jueves, 17 de noviembre de 2016

Oriónidas 9

Abandonamos la mansión Le Bon y yo, acompañados por varios de sus hombres y recorrimos entre penumbras la distancia que la separaba  del hangar que había encontrado curioso yo el otro día. Otro de sus hombres nos esperaba junto a una  puerta, situada en uno de los costados del edifico. y nos abrió muy marcialmente al llegar.  

Yo me encontraba extrañamente alegre, muy sonriente, pareciéndome todo fantástico y maravilloso, además de algo confuso. Franqueamos la por la puerta y accedimos a una  pequeña sala en la que había varias perchas y algunas taquillas. Le Bon no cesaba de sonreír y yo lo imitaba sin motivo aparente. Uno de sus hombres abrió  entonces otra puerta que comunicaba con la sala principal del hangar. Le Bon la cruzó y yo le seguí, sin saber muy bien que hacía y a donde iba, sin dejar de sentirme muy alegre y contento, acompañados por el pequeño grupo que formaban sus hombres.

— ¡Encended las luces! —ordenó histriónicamente  Le Bon cuando llegamos al centro del hangar, sumido hasta entonces en la total oscuridad.

Uno de sus chicos se acercó a un panel eléctrico y accionó varios interruptores. De repente, los potentes focos del hangar se iluminaron y yo quedé estupefacto, a pesar de mi lamentable estado mental. 

En el centro de la nave, majestuosa y brillante, una nave espacial se alzaba sobre cuatro enormes patas. Circular, como los clásicos platillos volantes de las películas, intimidaba por su tamaño. Desde su vientre metálico una rampa sin escalones se apoyaba en el suelo.







                     Tosco dibujo realizado por  Arcadio Fustabella i Redolins


— ¡Vaya —exclamé al ver la espectacular  nave sin dejar de sonreír bobamente.

— ¿Algo increíble, verdad? —exclamó Le Bon.

 —Sí —fue lo único que pude articular, apabullado por la brillante nave.

Lentamente, me acerqué al aparato, como hipnotizado. El sueño perecía que se me disipaba, aunque seguía con esa euforia poco habitual y una constante  e imbécil sonrisa instalada en mi rostro.

—Vamos, Arcadio —ordenó Le Bon —debemos prepararnos.

Casi tropezando, le seguí al regresar a la pequeña sala por donde habíamos accedido al hangar. Ya en ésta, me explicó lo que debía hacer. Uno de sus hombres sacó diversos accesorios de una de las taquillas. Unas botas, una extraña vestimenta negra de una sola pieza, semejante a los trajes de vuelo de los pilotos de aviones de combate y un más aún extraño casco, que no tenía ningún parecido a los que llevan los aviadores. Éste era la pieza más espectacular de aquel  misterioso atuendo, provisto con auriculares y micrófono. Cubría todo el rostro, protegiéndolo y tenía además dos orificios, cubiertos por unas obscuras lentes, uno para cada ojo, dándole un aspecto  siniestro. Yo no comprendía como podía verse algo con uno de esos cascos puesto.

—Venga, Arcadio, póngase el traje de vuelo, no tenemos toda la noche —volvió a ordenar Le Bon, mientras él comenzó a quitarse su ropa.

Excitado por la idea, me desnude rápidamente y me puse lo más pronto posible uno de aquellos atuendos. Cuando los dos estábamos preparados, abandonamos la habitación y regresamos a la nave, con los extraños cascos bajo nuestros brazos.

 Maravillado,  vi como Le Bon  ascendía por la rampa de la nave, penetrando por su brillante panza al interior de  la máquina y lo seguí asombrado.

Al entrar en la nave se escuchó una voz femenina que parecía hablar una extraña lengua.

—Es la nave que nos saluda —aclaró le Bon.

El médico contestó también con misteriosas palabras, incomprensibles para mi, y se sentó en uno de los asientos que había situados frente a lo que parecía  ser el panel de mandos. Yo, entusiasmado y cada vez más eufórico, no dejaba de mirar y fijarme en todos los extraños instrumentos que atiborraban el interior de la nave

—Colóquese bien los amarres del asiento, las maniobras pueden ser bruscas —indicó Le Bon con gesto preocupado.

Atontado, me fue difícil ajustar los correajes de seguridad a mi cuerpo. De repente pude notar que las luces que inicialmente parpadeaban  en un cilindro, situado en el centro de la nave, alzándose desde el suelo hasta el techo, empezaron a cobrar cada vez más intensidad.  Entonces la voz femenina volvió a escucharse.

—La nave informa que está comprobando los sistemas —explicó Le Bon. —Haga como yo, póngase el casco.

Torpemente lo hice. Al principio no veía nada, ante mis ojos solo había oscuridad, pero de repente algo electrónico se encendió en el interior de mi casco y una luz broto ante mis retinas, aclarándose después. Entonces comencé a ver.

 Aprecié al instante que entre la gran pantalla y nosotros aparecieron  flotando, como ingrávidos, unos extraños símbolos. Unos giraban, cambiaban de color o de forma y otros permanecían estáticos.

— Con esos símbolos  la nave nos da datos de los motores, combustible, altura, velocidad.... ¡Ya sabe! ¡todas esas cosas! —volvió a aclararme Le Bon. Su voz sonó alta y clara en el interior de mi casco.

—¡Sí, claro! —conteste por decir algo.

De repente desaparecieron los símbolos iniciales y surgieron tres  esferas. Como las imágenes anteriores, eran tridimensionales, tan reales que casi se podían tocar. Estaban a menos de medio metro de nosotros y Le Bon estiró su brazo derecho tocando una de esas esferas. Noté como la nave empezaba a vibrar ligeramente y Le Bon tocó entonces la esfera central. 

Yo, sobresaltado, di un brinco, a pesar de estar bien asegurado en el asiento, al ver que la pantalla situada ante nosotros, totalmente oscura hasta ahora,  se iluminó, con una claridad y resolución nunca vista por mí.  Parecía más una ventana que una pantalla. en la que se observaba el interior del hangar, en dirección a las enormes puertas principales del edificio. Era tan real la imagen , que casi se podía pensar en que era posible traspasarla. Le Bon tocó entonces la esfera situada más a la izquierda y más sorprendido aún, vi como comenzaron a abrirse las puertas del hangar. Mi acompañante cogió un mando colocado en el reposabrazos derecho de su asiento,  similar a los mandos de los cazas militares y la vibración de la nave, que yo imaginé que producía los motores, comenzó a aumentar.

 Entonces, dejándome estupefacto, noté una oscilación distinta a las vibraciones sentidas hasta entonces y, a través de la pantalla, vi como nos elevábamos un par de metros del suelo. Ya totalmente superado por lo que estaba sintiendo, vi cómo nos dirigíamos hacia las puertas principales, para salir al exterior del edificio. 

Tras franquearlas, la nave guiada por Le Bon, comenzó a girar sobre su propio eje, dando un cuarto de vuelta, aumentando  de nuevo las vibraciones.  Cobró altura y observé boquiabierto, por medio de la sorprendente pantalla de la nave, que frente a mí, casi bajo mis pies, estaba el edificio donde había permanecido oculta la nave. 

Entonces ésta giró de nuevo y se dirigió  hacia uno de los bosquecillos de la finca de Le Bon. Parecía que íbamos a tocar las copas de los árboles. Él colocó diestramente el aparato sobre ellas y estáticamente, sobre el bosque, hizo girar otra vez la nave. Podíamos ver la enorme casa de Le Bon totalmente iluminada. 

El piloto elevó el aparato y noté como una aceleración hacía que mi cuerpo presionase miasiento. Las vibraciones aumentaron y la nave comenzó a elevarse, dirigiéndose hacia unas nubes. Cobró tal velocidad, que me sentí incrustado en mi cómodo sillón.

 La sonrisa imbécil no desaparecía de mi rostro, oculta por el casco. Cruzamos las nubes y apareció la Luna sonriéndonos en un bello cuarto creciente. Le Bon inició entonces un picado en dirección a su mansión a gran velocidad. A más de uno el vértigo les habría vencido, pero a mí, todo me parecía maravilloso y muy divertido. No dejaba  de expresar mi diversión entre gritos y frases estúpidas. 

Cuando parecía que íbamos a chocar con el tejado de la casa, la nave esquivó el edificio con un brusco giro que hizo que mi cabeza cayese duramente sobre mi hombro izquierdo. 

— ¡Vaya! —grité entusiasta. — ¡Otra vez, Le Bon! ¡Hágalo otra vez!

—Lo siento —contesto —debemos volver ya. No es seguro volar mucho tiempo por aquí.

—Pues salgamos de aquí, lléveme fuera de la atmósfera.

—No hemos preparado la nave para ese tipo de vuelo. Quizás la próxima vez.

Resignado, observé como nos encaminábamos hacia el edificio donde reposaba la nave y al llegar a ésta, un frenazo hizo que mi cuerpo tendiente a salir expulsado a través de la pantalla, evitando ésto los correajes de seguridad y mi cabeza cayó hacia delante, golpeando mi pecho con la parte del casco que protegía la barbilla. 

Las vibraciones disminuyeron y la nave entró en el edificio. Pude notar como las cuatro robustas patas del aparato tocaban el suelo, una a una. La imagen desapareció de la pantalla y los datos que habían estado en ella durante el vuelo desaparecieron, surgiendo otros. 

La voz femenina se volvió a escuchar entonces.

—Ya podemos dejar la nace —dijo Le Bon.

La rampa descendió de nuevo y tras abandonar de la nave por ella, nos dirigimos a la habitación donde antes nos habíamos cambiado de ropa. Dentro de ella, comencé a quitarme el traje de vuelo, totalmente emocionado por lo que había  vivido esa noche. De repente Le Bon sacó un pequeño estuche de una de las taquillas. Lo abrió y extrajo de él una jeringuilla. Se acercó a mi sonriente, diciendo:

—Arcadio, no se preocupe, esto le hará recordar con más  rapidez.



Y noté como la aguja se clavaba en mi hombro derecho. Poco a poco, mis ojos se cerraron y entré en un espeso sueño.

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