miércoles, 16 de noviembre de 2016

Oriónidas 8


Días después, llegó la hora de la cita con Le Bon y su Organización. Cuando me dirigía a casa de éste en mi flamante deportivo, observé que un coche me seguía. 

— ¡La guardia Civil! —pensé. —Mari Fe no quita el ojo de encima.

Llegué al muro que rodeaba la gigantescas propiedades de Le Bon y me detuve en la puerta mecanizada de ésta. Pulsé un botón en el portero electrónico y tras darme éste  el visto bueno, resonaron los mecanismos de la cancela y recorrí la carretera que cruzaba los bosques de aquel extraño doctor.  Aparqué cerca de la mansión, junto a otros carísimos coches. 

Al descender de mi vehículo, alcé la vista al cielo. No se apreciaban muchas estrellas. Una brillante Luna llena dominaba el firmamento. Yo, intentando mostrarme elegante, llevaba una americana, pero no había soportado llevar un traje completo, vertiendo en su lugar unos vaqueros y una camisa oscura sin corbata. 



Le Bon acudió de inmediato a saludarme en cuanto me vio aparecer por la puerta. En el amplio recibidor habría unas cien personas charlando en grupos y varios camareros les servían bebidas y aperitivos. Los invitados enmudecieron al percatarse de mi presencia, concentrando todos sus miradas en mi. Sin duda me conocían y yo al principio pensaba que me contemplaban curiosos por no llevar yo onerosas vestimentas como ellos. En realidad lo hacían por lo que me había sucedido en los últimos tiempos.

—Espero que venga preparado a vivir emociones fuertes—me dijo Le Bon sonriente. La forma en que lo hacía no terminó de convencerme.

—Confió en que pronunciara algunas palabras a los asistentes a la reunión prosiguió. Están todos ansiosos por verle.

—Soy muy tímido — contesté sonriendo también. —Creo que no me gusta mucho hablar en público.

Se abrieron entonces las puertas dobles del salón y todos penetramos por ellas. Le Bon insistió en que me sentase junto a él, en la mesa que presidia la enorme estancia. Reconocí entre los asistentes a Helga y Estefanía, a la que saludé con un gesto. Ella me respondió con una bonita sonrisa.

— ¡Ah! ¡Su mujer!  —dijo Le Bon  al verme saludarla. —Fue ella la que me presentó a Usted.

—¡Vaya! ¡Qué cosas! —respondí sorprendido.

—Está muy interesada en la Organización, como todos los comensales de esta cena. Quizás no los reconoce Usted ahora, pero muchos de ellos son amigos suyos y todos son importantes miembros de la vida política y social. Banqueros, industriales, empresarios, senadores......¡y no hay ninguno de ellos que Usted no conociese anteriormente!

— ¿Como los voy a conocer, si como Usted dice, soy de Sirio? —pregunté insolente.

—Por implantaciones mentales —respondió Le Bon fruto, claro está, de la tecnología alienígena, o sea, de sus congéneres.

— ¿Qué quiere decir? 

—Cuando pase esta fase de, digamos, acoplamiento, aparecerán en su mente tanto los recuerdos de sus vivencias anteriores a la transmigración mental, como las implantaciones de memoria que se han realizado en el cuerpo de Arcadio para que Usted ahora pueda asimilarlas.

Sin dejar de encontrarme  escéptico, tomé una de las copas en las que un camarero había servido vino y tras tomar un sorbo, le dije al comensal sentado a mí derecha en la mesa con sorna:

— ¡Este le Bon! ¡Siempre con sus rollos! ¡Ja, ja, ja!

El hombre me contestó con una muda y seria mirada.

—Me alegro de que a haya decidido acudir a la cena —continuó Le Bon.

—La visita de Estefanía ha sido muy influyente en esta decisión. Si le digo la verdad, sigo sin creer nada de lo que Usted dice.

—Lo entiendo Arcadio, ¿o debo llamarle Cu-ril?

— ¡Usted sabrá! —respondí, tomando de nuevo un buen sorbo de vino.

Los camareros empezaron entonces a servir la cena. El primer plato, una sopa de hongos con enormes trozos de éstos, me  fue entregado con celeridad. 

— ¿No le gustan?—me preguntó Le Bon preocupado, al ver que yo miraba al plato con escasa intención de comer.

—Lo cierto es que no me agradan mucho los hongos......

—Reconozco que nuestro cocinero Bleufuart, un alsaciano de fama mundial, abusa quizás de éstos, pero le recomiendo que los pruebe. Son de un sabor exquisito. ¡ Algo increíble! ¡Espectacular!

—¡Si Usted lo dice!…..

Tomé con aprensión una cucharada de la sopa y la ingerí. No me pareció nada del otro mundo, incluso me parecía que sabía peor que otras setas y hongos que conocía y no me gustaban.

—¡Delicioso! —mentí, tomando más cucharadas del supuesto manjar por cuestión de educación.

— ¿Lo ve? ¡Sabrosísimo! —Exclamó Le Bon. 

 Tras tomar todos los comensales el primer plato, nos fue servido el segundo. En éste de nuevo esos hongos eran el componente principal.  Una salsa preparada con ellos lo inundaba y enormes trozos de éstos cubrían a los demás alimentos del plato.  El sabor de los hongos se hacía notar en todos los platos de aquella cena, sin poder evitarse.

Al fin, tras los postres, los camareros sirvieron cafés y licores.  Yo empecé a sentir unos ligeros mareos y   notaba como la piel de la cara se me adormecía, como cuando uno está borracho. Me sorprendió, pues no había bebido para tanto.

Entonces Le Bon se puso en pie. Todos los  demás comensales se callaron, mirándolo con interés.

— ¡Damas y caballeros! Todos estáis al tanto de la situación de nuestro querido Arcadio —dijo Le Bon con altisonante voz. 

Unos grandes aplausos y alguna voz de aprobación resonaron en el salón.

—Y, por fin —continuó el Doctor —el nuevo Arcadio, llegado de las estrellas, va a dirigirnos unas palabras.

Le Bon, con sus manos, me hizo un gesto para animarme para que me pusiese en pie. Lo cierto es que me sentía alegre y ufano. Sonriente, me alcé y comencé a hablar.

—¡Buenas noches! Espero que todos se encuentren muy bien.

Un conato de aplauso sonó en un rincón del salón. Yo me sentía extrañamente elocuente y de repente, una mujer se dirigió a mi con una chillona voz.

— ¡Arcadio! ¿nos puede decir algo sobre Sirio?

—Claro Señora respondí con extraña celeridad — ¿Cómo no? Sirio es la estrella más brillante  del firmamento, superada solo en intensidad por el Sol, la Luna, Venus y Júpiter.

Viendo que algunas caras reflejaban cierto interés, proseguí:

—Alfa Canis Majoris, que es como  denominan a Sirio los astrónomos, es de magnitud 1.46.  Ésta estrella está situada a 8,7 años luz de aquí y es una enana blanca. Su nombre, Sirius, significa en griego centelleante o abrasador. Todos pensamos que es una solo estrella, pero en realidad son dos. Una es Sirio A, que está acompañada por Sirio B, otra enana blanca de menor magnitud, 8,5 creo recordar. Ésta última da una vuelta a Sirio A cada cincuenta años y sobrepone  entonces su brillo sobre su compañera, haciendo que el resplandor de ambas disminuya. Solo es posible observar Sirio B cuando están en periodos de máximo alejamiento y utilizando telescopios de 200 m/m o más y condiciones atmosféricas estables............

Tomé entonces un trago de vino para quitarme el mal sabor de los hongos, momento en que los acompañantes rompieron en aplausos. Satisfecho, creí que había terminado  mi intervención. 

Empecé a notar  en ese instante una ligera somnolencia.

— ¿No puede añadir algo, además de los datos astronómicos? —inquirió extrañado un elegante caballero.

Miré a Le Bon, sonriendo con una extraña alegría y éste  contestó con un gesto, incitándome con él a proseguir.

— ¡Bien! —continué más alegre aún. — Sirio está en la constelación de Canis Mayor, uno de los perros acompañantes a Orión, el gigantesco cazador. Éste, tras jactarse de ser capaz de matar a todos los animales de la tierra, fue castigado por la Madre Tierra, enviándole un gigantesco escorpión, que le dio muerte. Los dioses lo colocaron en el firmamento, siendo sin duda desde entonces, la más bella y resplandeciente constelación del cielo. Si observamos las estrellas, apreciaremos que Orión desaparece, poniéndose en el horizonte,  cuando surge la constelación de Escorpio en  el este.

Dando otro sorbo de vino, después del cual sonreí,  me senté dejándome caer alegremente en mi silla,  dando por terminada  mi charla. Un nuevo aplauso hincho mi ego, notandome yo cada vez más alegre.

Lo cierto es que me había sorprendió a mi mismo mi charla. ¿Como sabía tantas cosas de astronomía y de Sirio en concreto? ¿Como aquellos pobres comensales se habían tragado mi rollazo estelar?

 El sabor de los hongos permanecía en mi paladar y tomé de nuevo más vino, intentando hacerlo desaparecer.

— ¿Pero no nos dice nada mas? ¿Algo de su civilización, de sus naves y de su tecnología? —clamó un bigotudo señor.

Sin ni siquiera  levantarme, contesté:

—Lo siento, pero yo no tengo ni la menor idea de lo que me está diciendo.

Le Bon se alzó en pie.

—Señores, el señor Fustabella recuerda muy poco de su pasado en  el sistema de Sirio.

— ¡Nada!— añadí  yo jocosamente, tomando otro sorbo después

Le Bon continuó hablando, un tanto preocupado por mi actitud.

—Les aseguro que la semana que viene, el próximo sábado, Arcadio atenderá todas esas preguntas que ahora es incapaz de responder.

Acto seguido, me rogó que le acompañase. Caminamos los dos entonces hacia la parte posterior de la casa. Yo luchaba terriblemente contra la extraña sensación que sentía, mezcla de alegría y sopor y debería haber tomado en ese momento  unos cuantos potentes cafés, para poder sobreponerse a tal somnolencia, pero el doctor me arrastraba aceleradamente. 

—¡Arcadio! —me dijo Le Bon —¡Prepárese! ¡Va a vivir algo increíble! Usted lo ha hecho ya anteriormente en numerosas ocasiones, pero como no lo recuerda, es como si fuese la primera vez.

Yo sonreí tontamente mientras abandonábamos la mansión, cruzando una de las puertas de servicio, acompañados por varios de sus hombres.

— ¡Va a volar Usted en una nave extraterrestre! —exclamó  Le Bon entusiasta. 

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