El antro del peor escritor del mundo

viernes, 29 de enero de 2016

miércoles, 27 de enero de 2016

Un día raro

Sonó la alarma del teléfono móvil de mi mujer a las siete y veinte. Es curioso la de cosas que hacemos con ese aparatito, de todo, menos de hacer llamadas. Ella se levantó de la cama y se dirigió a la ducha, mientras yo seguí perreando unos minutos en el lecho.  Aún no había amanecido y nuestra habitación continuaba a oscuras.
Cuando  mi mujer regresó del baño tras secarse, sin encender todavía la luz, se dirigió a la habitación de los chicos, para despertarlos. Entonces me levanté de la cama y me dirigí al baño. Tenía tanto sueño, que me senté en el retrete para hacer mis necesidades.
Entonces mi di cuenta:

¡No tenía manos!

El susto fue mayúsculo. Impresionado, miré mis pies.

¡Tampoco los veía!

De un brinco me miré en el espejo.

¡Mi pijama flotaba!

¡Yo era invisible!

— ¡Pili! ¡Pili!— grité desesperado.

— ¿Qué te pasa?— dijo mí mujer, mientras venía corriendo a ver que me sucedía.

— ¡Mira!— contesté angustiado.

Al llegar y ver que no me veía, mi esposa se tapó la boca asustada, diciéndome:

— ¿Qué has hecho?

— ¡Yo! ¡Nada! Me he dado cuenta de esto ahora. ¿No lo has notado  tú antes?

— ¡No, qué va! ¿Y no se te ve nada?

—No sé, mira a ver….

Me quité el pijama.

—Nada, eres totalmente invisible.  ¡A ver! ¿Qué cenaste? —preguntó mi mujer.

— ¿Yo? ¡Lo mismo que tú! ¿No lo recuerdas?

— ¿No te irías con tus amigotes y te tomarías algo raro?

— ¡No me vengas con esas!

— ¡Bueno, vale! — continuó mi esposa intentando tranquilizarse— ¿Que hacemos ahora?

— ¡Yo que sé! Ir a la policía, supongo….

— ¿A la policía? ¿Y qué quieres que te hagan? ¡Anda!......

— ¿Entonces?— pregunté sin saber qué hacer.

— ¡Mira! — continuó mi esposa, siempre más resulta— Pégate una ducha, mientras llevo los chicos al cole. ¡Qué no te vean ellos con esa pinta! Luego, vengo a por ti y te llevo a urgencias.

— ¿A urgencias? ¡Ahí no! ¡Prefiero al ambulatorio! Odio ir a urgencias, además….tengo más confianza con el médico de cabecera.

—Vale, como quieras.

Seguimos el plan de mi esposa. Me duché, me tomé un café y esperé que ella regresase. Yo odio ir al médico, estar enfermo me enferma. Si hay gente opuesta a los hipocondriacos, yo soy uno de ellos. Debo ser un hipercondriaco.

Al fin llegó mi esposa:

— ¿Aún estas así? — preguntó al aparecer— ¿Nada nuevo?

— ¡Nada! Sigo sin verme.

Bajamos al garaje y subimos al coche. Ella conducía, no estaba yo para esas cosas. Lo peor fue cuando me tocó esperar en la consulta. Me ponía enfermo ver como todos intentaban verme.
Al fin, entramos en la consulta.

— ¡Hola, buenos días! — Saludó Pedro,  nuestro médico de cabecera,— ¡Vamos a ver! ¿Qué te pasa?

— ¿No lo ves?—respondí con sorna— ¡Me he vuelto invisible!

— ¡Ah, es eso! No te preocupes, tranquilo.

— ¿Tranquilo?— respondí intranquilo mirando a mi esposa, asombrado por la flema del galeno.

—No pasa nada —continuó el médico—. Le sucede a mucha gente. Son cosas de los nervios, el stress…. ¡O algún virus!

— ¿Un virus?

Pedro comenzó a teclear en su ordenador y a los pocos segundos imprimió una receta, indicándome después:

—Tomate esto cada ocho horas, con las comidas, durante cinco días. Es un tranquilizante, para que no estés demasiado agobiado y puedas dormir.

Tomé con aprensión la receta. Mi mujer miraba satisfecha la fácil solución que proporcionaba el médico.

— ¿Y con esto se me pasará?  — pregunté incrédulo.

— ¡No, hombre, no! Sí continúas así en una semana, vienes y te echamos otra mirada.

— ¿Seguiré siendo invisible?

—Tranquilo, no te agobies. ¡Ah!, Mira, por esto no te puedo dar la baja.

— ¿Tengo que ir a trabajar así?

El médico se encogió de hombros y mi mujer, casi empujándome, me sacó de la consulta.

— ¡Vamos a otro médico! Este está como una cabra —le dije a Pili, mientras nos dirigíamos al coche.

— ¿Para qué, si te van a decir lo mismo? ¿No te deben días de vacaciones en el trabajo?

—Sí.

—Pues les llamas y les dices que hoy no vas.

— ¿Y mañana?

—Mañana será otro día.



lunes, 25 de enero de 2016

El proyector de diapositivas

Miguel abrió los ojos, sorprendiéndose de donde estaba. Parece ser que había estado durmiendo en aquel banco. Se preguntaba preocupado cuando tiempo había estado allí.
Estiró los brazos y las piernas, desesperanzándose y finalmente, bostezó al levantarse. No conocía aquella plaza y la verdad es que no recordaba cómo había llegado hasta allí, ni como finalizó aquella noche de juerga con los antiguos amigos.
Tras orientarse someramente, se metió por unas de las callejuelas, creyendo que por ahí llegaría al lugar donde había dejado aparcado su coche. Pensó en desayunar algo en un bar, pero todos los que encontraba en su camino estaban cerrados.
De repente llegó a otra plaza, donde numerosos vendedores ambulantes exponían sus mercancías. Entonces lo reconoció: era el rastro de los domingos. Hacía años que no lo visitaba y con sorna, pensó que no había cambiado casi nada. Algunos puestos de venta seguían pareciendo el resultado de verter un contenedor de basura en el suelo. Otros eran más interesantes, ofreciendo viejos libros, discos, películas y diversos objetos interesantes, con posibles compradores pululando como moscas sobre una mesa con migas de pan. Personajes poco recomendables se mantenían al acecho, dispuestos a ofrecer material robado recientemente, sin preocuparse mucho de la policía que por allí merodeaba.
Miguel se interesó en un puesto donde ofrecían algunas cámaras fotográficas antiguas, rodeadas de inservibles trastos, pero ninguna le pareció lo suficientemente atractiva como hacer un esfuerzo económico.
Cuando decidió dejar aquella plaza, escuchó una voz que parecía estar dirigida hacia él.

— ¡Caballero, caballero! ¡Tengo lo que usted necesita!

Miguel se giró sorprendido al ver al personaje sonriente que le observaba sonriente.

— ¿Es a mí? —preguntó.
— ¡Claro, caballero! ¿A quién sino puede interesarle este magnífico aparato?

Miró los artículos que aquel hombre, con ojos pequeños como guisantes y piel curtida y muy morena, le ofrecía. Este llevaba sobre su cabeza un sombrero, que en algún momento debió ser elegante y vestía una camisa blanca con un chaleco negro, acompañado por unos pantalones de rayas. Aquel regordete señor lucía además un reloj de bolsillo, con una enorme cadena de oro y fumaba un grueso puro, emitiendo una considerable estela de humo. No parecía que entre aquellas viejas batidoras, alguna plancha de vapor y un osciloscopio de funcionamiento dudoso, hubiese algo que atrajese a Miguel.

—Creo que no me interesa nada —dijo este con aire somnoliento.
—Señor, ninguno de estos nobles aparatos  que ha visto han venido a esta plaza para Usted.
— ¿Entonces?

El  sonriente vendedor sacó de debajo de la mesa portátil donde exponía su mercancía, una caja de cartón. Apartó algunos de los trastos y dejó está en su lugar, comenzando a abrirla.

— ¡Este es el aparato que Usted necesita! —afirmó ufano este.

Miguel miró sorprendido lo que sacaba de la caja. Parecía un extraño tipo de proyector, con un aspecto vetusto, casi sacado de una novela de Julio Verne. De repente se sintió atraído por él.

— ¿Qué es esto? —preguntó.
—Es un proyector de diapositivas……. especial.

Miguel recordó que tenía en su domicilio uno, pero se había estropeado hacía ya años. A él le agradaría ver aquellas viejas diapositivas que hicieron sus padres, con intención de recordar aquellos tiempos de alegría, pero al carecer del aparato necesario se sentía frustrado.

— ¿Funciona? —preguntó.
—Perfectamente, Señor.
— ¿Y cuánto vale?
— Diez Euros, Señor.

A Miguel le pareció un precio increíblemente barato. Sin duda, pensó, no funcionaba y lo estaban timándolo.

— Si le parece caro, Señor, le regalaré una caja de diapositivas, aptas para este aparato, que le ayudará a conseguirlo lo que anhela.

Miguel, a pesar de estar seguro de que aquel tipo pretendía engañarlo, aceptó y tras pagar la cantidad solicitada, metió el proyector y las diapositivas en su caja y se encaminó de nuevo en la búsqueda de su automóvil.

Un par de horas después, tras comer una pizza pre-cocinada, recordó su compra en el rastro. La había dejado sobre la mesa del salón. Sacó el aparato de su caja y después se fijó en las diapositivas. Las miró a contraluz y le sorprendió ver que eran totalmente opacas, de un negro impenetrable.
Las dejó en su cajita y tomó el viejo proyector. Lo enchufó y tras darle al interruptor, se alegró al ver que un potente chorro de luz salía a través del objetivo del aparato. Bajó todas las persianas de las ventanas, dejando a oscuras el salón y trajo las diapositivas familiares. Metió una de estas trabajosamente, pues el formato de esta no era exactamente el que admitía el proyector y encendió de nuevo el aparato.
Decepcionado, vio que sobre la pared no se proyectaba ninguna imagen. En su lugar, la luz que emitía el aparato parecía la entrada de un oscuro túnel. Sacó la diapositiva, comprobando su estado. Al ver que no le sucedía nada metió otras en el proyector, con los mismos frustrantes resultados. Pensó en acudir raudo al rastro, para recuperar su dinero al sentirse estafado, pero recordó que ya imaginaba antes que aquel trasto no debía funcionar y que se merecía todo aquello por tonto.
Entonces decidió introducir en al proyector una de las diapositivas que le entregó al vendedor. Pulsó de nuevo el interruptor y vio sorprendido que una luminosa imagen paisajista de un profundo valle se mostraba con extraña claridad sobre la pared.
Sacó esa diapositiva metiendo otra en su lugar. Un extenso prado apareció proyectado. La sorpresa de Miguel iba en aumento, pues la calidad de la imagen era increíble. Parecías más una ventana que la proyección de una imagen.

De repente, le pareció ver que la hierba de aquel prado se movía por el viento.

Aquello no podía ser. Miguel pensó que aquello era la proyección de algún tipo de vídeo. Sin duda,  aquello era un extraño y olvidado sistema de visualización de películas.
Se acercó a la pared y tras extrañarse al no ver su sombra sobre esta, al cortar él mismo el foco de luz con su cuerpo, le pareció oler aquella hierba. Alargó su brazo con la intención de tocar la pared donde se proyectaba esa imagen. Entonces sucedió algo insólito: 

Su mano la traspasó.

Debía estar soñando.





Regresó junto al proyector y sustituyo la diapositiva por otra. Una imagen de las dunas del desierto apareció entonces. La cambió también y surgieron unas montañas nevadas.
Finalmente colocó otra diapositiva y un bosque de altos árboles apareció en la pared.
Ya casi divertido, tomó un bolígrafo que había cercano a él y lo arrojó al centro de la imagen.

El bolígrafo traspaso la pared, cayendo a los pies de uno de esos árboles.

Entonces recordó lo que le dijo el vendedor:

Aquel aparato le ayudará a conseguirlo lo que anhela

De repente sintió necesidad de penetrar a través de aquella extraña ventana.

Sin notar ningún temor, decidió entrar él mismo en esa imagen. Avanzó directamente hacia la pared. Levantó la pierna derecha y la metió en esta. Notó el ruido de las hojas caídas de los árboles al ser pisadas. Entonces introdujo todo su cuerpo en esa proyección y se encontró dentro de aquel hermoso bosque.
Dio media vuelta. La luz de donde él provenía era negra. Ahora el “regreso” a su salón parecía un extraño túnel.
Pero no le apetecía regresar, no sentía temor. Más bien notaba una extraña euforia. Le daba la sensación de que allí iba a encontrar lo que necesitaba.

Entonces vio que a unas decenas de metros, detrás del extraño túnel de luz opaca por el cual él había llegado, se vislumbraba un pequeño prado. Lleno de ímpetu, camino hasta este, encontrando un pequeño sendero en el borde de este. Comenzó a seguirlo, notando que de una forma extraña no sentía ninguna preocupación al alejarse del posible regreso a su casa.

Tras caminar durante unos metros, encontró una encrucijada de donde partían más senderos. En este había una enorme piedra donde unos extraños caracteres parecían indicar información al eventual andante.

No le preocupó no entenderlos. De nuevo, sin temor alguno y con una alegría desconocida en él últimamente, escogió uno de esos senderos y comenzó a andar por él.

No sabía a donde le llevaba, ni si luego podría regresar a su mundo habitual ni a que se iba a encontrar, pero tenía la certeza de que iba a ser bueno. Sabía que allí estaba la solución de la triste soledad que sufría y que había pretendido evitar con inútiles métodos, como era el frustrado intento de ver diapositivas de su desaparecida familia.

Entonces se detuvo. Al final de aquel camino había una hermosa casa en medio del bosque. Sonrió. Allí estaba su remedio.

Se acercó a esta. Había tendida ropa a la luz de aquel brillante sol. Se encaró a la puerta de la casa y la golpeó con los nudillos.

Escuchó unos pasos menudos acercándose en el interior de la casa.

Alegre, esperó a que esta se abriese y recordó de nuevo lo que le dijo el vendedor ambulante que le había proporcionado el proyector de diapositivas:

“Este aparato le ayudará a conseguirlo lo que anhela”

Y la puerta se abrió y Miguel supo que por fin dejaría de sentirse solo.

lunes, 18 de enero de 2016

El parto

Tomas acabó su dura jornada laboral. Había tenido que hacer incluso horas extras, pues su jefe se lo exigió, a pesar del cansancio que él padecía.
Esperó la llegada del autobús que pasa a las once y diez, en la parada que había en la entrada de la fábrica donde trabajaba y observó la enorme luna llena que empezaba a elevarse sobre él horizonte. Un par de minutos después apareció el transporte público, con esa falsa sonrisa que parecía formarse en el rostro del vehículo, sugerido por los focos y el adorno central de este. Subió en el autobús cuando este detuvo y se sentó cerca de la entrada. Estaba agotado.
Veinte minutos después, descendió y caminó quince más, hasta que al fin llegó a su casa. Al entrar en esta, encontró a su mujer viendo la tele, sentada en el viejo sofá del pequeño comedor.

— ¡Ya estoy aquí, cariño! —saludó Tomas.
— ¡La cena la tienes en la cocina! —contestó su cónyuge, sin apartar la mirada de la pantalla del televisor.
— ¡Oh, el concursante número cinco lo ha perdido todo— gritó el electrodoméstico.

Tomas se sentó en la mesita que en había en la cocina y desganado, con poco hambre por causa del cansancio, comenzó a cenar. Al fin, dejó casi todo en el plato sin tocar.
Luego, tras recogerlo todo, pasó por el comedor. Su mujer seguía viendo la tele concentrada en esta.

—Voy a ducharme antes de acostarme —anunció Tomas.

Ella ni lo oyó. Entonces fue al cuarto de baño y se sentó en el retrete, para hacer sus necesidades antes de ducharse. Eran las doce de la noche. Entonces escuchó aquella vocecita.

— ¡Eh! ¿Me oyes?

Tomas se quedó sorprendido. ¿De dónde habían provenido esas palabras?

— ¡Mírame! Estoy aquí abajo —volvió a escuchar.

Como impulsado por un enorme resorte, se puso en pie. ¡Parecía que la voz procedía del interior del retrete!
Bajó su mirada curioso y de repente, vio en el interior de la taza a una especie de hombrecillo, moldeado con las heces, flotando en el agua. Boquiabierto, Tomas se inclinó un poco para verlo mejor y sorprendido vio que el rostro de aquel muñeco marrón sonreía.
Entonces este habló de nuevo:

— ¡Hola, Papa!

Fue tal el susto al verlo pronunciar esas palabras, que Tomás cayó de espaldas golpeándose en la cabeza con la pared. Cuando se repuso de esto, se asomó de nuevo  para ver si aquello había sido una alucinación.

— ¿Papa? —volvió a exclamar el hombrecillo al ver su rostro.
— ¿Quién eres? ¿De dónde has salido? —preguntó Tomas más asustado que asombrado.
— ¡Soy yo! ¡Tu hijo!
— ¿Mi hijo? ¿Qué broma es esta?
—No es ninguna broma, Padre. ¡Es un milagro! Ya sé que estoy constituido por este innoble material, pero de todas formas…….¡ Soy tu hijo!

Tomas se froto la frente con su mano derecha, aturdido.

—Debo estar soñándolo— se dijo.

Dirigió su mirada de nuevo a aquel extraño ser y le volvió a preguntar asustado:

— ¿Un milagro? ¡Esto es una locura!
—No, Padre —respondió el hombrecillo de heces— ¡el milagro que permite a los hombres parir!
— ¡Por Dios! ¿Parir? Estoy desvariando, sin duda…...
—No, Padre. Esto es real.
—Pero... ¿cómo es posible?
—La naturaleza, Padre, a veces provee soluciones a la vida.
— ¿La naturaleza?
—Sí, Padre. Si un hombre defeca a las doce de la noche, hay luna llena y ese hombre desea ser padre, se realiza el milagro que le permite parir.
— ¿Parir? ¡Dios, estoy como una cabra! Pero…..lo cierto es que siempre he deseado tener hijos y esa naturaleza que tú dices, siempre me lo ha negado.
— Quizás por eso te ha concedido este milagro. ¡El milagro de ser padre!
— ¿Eres mi hijo? Entonces, ¡tendré que ocuparme de ti!¡Dios!¡Que responsabilidad!
—No te preocupes, Padre. No tendrás que hacerlo. Mi vida es efímera.
— ¿Qué quieres decir?
—Solo deberás dejarme estar un rato aquí, flotando en esta agua. Podremos charlar un rato, conociéndonos. Luego, tras unas horas, el agua me diluirá lentamente, muriendo yo así.
— ¡Eso es terrible! Te sacaré de ahí.
— ¡No lo intentes, por favor! Me producirás terribles dolores al desmembrarme y al resecarme moriría de una forma prematura y atroz. Debo permanecer flotando en estas negras aguas.
Rafa se entristeció al escuchar esa explicación, pero acostumbrado a ceder ante todo en la vida, se dijo a sí mismo:
— ¡Está bien, si ese el destino que se nos ha marcado!…….

Entonces, el novato padre se sintió inmoral así, desnudo, en frente de su hijo y continuó.

—Si me permites, hijo, voy a ducharme y me pondré el pijama. Entonces podremos mantener esa postrera charla.
— ¡Claro, Padre! Así disfrutare un rato de este agradable baño.

Tomas se metió en la bañera y el agua comenzó a caer sobre su cuerpo. Se enjabonó pensando en la de mil cosas que podía charlar con su hijo. El sentido de la vida, la existencia de Dios, la teoría de la relatividad......
De repente escuchó la voz de su esposa.

— ¡Tomas! ¡Eres un guarro! Te he dicho mil veces que tapes el retrete cuando termines y que tires de la cadena.
— ¡No! —gritó este asomando su cabeza por la cortina de la ducha.

Era demasiado tarde. Su esposa había hecho funcionar la cisterna y el agua de esta cayó en la taza en un pequeño torrente, arrastrando al desgraciado hombrecillo de heces en aquel descontrolado vórtice.

— ¡Eres un asesina! —exclamó él impotente al ver que su mujer le privaba de conocer a su recién parido hijo.

Ella lo miro extrañada y abandonó el baño.
Tomas, al ver que no había podido despedirse de su desgraciado retoño, ni charlar con él, comenzó a llorar.
Y mientras el agua de la ducha surcaba su cuerpo, las gotas de esta se unían con las lágrimas, que brotaban en sus ojos y juntas, se perdieron por el desagüe.


Fin

viernes, 15 de enero de 2016

Tocar o morir. 7

De repente cesó la música. Yo me giré desesperado, mirando a mis compañeros. Estos, más asustados que yo, comenzaron a gritarme:

— ¡El diferencial ha vuelto a saltar! ¡Es el equipo de voces!

Los zombis comenzaron a acercarse peligrosamente al escenario, al recuperar el movimiento. Yo, sin soltar la pala, salí disparado hacia el cuadro eléctrico donde estaba conectado nuestro equipo,  gritándoles a la vez:

— ¡Desconectad la mesa de mezclas!— pues ese elemento era el que nos solía producir ese tipo de problemas.

Los zombis comenzaron a subir trabajosamente al escenario y mis compañeros, sin saber qué hacer, daban pasos hacia atrás, mientras Raúl hacía lo que yo les había ordenado.

Desesperadamente, activé de nuevo el diferencial. ¡Nada! No funcionó. Se disparaba de nuevo, sin poder encender  el equipo. ¿Qué demonios estaba sucediendo?

Subí al escenario y con un fuerte golpe de pala, hice caer a uno de los lugareños de este al suelo. A una señorita, que en una situación distinta, hubiese tenido un aspecto inmejorable, sin ningún miramiento, la golpeé en su bajo tórax arrojándola a la arena.

Le di la pala a Raúl y este, usándola como yo, mientras Esteban y Javi utilizaban sus instrumentos como armas, comenzaron a enfrentarse a los zombis, arrojándolos del escenario.

Ante aquella escena dantesca, luchando mis amigos contra aquella horda bestializada de público lugareño, revisé nuestro equipo en búsqueda del fallo eléctrico que hacía saltar el diferencial.
Entonces vi que sobre el manojo de cables donde estaba conectado el juego de luces, estaba la botella de un refresco tumbada, vaciándose lentamente, gota a gota, humedeciéndolo todo. Sin duda este era el problema. Desconecté las luces y con un extraño y felino salto, inusual en mi cuerpo, descendí del escenario y esquivando a los zombis, regresé, al cuadro eléctrico. Activé el diferencial y por suerte, nuestro equipo se encendió.

Mis compañeros dejaron de luchar, volviendo a ponerse a tocar y de nuevo, los zombis entraron en su estado letárgico.
Yo subí al escenario y sin ningún miramiento, arrojé al suelo, dándoles empujones, a los pocos zombis que en él quedaban.

Sí, la música volvía a sonar, frenando a aquellas gentes y había solucionado el problema que hacia enmudecer a mis compañeros. Pero aún no sabíamos cómo salir de allí.
¿Y si acercaba la furgoneta al escenario y mis compañeros descendían rápidamente de este y nos marchábamos de aquel diabólico pueblo, atropellando a aquellos zombis? No era mala idea.

Descendí del escenario y anduve los cien metros que separaba nuestro vehículo de este, esquivando los inmóviles zombis. Al legar a la furgoneta, abrí la puerta y me senté en el asiento del conductor. Cuando me dispuse a poner en la marcha, descubrí  aterrorizado que las llaves no estaban puestas.
Entonces recordé que le habíamos pedido al chico que nos había ayudado, que apartase la furgoneta del escenario y que la aparcase junto a su coche. Sin duda, las llaves la llevaba ese chico en alguno de sus bolsillos.

Nervioso, descendí de la furgoneta y miré en el interior de su vehículo. Estaba cerrado con llave.
Decidí regresar al diabólico bar, para recuperar las llaves de la furgoneta y crucé la plaza atestada de estáticos zombis, sin quitar la vista de estos.
Mis compañeros, atónicos, no sabían que estaba haciendo yo, pero no dejaron ni un segundo de tocar.

Corrí de nuevo por las estrechas callejuelas y llegué al fin al bar. Mi sorpresa fue mayúscula.
¡El cadáver del chico había desaparecido!
Solo quedaba de él aquel inmenso charco de sangre. La frustración se apoderó de mí.
Pero entonces vi algo que me llenó de esperanza. Detrás del mostrador, entre unas botellas de Ponche Caballero, Anís del Mono y Coñac Terry, había un radiocasete.
Tembloroso, lo puse en marcha.

¡Funcionaba! En aquel aparato escuché a Julio Iglesias cantar. Odiaba su música. ¡Rayos!, yo era un roquero, pero esa noche me sonó a gloria.
Cogí el radiocasete y a toda velocidad regresé al escenario donde mis compañeros, agotados, seguían tocando. Subí a este, enchufé el aparato y le acerqué un micrófono al altavoz.
En toda la plaza resonó entonces una canción de Miguel Bosé. No me gustaba nada, ¡pero algo es algo!

Mis compañeros pudieron al fin  dejar de tocar. Con el sonido del radiocasete, los zombis continuaban  también paralizados

— ¿Alguno de vosotros sabe hacer un puente? No tenemos las llaves de la furgoneta— les pregunté.
— ¡Ni idea!— respondió Esteban. Raúl y Javi negaron con sus cabezas
— ¡Joder!— exclamé decepcionado— Tendremos que intentarlo o la palmaremos aquí.

Sigilosamente, como si tuviésemos miedo de que aquella gente despertase de su letargo, nos dirigimos a la furgoneta, introduciéndonos en ella. Cerramos las puertas con el seguro y yo mismo intenté hacer un puente.

¡No lo conseguía! Nunca lo había hecho.

Me sentí un inútil.

Pero entonces sucedió algo terrible. En la emisora que sonaba en el radiocasete, cesó la canción de Bosé, comenzando una interminable serie de anuncios publicitarios.

¡Los zombis salieron de su sopor y recuperaron el movimiento!

Tras unos segundos de desconcierto por su parte, estos descubrieron que estábamos metidos en la furgoneta y entonces, descargaron sobre la furgoneta todo su furor.
Nosotros, aterrorizados, gritábamos mientras aquellos monstruos golpeaban a la furgoneta, agitándola salvajemente. De un momento a otro, iban a romper los cristales de esta y eso supondría nuestro fin.

Pero sucedió algo maravilloso. 

¡David Bowie cantaba Starman!

 Habían acabado los anuncios en la radio. Era nuestra salvación…. ¡temporal!

Entonces reconocí al muchacho que nos había ayudado a montar el equipo y que había aparcado la furgoneta. Él era una de las bestias que había atacado salvajemente a la furgoneta.

¡Se había convertido también en un zombi!

Con sumo cuidado, abrí la puerta y descendí de la furgoneta. Metí mis manos en sus bolsillos y encontré las llaves de nuestro vehículo.

¡Estábamos salvados definitivamente!

Regresé al asiento del conductor y con un gran suspiro, encendí el motor.

Y así, tras pasar por encima de alguno de aquellos zombis, mientras sonaba en aquel pueblo la maravillosa Starman, nos alejamos de allí a toda velocidad.

Esteban, con rostro airado, me espetó llenándome de sorpresa:

— ¡Jo, tío! ¡Menuda nochecita te has pegado! ¡Nosotros tocando sin parar y tu, por ahí de fista con los zombis!



Dos horas después llegamos a otro pueblo. En este había un cuartelillo de la Guardia Civil, donde unos soporíferos e incrédulos agentes tomaron nuestra increíble declaración.
Al amanecer, un todoterreno de los picoletos nos acompañó a Angustias, con fin de comprobar la veracidad de nuestra historia.
No encontramos a nadie. El radiocasete seguía sonando y en el escenario estaban la pala y los instrumentos ensangrentados.  En el bar encontramos el ya reseco charco de sangre y los rastros de la lucha.
Tómanos nuestro equipo y finalmente salimos de allí. Los agentes nos creían, pero no habían suficientes pruebas. Solo certificaron la total ausencia de habitantes.


Unos días después, al regresar a la casa de mis padres donde residía, tras estar un rato con mis aún conmocionados amigos,  me esperaba una extraña visita. Bajo la seria mirada de mis padres, que sospechaban en ese momento lo peor de mí por culpa de ello,  dos tipos que llevaban unos impolutos trajes negros, deseaban hablar conmigo a solas.
Accedí, confiando que esos hombres venían a informarme sobre el incidente de Angustias.
Pero fue todo lo contrario. Fui amenazado, diciéndome que no podía contarle a nadie lo sucedido, ni yo ni mis amigos. Si decíamos algo a la prensa, seriamos encarcelados, acusándonos de varios falsos delitos. Con la pinta que teníamos, era fácil de conseguir.
Tras asustarme bastante, desaparecieron.
Ni yo ni mis amigos volvimos a hablar de lo sucedido en aquella dantesca noche, pero estoy seguro que ninguno la olvidó.

Dejamos de vernos, abandonamos la música, seguimos nuestras vidas……

Pero ahora, más de treinta años después, he decidido contarles todo esto. Ya sé que es increíble, pero……..


¡No vayan nunca a Angustias!

miércoles, 13 de enero de 2016

Tocar o morir. 6

Mis compañeros, boquiabiertos, me miraron sorprendidos ante mi extraña actitud.

— ¿Pero qué te está pasando?— me inquirió Esteban, seriamente preocupado por mi salud mental.

Entonces la habitante de aquel pueblo más cercana al estrado, una mujer de unos cuarenta años, se abalanzó sobre mí, intentando morderme en la yugular. Yo, ya un tanto recuperado de mis anteriores carreras por las calles de aquel lugar, le aticé bruscamente en el cráneo a aquella desgraciada, haciéndole caer de bruces a la arenas de la plaza.
Aquella brutal acción por mi parte, dejó estupefactos más aún a mis colegas. Me giré desesperado hacia el escenario, suplicando a los tres músicos.

— ¡Tíos, tocad! A la gente de este pueblo les ha pasado algo raro y se comportan como si fuesen zombis. Con todos los que me he encontrado han intentado acabar conmigo.
— ¿Qué? ¿Estas, loco?— respondió Esteban sin dejar de preguntarme. — ¿Y el chaval que nos ha ayudado antes?
— ¡Se lo han cargado!
— ¡Rayos!— exclamó Raúl
—He descubierto que cuando tocáis, esta gente se queda amuermada, ¡paralizados!— continúe con mi extraña explicación.

Esteban, en ese instante, alzó su brazo derecho, señalando con el índice, gritando:

— ¡Cuidado! ¡Detrás de ti!

Me giré con rapidez y vi como la mujer de antes, sorprendentemente, se había levantado del suelo, a pesar del potente golpe que le había propinado y que de nuevo se lanzaba sobre mí.
Sin ningún miramiento le di un nuevo palazo, esta vez en su rostro, haciéndola caer de espaldas.
Pero la escena que contemplé me horrorizo más aún. La plaza se había llenado de nuevos zombis y todos se acercaban, lenta, pero incesantemente, en dirección a nosotros.
Volví a dirigirme a mis amigos y de nuevo les pedí:

— ¡Tocad, si queréis salir vivos de este lugar!
— ¡Sí! ¿Pero qué?— preguntó lleno de pavor Esteban.
— ¡Lo que sea!— grité mientras enarbolaba de nuevo la pala, dispuesto a enfrentarme a un nuevo  lugareño.

Entonces volvieron a tocar, desafinando terriblemente por causa del terror, la canción que habían estado interpretando antes: la versión instrumental de Escuela de Calor.
Suspiré profundamente, mientras bajaba mi improvisada arma. Aquella gente volvió a quedarse inmóvil.

Parecía que realmente, la música amansaba a las bestias.

Pero la situación era crítica. Mis amigos no podían estar tocando toda la noche. Yo podría subir y colaborar, quizás turnarnos, pero no hacía ni media hora que había oscurecido. Faltaba mucho tiempo para que volviese a salir el sol y confiar que el amanecer hiciese desaparecer a esos monstruos. Pero, eso era solo una suposición mía.


Debía hacer algo, o acabaríamos devorados por aquella gente.