiré!

viernes, 10 de junio de 2016

Demasiado viejo para el rock and roll

Eran las siete de la tarde, cuando, estando sentado en el sofá, mientras leía un libro que no me estaba gustando nada, escuché voces en la calle:
— ¡Gómez! ¡Gómez!
Mi mujer, sentada en frente a mí, leyendo algo de su trabajo, levantó su vista por encima de sus gafas de cerca y me sugirió:
—Me parece que te están llamando….
— ¿A mí? —respondí sorprendido.
—Sí, a ti.
¿Es el momento de sacar viejos trastos?

Me levanté del sofá y me asomé por la ventana. En la calle había tres tipos, de la misma edad que yo y con una alopecia más que semejante a la mía, mirándome.
— ¿Qué queréis de mí, pandilla de percebes? —les pregunté desde mi tercer piso.
— ¡Queremos que vengas con nosotros, viejo carcamal! —Respondió uno de ellos, mientras los otros dos sonreían—. ¿O tu mujer no te deja salir de casa?
 Miré a esta, preguntandole:
— ¿Puedo?
Ella se quitó las gafas y con gesto mal humorado me respondió:
— ¡A mí no me vengas con esas ahora! ¡Siempre has hecho lo que te ha venido en gana!
Me asomé de nuevo por la ventana y les grité:
— ¡Esperad, capullos! Ahora bajo.
Me puse otra camisa y cuando le di un  beso de despedida a mi mujer, esta me dijo:
— ¡Ten cuidado con lo que tomas! ¡Ya estás mayor!
 La dejé y al bajar por el ascensor, me dije a mi mismo, mientras me miraba en el espejo que hay en el interior de este:
—Sí, tiene razón, estás hecho realmente un abuelo.
AL salir a la calle, uno de mis tres amigos me espetó nada verme aparecer:
— ¡Jo tío! ¿Has tenido que ducharte o algo así? ¡Has tardado un huevo!
— ¡No me toques las pelotas, Briz!—respondí sonriente— ¿Qué coño pretendéis hacer?
—Ir a un bar a tomarnos unos bichos y cerveza. ¿Qué otra cosa podía ser? —contestó Gutiérrez.
— ¡Vale! —concluí.

Mis tres viejos amigos y yo merodeamos  unos minutos por las calles, en búsqueda de un bar que nos pareciese adecuado, conversando de nuevo, soltando más tacos y otras cosas mucho peores. ¡Estábamos solos y nos encantaba hacerlo!
Al fin, nos introdujimos en  una cafetería solicitando calamares, patatas bravas y abundante cerveza. Las palabas mal sonantes y los chistes de escasa elegancia continuaron fluyendo, hasta que se hizo la hora de regresar a casa.
Pradas, el tercero de mis amigos, recogió el dinero que entre los  cuatro aportamos y fue a la barra a pagar.
—Tenemos que salir más a menudo, chavales. —Enunció Briz—. ¡No podemos vernos solo en los entierros!
— ¡Sí! —Continuó Gutiérrez—. Lo de Matías ha sido una putada.
— ¡Y que lo digas! —añadí—. ¡Era elmás deportista de todos nosotros! ¡El que llevaba una vida sana!….. ¡Y un cáncer de próstata  va y se lo lleva por delante!
Pradas, al ver nos en esa actitud, nos reprochó.
— ¡Eh! ¡Cabrones! ¡No os pongáis en plan depre ahora! ¡Si queréis  llorar, os quedáis en casa con vuestras mujeres!......... ¡Pero a mí o me jodáis más!
Abandonamos el local y continuamos charlando mientras avanzábamos por la calle, en dirección a mi casa.
— ¡Mirad! —Exclamó Gutiérrez, señalando con un  dedo un bajo en el que  ahora había un local comercial— ¿Os acordáis?
— ¿Cómo no? —Respondió Pradas—. ¡Con la de veces que hemos tocado ahí!
En nuestra juventud, esos tres tipos, el difunto Matías y yo mismo habíamos formado un grupo de música rock. Funcionó una temporada y cuando empezaron a sonar algunas de nuestras maquetas en las  emisoras de radio locales, la mili acabó con nuestras pretensiones. Cuando todos terminamos el servicio militar obligatorio, ya nadie tuvo ganas de volver a tocar.
— ¡Sí! —continué yo—. Entonces ese local era el pub ”London”. Ahora es una oficina de seguros……
— ¡Joder! ¡Qué asco! —Exclamo Briz—. ¡Lo que teníamos que hacer es volver a tocar!
— ¿Nosotros? —Contestó Gutiérrez—. ¡Sí todos pasamos los cincuenta con creces!
— ¿Y qué? —Continuó Briz—. ¿No podemos hacer ahora lo mismo que hacíamos cuando teníamos dieciocho años?
— ¡Me temo que no! —Sentenció Pradas.
— ¿Por qué? —Volvió a responder Briz—. Si no lo hacemos ahora, es por cobardía……
— ¿Os acordáis aquella noche, cuando saltamos el muro del colegio de monjas y atamos un hilo a la campanilla que había en la entrada, y luego la hicimos sonar desde la calle? —pregunté ilusionado.
— ¡Sí! Las monjas debían pensar que era algún fantasma —respondió Pradas, riendo a carcajadas.
— ¿O cuando, con ese mismo hilo, colgamos  dos platos de plástico blanco y una linterna, en medio de la calle Mayor?  —preguntó Gutiérrez.
—Sí. Pasamos el hilo de mi casa a la de Matías, que vivía en la finca de enfrente. —Añadió Pradas—. ¡La gente flipaba!¡Pensaba que era un platillo volante!
— ¿O aquella noche en que Gómez pilló el flash de la cámara de su padre y escondidos en un jardín, les pegábamos flashazos a los coches que pasaban? —Continuó Briz—. Los pobres conductores pensaban que un radar les estaba multando.
— ¡Tíos, éramos unos delincuentes! —Exclamé sonriente— ¡Pero como lo pasábamos!
— ¡Sí! —respondió Pradas serio—. ¡Pero todo eso ya acabó!
— ¡Y una mierda! —Contestó Briz— ¿Os acordáis cuando Matías decía, cuando íbamos por las calles? — ¿Queréis correr?— ¡Y le pegaba una patada a la primera puerta que encontraba!
— ¡Sí! —contesté—. ¡Y todos salíamos corriendo, partiéndonos de risa!
Briz me miró a los ojos y acercándose a la puerta de una planta baja, donde vivía gente, comenzó a decir:
— ¿Tenéis ganas correr?
— ¿No serás cabrón? —pregunté asombrado.
Briz pegó tres patadas en la puerta y  salimos todos corriendo, alejándonos por la calle. Escuchamos como la puerta se abría y la voz de una mujer nos gritaba:
— ¡Gamberros!
Continuamos corriendo, riendo salvajemente, hasta que me giré.
— ¿Dónde está Briz? — me pregunté preocupado.

Entonces lo vi. Estaba tumbado en medio de la calle, retorciéndose de dolor.

Al día siguiente nos dejaron entrar en su habitación en el hospital. Había sido un ataque al corazón.
— ¡Vaya susto nos diste ayer, cabrón! —le dijo Gutiérrez.
— ¿Ves cómo ya no podemos hacer las mismas cosas que cuando éramos jóvenes? —añadió Pradas.
— ¡Todas no! —respondí—. Pero en cuanto que el capullo este salga de hospital, empezaremos a ensayar de nuevo. ¡Volveremos a tocar!
Briz, con un hilillo de voz, a través de su mascarilla de oxígeno, contestó:
— ¿Seguro que podremos? ¡Somos muy viejos!
— ¡Recordad aquella canción! —Enuncié con aire dramático—. ¡Nunca se es demasiado viejo para el rock and roll!1

1 Es una canción de Jethro Tull, en el álbum del mismo titulo Too Old to Rock 'n' Roll: Too Young to Die! (1976)


lunes, 6 de junio de 2016

Leyenda urbana

Cené con mis progenitores. Mi padre volvió a sacar a relucir el viejo tema.

— ¿Cuándo vas a tener novia?

Yo seguía en mis trece:

— ¡Jo, Papa! ¿Ya estamos con eso? ¡Déjame respirar!

Cuando finalizamos la cena, cogí mi coche y me dirigí a la carretera. Había quedado con mis amigotes en un bar de copas, bastante lejos del lugar donde vivo.  No sé el motivo ni la razón de ello, pero en vez de tomar  la segura autopista, cogí la vieja carretera, llena de serpenteantes curvas, siempre  cuesta arriba y que circula constantemente por el borde de un amenazante barranco.

En cuanto empecé a tomar las curvas, me arrepentí de esa estúpida elección, pero al rato le encontré gusto al asunto, pues hacía mucho tiempo que no recorría aquella vieja ruta, que según comentan por ahí, fue construida sobre una antigua calzada romana.

Pronto dejé de ver las estrellas, pues la niebla apareció en cuanto comencé a ascender y encendí los focos especiales para ella. Mi vista ya solo alcanzaba unos pocos metros por delante del coche.

De repente, al tomar una de esas curvas especialmente cerrada, la silueta de una chica apareció en medio de la carretera.  Estaba mirando fijamente a los focos de mi vehículo, inmóvil, en el centro de mi trayectoria. Dando un gran frenazo y un potente volantazo, pasando a escasos centímetros de su  cuerpo, logré evitar atropellarla. Nervioso y enfadado, descendí de mi coche gritándole:

— ¿Estás loca? ¡No te he matado de milagro! ¿Qué diablos haces aquí, en medio de la oscuridad y la niebla?

La chica, sin mirarme ni contestarme, se dirigió hacia mi vehículo. Su andar era sumamente extraño, daba la sensación de que flotaba. Abrió la puerta del acompañante del conductor y en silencio, se introdujo en el coche.

Al ver lo que hacía, yo me  me metí en él  también y ya más tranquilo, le pregunté:

— ¿Quieres que te lleve?

Aquella chica, extremadamente pálida y delgada, con una melena morena lacia que caía sobre sus hombros, asintió con un leve movimiento de cabeza.


Reemprendí entonces la marcha con el vehículo, mientras pensaba:

— ¡Mi padre estaría contento! ¡He conseguido que una chica suba por fin en mi coche!

A los pocos minutos, le pregunté de nuevo:

— ¿A dónde vas?

La chica movió lentamente su cabeza, para mirarme y luego, sin contestar, volvió a dirigir su mirada hacia adelante.

— ¡Debe ser muy tímida! —me dije de nuevo.

Continuábamos el recorrido cuando, intentando romper el hielo, le hice otra pregunta:

— ¿No serás la chica de la Curva del Espanto, verdad?

La muchacha giró de nuevo su cabeza hacia mí, mirándome, frunciendo esta vez su entrecejo, con una mezcla de expresión de incomprensión y desagrado en su rostro, sin decir de nuevo ni una sola palabra.

Yo continúe intentando hacerme el gracioso, prosiguiendo con la broma:

— ¡Ya sabes! La chica de esa leyenda urbana, que la gente cuenta desde hace mucho tiempo….

Su rostro siguió mostrando confusión

— ¿No conoces esa historia? —Continué hablando, sabiendo ya que había metido la pata, intentando hacer una gracia—.  Esa chica que supuestamente se le aparece a los conductores en medio de la noche, haciendo autoestop. Sube en sus coches y luego, cuando llegan a la Curva del Espanto, les dice: — ¡Ten cuidado, yo me maté ahí!— Y entonces, desaparece. ¡Ja, ja, ja, ja!

 Cuando deje de reír, la miré a los ojos. Estaba furiosa. Entonces me gritó:

— ¡Serás bocazas!
— ¡Oye! ¡Que pasa! —respondí sorprendido.
— ¡Para, para! —continuó gritando.

Detuve el coche y ella se bajó de él de inmediato. Yo la seguí, intentando tranquilizarla.

— ¡Perdona! ¿Qué pasa? ¡No quería molestarte!
— ¡Maldita sea! —exclamó la chica enfadada—. ¡Hace ya casi más de dos años que no subo al coche de nadie!......... ¡Y ahora, cuando al fin lo consigo, lo hago en el de un bocazas!
— ¡Oye, no te pases! ¡No es para tanto! ¡Solo quería hacerme el simpático!.......
— ¡Joder! —Continuó ella, golpeando con sus puños sobre el capo del coche—.  ¡Para una frase que tengo que decir, va y ya lo sabes!....
— ¿Qué? —dije boquiabierto.
— ¡Que sí, tío, que sí! ¡Yo soy la chica de la curva del Espanto!

Entonces se echó a llorar. Yo, intentando consolarla, me acerque a ella y la abracé. Su cuerpo estaba frío, como el de un cadáver.

— ¡Tranquila! —le dije con suavidad—. ¿Y que vas a hacer ahora?
— ¿Pues qué va a ser? —respondió sin cesar de llorar—. ¡Esperar que llegue un nuevo conductor y soltarle la fracesita!
— ¡Pero si por aquí, a estas horas, ya no pasa nadie! Solo lo hacen algún motero nostálgico y los ciclistas  con ganas de hacerse polvo, cuando  más brilla el sol.

Ella continuó llorando desconsoladamente. Yo me encontraba bastante preocupado, pues me sentía culpable de lo ocurrido. Entonces le hablé de nuevo:

—  Aquí ya no hay nada que hacer. ¡Sabes?Yo había quedado con unos amigos, pero  prefiero estar contigo.....

Ella mi miró entonces a los ojos, limpiando sus lágrimas con el dorso de su mano derecha, respondiendo:

— ¿Seguro?
— ¡Segurísimo!

Subimos los dos al coche y continuamos la ruta. Fuimos a otro lugar, lejos de mis amigos y pasamos juntos el resto de la noche. Antes del amanecer, la dejé en el mismo sitio donde la había recogido.

¡Nos divertimos mucho!¡Lo pasamos de muerte!

Quedamos el próximo sábado, en el mismo sitio, a la misma hora.

Mi padre estaba orgulloso.


 ¡ Por fin yo ya tenía novia!

viernes, 3 de junio de 2016

El científico loco

En estos momentos me siento más deprimido que nunca.

Ayer mi novia me dejó.
Mi jefe me acaba de decir que soy el más inútil de toda la plantilla del laboratorio.
La semana pasada me negaron, en el enésimo banco que lo solicitaba, un préstamo para renovar el cuarto de aseo.
Mi madre llamó anoche, metiéndome un puro  enorme por no ir nunca a verla.
Viendo fotos guarras este domingo,  un virus entró en mi ordenador, borrándome el disco duro.
Cuando he ido al baño, hace un cuarto de hora, mi teléfono móvil se me ha caído al interior de la taza del retrete.
Hace dos días mi coche no paso la ITV y ahora mismo, estoy viendo por la ventana como la grúa se lo lleva, por estar mal aparcado.

Con todo eso creo que tengo más que motivos para poner hoy en marcha el plan que estoy preparando, desde hace ya casi más de un lustro.

Después de años de estudio de física y química, de asimilar  matemáticas e informática, de investigar teorías e hipótesis, de analizar planos de instalaciones militares,  centrales nucleares, cosmódromos, aeródromos, hipódromos  y bases de lanzamiento..........

Por fin, después de todo ese trabajo,  ha llegado el momento de ejecutar ese plan secreto, solo conocido por mi mismo.

Podéis pensar que soy un científico loco. De hecho, creo que lo soy.

Pero me importa un comino. La verdad, nunca he sabido que es un comino, pero tampoco me ha importado mucho.

¡Maldita sea! ¡Os vais a acordar de mí!

Bueno, no creo que nadie pueda hacerlo, porque con mi plan, voy a acabar con la humanidad. Con toda. No va a sobrevivir nadie.

Ahora, sacaré una llave de mi bolsillo. Abriré con esta el seguro de un botón, colocado en la consola donde trabajo, en el centro de investigación más avanzado del mundo, dotado con la más alta tecnología.

Apretaré ese botón y comenzará una serie de sucesos en cadena, que en cuestión de horas, acabará con el mundo y sus miserables habitantes.

Y nadie podrá detenerme.

Veis, ahora que  ninguno de mis compañeros en el laboratorio me mira, me levanto de mi cómoda silla.

Meto mi mano en mi bolsillo, para coger la llave.

¡Rayos!

¡Aquí no está! A ver si en el otro bolsillo.

¡Mierda, tampoco!

¡Joder, si es que!….


¡A ver, piensa, recuerda! ¿Dónde está la puta llave?

¡Oh! Creo que ya me acuerdo.

Había dejado la llave en la guantera del coche. ¡Y ahora se lo ha llevado la grúa!

¡Maldita sea!

¡Aprovechad, desgraciados, lo que os queda de vida!

Mañana, cuando vaya al depósito de la grúa y pague la multa, recuperaré la llave.

Entonces no podréis detenerme.

¡Malditos seáis todos!

¡Salvado hoy el mundo por una grúa!





jueves, 2 de junio de 2016

Entremés

Me levanto como todos los días. Me quito alguna legaña. Me afeito. Desayuno. Voy al curro. Charlo un poco con uno de mis compañeros en un rato de descanso:

— ¿De qué tema hablamos  hoy? —pregunto.
— ¿De la segunda guerra mundial? ¿Del peso del cristianismo en la caída del Imperio Romano? ¿Sobre los nuevos diodos LED?
—No sé. 

Veo acercarse a nuestro jefe, que  diariamente suele flagelarnos verbalmente. Ese tipo es el mayor estresador que puede haber sobre la faz de la tierra.

— ¿De cómo acabar con nuestro amado líder? —pregunto de nuevo sonriente.

De repente, entre los dos exponemos, desarrollamos, descartamos y aceptamos   multiples métodos, planes y sistemas. Debido a nuestra profesión, estamos lo suficientemente cualificados para ello.

Reímos un rato haciéndolo.  Nos separamos y seguimos trabajando.

El día siguiente, el jefe no viene.

Ha muerto. Misteriosamente.

Miro a los ojos de mi compañero.

¿Habrá sido él?


Por su mirada, creo que piensa lo mismo de mí.