viernes, 2 de diciembre de 2016

Oriónidas 16 Última entrega

¡Todo aquello era una farsa! La supuesta nave espacial era algo parecido a los simuladores  que hay en las ferias y parques de atracciones.

Asombrado por todo aquello, sin saber como reaccionar todavía, me quité el pesado casco que llevaba y dejando de ver a través de los sistemas electrónicos de éste, me separé de espaldas lentamente  del falso platillo volante. 

Entonces apareció Le Bon, descendiendo por la rampa del simulador, diciendome:

—Me temo, Arcadio, que vamos a tener que llevarlo a los sótanos de mi casa. 

—¡No pienso dejarme conducir a allí! ¡Farsante! ¡Estafador! —respondí enfadado.

—Lo siento, pero no tenemos otro remedio —continuó Le Bon. —Debemos utilizar el mismo tratamiento que la otra vez y borrarle de de nuevo la memoria. ¡Es Usted incorregible!  ¡En su caso siempre tropiezo con la misma piedra! 

— ¡Así que fue Usted quien me abandonó en aquel huerto de naranjos! ¿Quien me  dejó sin memoria?  —le grité enfurecido.

 — ¡No tuvimos otro remedio! —anadió Le Bon, continuando descendiendo por la rampa de la falsa nave espacial. —Usted vino a una de las reuniones sabáticas de la Organización, invitado por uno de los miembros de ésta, mostrándose muy escéptico desde el principio. La droga que producen nuestros hongos no le hizo el suficiente efecto y tuvimos que suministrarle unas dosis más potentes. El efecto de ésto ya lo conoce: perdida de memoria.

— ¡Que Usted aprovechó para sacar dinero de mis cuentas bancarias!.

— ¡Asi es! Como habrá visto ya, una de las cualidades de esos hongos es que convierte a quien lo ingiere en alguien fácil de convencer, dejándolo sin voluntad, obedeciendo todo lo que se le ordena y creyendo ciegamente todo lo que se le dice. ¡Algo maravilloso!


Vi como estefanía surgía  entonces por la apertura de la rampa, con inseguros y dubitativos pasos y volvía gritarle:

— ¡Ahora mismo voy a llamar a la teniente Mari Fé! ¡Voy a meterlo en la cárcel!

— Evidentemente, no podemos permitirle eso, Don Arcadio. ¡Detenedle! —respondió el médico.


Entonces me di cuenta de  la grave situación en que en realidad me encontraba. Me giré preocupado, observando que los fornidos y curtidos hombres de Le Bon, sonriendo, se acercaban a mi lentamente, rodeandome, con intención de atraparme y conducirme a su siniestra clínica, situada en los sótanos de la mansión. Uno de ellos llevaba una jeringuilla, dispuesto a clavarmela.

 No me apetecía en absoluto que eso sucediese. 

—¡No me vais a convertir de nuevo en un pelele!  —les grité, sin saber todavía como actuar

Entonces, utilizando el casco que llevaba en mis manos como arma, le di un golpe  con él en la cara al más cercano de aquellos gorilas. Éste se cubrió el rostro para mitigar el repentino dolor y me dispuse a golpear al siguiente, pero recibí un puñetazo en el vientre, 

 No puedo decir que me sentase muy bien aquello, pero  aun así, volví a usar el casco como arma, golpeando a mi agresor en lo más alto de su cráneo. No estaba dispuesto a dejarme atrapar, así que continué  después proporcionándole  una contundente patada en sus genitales.
No soy muy ducho en el tema de defensa personal, pero me sorprendí al ver que me las estaba apañando bastante bien.

Pensé en Estefanía, pero deduje que era mejor que saliese yo de allí primero. Ya tendría luego tiempo para ayudarla, aunque por las carcajadas que soltaba ésta, aún bajo los efectos de esos hongos, imaginé que ella se lo estaba pasando realmente bien.


El tipo de la jeringuilla se me acercó peligrosamente, mientras otro se avalanzaba sobre mi espalda. El casco me vino de nuevo de perlas, dándole lo más fuerte posible con él a éste, liberándome de su abrazo. Esquivé como pude al que quería clavarme la droga y comencé una loca carrera, perseguido por los empleados de Le Bon, sin soltar el casco aún.

Abandoné la sala principal del hangar y crucé como un poseso la habitación donde nos habíamos puesto los trajes de vuelo. Empujé la puerta de ésta que conducía al exterior, golpeando con ella sin querer al tipo que parecía que estaba de guardia, sorprendiéndole y haciéndole caer de bruces.Éste no pudo evitar que yo siguiese con la carrera y se sumó a los otros hombres que me perseguían. 

Pensé primero en llegar hasta mi coche y salir como un rayo de allí, dirigiéndome a toda velocidad al cuartel de la Guardia Civil, pero recordé que las llaves del deportivo estaban en mis pantalones, que desgraciadamente, seguían en el hangar del que, en esos momentos, huía desesperadamente.

Debía ponerme en contacto con Mari Fe, así que cambié la dirección de mi carrera y ante la sorpresa de mis perseguidores, me dirigí directamente a la mansión de Le Bon.

Entré por el mismo sitio por donde había salido anteriormente, tirando al suelo  todo lo que encontraba, intentando dificultar el paso a los que me seguían, con relativo éxito, pero eso me proporciono el suficiente tiempo  necesario para ponerme el extraño casco de nuevo.

Entonces me introduje en el comedor, donde estaban aún los invitados de Le Bon, sin duda todavía drogados por los hongos y bajo los efectos de éste.

Me coloqué en el centro de éste y alcé mi brozo derecho, a modo de saludo. Todos los presentes se sorprendieron al verme vestido de esa guisa. 








Llegaron entonces también los hombres e Le Bon, pero al haber tanta gente allí, se detuvieron y se quedaron silenciosos. No querían mostrar violencia ante toda aquella gente, asi que lentamente, se dispusieron a rodearme.

— ¡Terrícolas! —grité teatralmente a los invitados a la cena —¡Tengo un mensaje que comunicaros!

Todos se quedaron boquiabiertos y espectantes, incluidos los hombres de Le Bon.

— ¡Escuchad, humanos! —continué con mi extraña representación, sin quitarme aún el casco que me daba aquel extraño aspecto. —He de ponerme en contacto con mis compañeros. ¡Quiero que me prestéis uno de vuestros teléfonos móviles!

Todos los comensales, obedientes, sin voluntad y cretinamente crédulos, empezaron a ofrecerme sus aparatos, pues como hipnotizados por causa de los alimentos ingeridos, creían ciegamente todo lo que escuchaban, incluidas mis inverosímiles palabras.

Los hombres de Le bon, conscientes de lo peligrosa que se había vuelto la situación para ellos, estrecharon su cerco para atraparme como fuese. Los invitados, obsesionados con darme sus teléfonos, se amontonaron alrededor de mi con éstos en sus manos. Protegiéndome sin saberlo de mis perseguidores.

— ¡Amigos! —grité más histriónico aún, al darme yo cuenta de ésto. —Los hombres de Le Bon quieren impedir que yo realice mi misión. — ¡Debeis detenedlos! 

Los gorilas de Le Bon, sorprendidos, se detuvieron.

—¡Protegedme! —grité con todas mis fuerzas.

Todos los invitados se volvieron contra los hombres de Le Bon. Algunos los golpeaban con sus teléfonos, otros les propinaban puñetazos e incluso algunas señoras intentaban agredirles con sus caros bolsos.   

Al ver el cariz que tomaba la situación, los tipos de Le Bon salieron huyendo de allí. Yo sabía que eso no duraría mucho, pues en cuanto llegase el medico al comedor y se pusiese a hablar con los invitados, les haría cambiar de idea, con sus grandes dotes de convicción y éstos volverían sus ataques contra mí. 


No tenía tiempo suficiente. Aún así, debía llamar a Mari Fe y tomé uno de los numerosos de teléfonos de los abducidos  invitados de aquella extraña cena y me disponía a llamar al número del cuartel de la Guardia Civil, cuando vi la fecha y hora en el móvil. Algo ocurrió en mi mente, como un interruptor que activaba un recuerdo olvidado y recordé lo que me habían comunicado con sus correos electrónicos aquella mañana, indicándome lo que iba a suceder aquella misma noche, a esa misma hora.
Entonces tuve otra alocada idea. Tal vez así podía conseguir un poco más de tiempo.

Los hombres de Le Bon regresarían sin duda de inmediato con éste, que seguro que sabría cómo reconducir la situación en su provecho. 

Puse entonces en marcha la extraña idea que acababa de tener:

— ¡Amigos! —dije a los invitados más teatralmente aún que antes. — ¿Salgamos todos al exterior, donde menos luz haya!

Todos se quedaron boquiaviertos, sorprendidos y aún faciles de convencer por causa de aquella droga ingerida.

—¡Hoy!  —continue —mis compañeros extraterrestre  nos  van a ofrecer un espectáculo increíble!

Miradas de ilusión se reflejaron en sus rostros. ¡Se lo creían todo! Al ver el éxito de mi estratagema,  los conduje lo más rápido posible al exterior de la mansión, deteniéndonos en  los jardines de la casa, que era  donde menos contaminación lumínica había.

  Marqué entonces en el teléfono que me habían prestado el  número que yo había memorizado horas antes de acudir a casa de le Bon.

— ¡Cuartel de la Guardia Civil! ¡Dígame! —resonó en el aparato con marcado corte castrense.

— ¡Oiga! —contesté desesperadamente —me encuentro  en casa de Le Bon. Dígale a la teniente Mari Fe que soy Arcadio y que venga de inmediato aquí, con todos los agentes que pueda. ¡Estoy en grave peligro!

Colgué. Un rumor creció entre los que me rodeaban.

— ¿Qué ocurre?, ¿Va a pasar algo? ¿Qué hacemos aquí? —me preguntaban alrededor de mi  sin cesar alrededor de mi los crédulos invitados, sin saber éstos que sucedida. 

Me quité el casco al fin y alcé la mirada al cielo.

— ¡Callad y observad! ¡Vais a ver algo maravilloso! —les comuniqué nervioso, mirando la hora en el teléfono que aún portaba.

Todos levantaron la vista al firmamento. Entonces una estrella fugaz cruzó el cielo. Un instante después otra, seguida de varias. De repente se multiplicaron, aumentando de forma espectacular el número de estas.



Le Bon y sus esbirros  llegaron en ese instante, rodeándonos, pero boquiabiertos, Los sorprendió tanto a más que a los invitados lo que todos estábamos observando. 


¡Una auténtica lluvia de estrellas,la más potente que yo había visto jamás, inundaba el firmamento!

— ¡Pero!…. ¿qué es esto? —preguntó Le Bon asombrado.


Debía aprovechar aquel desconcierto general. No tenia mucho tiempo. Pronto eso disminuiría.


Entonces, aún sujetando el casco, alcé mi brazo derecho y continuando con mi comedia, señalé con éste a Le Bon,  exclamando teatralmente:

— ¡Son ellos…..que vienen a por Usted!

— ¿Qué? ¿Quiénes? ¿Los extraterrestres? —preguntó Le Bon sorprendentemente asustado. Algunos de sus hombres habían comenzado ya a huir.

—¡ Se equivocó  Usted conmigo, le Bon! ¡Llegó el momento de la verdad! —grité ante todos asombrados invitados

El médico estaba perplejo, los pocos de sus hombres que aún no habían huido no sabían que hacer. Lo malo es que yo tampoco.

Pero entonces escuché algo que me sonó de maravilla. Eran las sirenas de los coches patrulla de la Guardia Civil.

— ¡Se acabó! —afirmé satisfecho al asustado Le Bon.

La mayor nunca vista jamás lluvia de estrellas aconteció aquella noche.

Las Oriónidas, las estrellas fugaces que parecen provenuir de Orión, me había venido de perlas en aquella extraña noche de veintiuno de octubre.

¡Estaba asombrado! ¡Que casualidad que Sirio estuviese tan cerca en el firmamento de esa constelacíon!





La noche en el juzgado de guardia fue larga y tediosa. 
Con Le Bon y sus secuaces en los calabozos,  yo me sentía mucho más tranquilo. mientras yo declaraba narrando todo lo sucedido. 

También me enteré yo de muchas cosas esa noche. Todo empezó con una denuncia realizada por unos vecinos sobre unos extraños vuelos nocturnos de un  desconocido helicóptero. Para que ese tipo de aparatos vuelen de noche, necesitan un permiso especial y Mari Fe no tenia constancia de ninguno de ellos, civil, militar o policial. Entonces, casi sin enterarse, topo con la organizaciñon de Le Bon.

Entonces descubrió que éste  un psiquiatra suizo,  pero que había tenido problemas con la ley en diversos países. De extraña manera, había conseguido solventarlos sin acabar en la cárcel. Por la visto, estaba especializado en sectas pseudo religiosas.

Le Bon utilizaba con gran habilidad aquel hongo alucinógeno, "macrolepiota toxicum" que cultivaba en sus invernaderos, permitiéndole doblegar voluntades y creencias con gran facilidad. Había recalado en mis cercanías y su fortuna estaba aumentando considerablemente gracias a a aquel engaño de los extraterrestres.

Para ello había  contratado a una de pareja de ingenieros estadounidenses, especializados en parques de atracciones, construyendo la falsa nave espacial. Ésta  no era más que una sofisticada máquina de feria, un simulador de vuelo.  En los cascos, diseñados especialmente para ello, se utilizaban unas gafas 3D de realidad virtual, que ayudadas por la droga de los hongos,  creaba una sensación de  realismo del que ni el más pintado podía escapar de ese engaño. Bueno, excepto yo.
 Utilizaba  además esa droga, por medio de jeringuillas, para obligar a firmar cheques en blanco a sus victimas. Por lo visto, algo salió mal  la primera vez que fui a su casa. No creí aquel embrollo pseudo-científico de los extraterrestres y lo amenacé con denunciarlo. Entonces sus hombres me llevaron a su tétrico sótano y me suministro una gran dosis de su droga, extraída de aquel maldito hongo. Se excedió en esa dosis y entré en coma. 

Temeroso le Bon de que yo muriese en su casa, ordenó a sus hombres me abandonaron en el huerto de naranjos donde aparecí finalmente, comenzando así esta extraña historia.

Esos abusos me hicieron perder la memoria. Las cicatrices de pinchazos en mis brazos fueron causas por las jeringuillas que Le Bon me inyectaban para moldear mi mente.

Por otro lado, el helicóptero que escondían en el hangar y ocultaban en las” cenas” con los invitados, se utilizaba para gravar esas imágenes nocturnas que se usaban para simular esos vuelos. A si se explicaban las quejas de extraños ruidos nocturnos que algunos vecinos de la comarca exponían.

Cuando terminé de declarar ante el juez,  cuando el sol ya había despuntado en el horizonte y me disponía a regresar a mi casa,  me di cuenta de que debía enfrentarme a un nuevo  y casi más complicado problema: Estefanía, Ana y Mari Fé me esperaban  a la puerta del juzgado.

Me acerqué a ellas, para despedirme. Entonces la teniente fue la primera en hablarme:

—Siento haberme aprovechado de su perdida de memoria, Señor Fustabella. Lo cierto es que Usted y yo nunca hemos mantenido niguna relacción, pero le hice creer eso, para que me ayudase a descubrir el entramado delictivo de Le Bon.

— ¿Sí? ¡Vaya! ¡Lástima! ¿No? —respondí con una gran sonrisa de bobo.  Me gustaría haber visto al final ese vestido que decía Usted que tanto me gustaba.

— ¡Bueno! —contestó Mari Fe. —Quizas es el momento de convertir en realidad esa relación ficticia.....

Entonces me dio un beso en los labios y tras un saludo muy militar, se despidió, mirando de reojo a las otras dos mujeres y se introdujo en su coche patrulla, alejándose con él.  

Ana, después de todo esto, se me acercó, diciendome:

— ¡Menuda aventura has tenido! Me tienes que explicar todo eso que ha pasado.

— ¡Claro! No te preocupes. Pasaré por tu casa un día de estos — respondí.

— ¡No tardes mucho en hacerlo! — exclamó, dándome también un beso en los labios, marchándose y mirando de reojo a la vez a Estefanía.

Quedándome solo con ésta al final, le dije un tanto avergonzado:

— Siento que pasase anoche todo eso. Pasaste mucho peligro allí.

— ¡No te preoculpes! Te portaste muy bien y desenmascaraste a Le Bon. ¡Estoy orgullosa de ti!

Entonces me dió el tercer beso en los labios de aquella mañana, diciendome despues:

— Tenemos mucho que hablar. ¡Has cambiado tanto! 

Sin nada más que decir, me sonrió y se marchó en dirección a su coche, dejandome al fin solo.


Cansado y adormilado, tras aquella noche de extraterrestres y platillos volantes falsos y de maravillosas estrellas fugaces, necesitaba realmente descansar. Monté en mi deportivo y un tanto satisfecho, me encaminé a mi casa.

No sabía que hacer ahora, aunque tenía muchas cosas por delante.

Lo que si sabia que haría es que jamás olvidaría esa noche de preciosas Oriónidas. 


Fin

2 comentarios:

  1. Me lo he pasado muy bien leyendo todos los capítulos. Una historia frenética y divertida a la par que misteriosa. He tardado un poco en leer los dos últimos capítulos pero ya por fin te digo que ha sido una gozada. Te felicito.
    Un abrazo ;-)

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    1. Gracias Marisa, por sufrir todo este embrollo del pobre Arcadio. Un afectuoso saludo.

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