El antro del peor escritor del mundo

martes, 15 de noviembre de 2016

Oriónidas 7

Al día siguiente, tras pasar el anterior desorientado mentalmente, con nada que hacer y transcurriendo la noche no muy tranquilo, cuando meditaba  lo sucedido jugando con el perro del jardín, apareció un automóvil que se acercó hasta mí. Lo conducía una hermosa mujer.

—¡Hola! — le dije a ésta al bajar  del vehículo.

—¡Que tal Arcadio!  —saludo ella sonriente. —¿Sabes quien soy?

— Sí. Estefanía, mi mujer.

—Bueno, todavía. No seré tu esposa por mucho tiempo más. ¡Oye! ¿No dicen que has perdido la memoria? Pues a mí me has reconocido.

—Lo he hecho porque ayer vi una foto en la que estábamos los dos juntos.

—Creía que las habías roto todas.

—Parece ser que no.

—Bueno. ¿Cómo te encuentras?

—De maravilla.

—Me alegro. He llegado de Londres y me han dicho que habías regresado. La verdad es que me preocupé cuando me llamó Julián. Lo de tu memoria me dejó realmente sorprendida.






                                                          Luna, Júpiter y Venus



Yo me encogí de hombros, mostrando mi ignorancia, contestando después:

—Alguien me ha dicho que me odiabas. 

Ella sonrió y cambió de tema:

— ¡Vaya!Estas irreconocible, tan delgado, con esos vaqueros y esa camiseta tan de.... ¿hippy? ¿Y el pelo? Siempre lo llevabas con gomina, peinado hacia atrás. Ahora...... ¡tan rizado y despeinado! ¡Estás incluso más guapo!

— ¡Gracias! 

El perro la miraba alegre meneando su cola.

—Antes no te gustaban los perros —prosiguió Estefanía.  Pareces otro, como si hubiesen cambiado el antiguo Arcadio. ¡Sería magnífico!

 —No se como era ese Arcadio antiguo que dices tú —respondí.

Vamos a pasear un poco por el jardín. ¡Es tan bonito! —añadió Estefanía— ¿No recuerdas  realmente nada?

—¡Pues no! —contesté entristecido —No recuerdo tampoco por que no vives en esta casa. 

—Bueno, te recuerdo entonces que no vivo contigo porque eres un cabrón.

—¡Vaya!
  
—Sí hijo, sí. Tú me tiraste de tu casa.

— ¿Como pude hacer algo semejante? —pensé —¿a  una mujer tan guapa?

Entonces recordé que también había tirado de la mansión a Helga. Por lo visto, era algo habitual en mí.

—¡Siempre fuiste un cerdo, un capullo! —exclamó  Estefanía con gesto airado

— ¡Jope! No me lo pones fácil. Lo siento, yo no quería ser así, supongo —intenté disculparme.

—¡Me trataste  muy mal!

—¡Lo siento! 

—Déjalo.

—No, dime. ¿Qué sucedió?

—Cuando te conocí, eras encantador. Guapo, inteligente. Pero en cuanto comencé a vivir contigo, vi como eras realmente. Egoísta, autoritario, mezquino, celoso y mujeriego.

— ¡Una joya! 

—Supongo que seguirás siendo la mala bestia que siempre has sido. Quizás estas intentando engañarme para tenerme de nuevo en tus garras.

—¡No, por favor! No pienses eso de mí. He cambiado mucho. Tu misma lo dices.

— ¡Adiós Arcadio! —dijo Estefanía con los ojos humedecidos regresando a su vehículo. —Me voy ya. No me gusta esta casa. ¡Me trae malos recuerdos!

Me dio dos besos de despedida en la mejillas y tras acariciar el perro, me sonrió y subió en el coche.

Cuando arrancó el motor, bajó el cristal de su ventanilla y me preguntó con expresión de curiosidad:

— ¿Vas a ir este sábado?

— ¿A dónde? —respondí con otra pregunta.

— ¡Que tonta! Olvide lo de tu memoria. Hay una cena con todos los miembros.

—Perdona, ¿miembros de qué?

—De la Organización, allí en la casa de Le Bon.

¡Ella también estaba metida en el lió este de los extraterrestres! Me quedé boquiabierto, sin dar respuesta a su última pregunta. 

Al ver mi expresión de extrañeza,  Estefanía partió desapareciendo de la mansión. Yo me sentí  entonces todavía más inquieto. Empezaba a preocuparme  realmente el tema de los extraterrestres.

Para intentar olvidarlo, comencé a mirar unas viejas fotos que encontré en un cajón. Eran de mi familia. No me ayudó mucho el no saber nada de ellos. Al final, volvía a observar las inquietantes fotografías del platillo volante en el hangar de Le Bon.

Entonces tuve una decisión. ¡Tenía que solucionar esa tontería de los extraterrestres!

Marqué el número de teléfono de la teniente Mari Fe, charlando con ella. Luego llamé a Le Bon. 

Había cambiado de idea. Era el momento de tomar en serio lo que ambos me  habían dicho.

Ese sábado iba a acudir a la cena  que se refería Estefanía,  en la casa del Doctor Le Bon.

Allí solucionaría todas mis dudas.

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