El antro del peor escritor del mundo

lunes, 14 de noviembre de 2016

Oriónidas 6

Me sentí totalmente engañado, primeramente por todo lo que me había contado Le Bon, después, por descubrir  la relación que mantenía éste a mi espaldas con mi supuesta amante.

Tras dejar pasar las horas restantes del día sin nada que hacer, resultando ser totalmente improductiva aquella jornada,  tomé dinero del despacho  por la noche  y cené por ahí, en un bar situado en el pequeño pueblo que había no muy lejos de mi enorme mansión. Allí, triste y preocupado, empecé a beber. Tenía tal galimatías en la cabeza que no sabía ni lo que hacía.


 ¿Sería real lo que me decía Le Bon?


 Medio borracho, regresé a casa y me acosté.









                                                      Orion alzándose sobre el horizonte



Julián, bastante nervioso, me despertó a las diez de la mañana del día siguiente.

— ¡Levántate, levántate! —me decía, mientras me deba pequeños empujones para despertarme.

— ¿Qué pasa? —pregunté sobresaltado.

—Es la Guardia Civil. ¿Qué hiciste anoche?

— ¿Yo? ¡Nada! Bueno, bebí un poquito.

—Te esperan abajo. Date prisa, están muy serios.

Me vestí con rapidez y sin ni siquiera lavarme la cara, salí de mi habitación y me asomé por la barandilla de la escalera. Dos figuras verdes  me esperaban en la planta baja.
Una me era muy familiar. Era el brigada Ramírez. La otra era una morena que no estaba  nada mal. Nervioso, bajé por las escaleras.

—Buenos días —saludé.

—Buenas, señor Fustabella, —comenzó a decir el brigada —veníamos a hablar con Usted.

— ¿Saben algo más de mi caso? —pregunté, esperando que no me dijesen nada desagradable.

—No Señor,  pero la teniente Pérez quiere hacerle algunas preguntas.

—Hola, señor Fustabella. ¿No me recuerda? —dijo la mujer uniformada. Sus  hermosos ojos negros parecían querer clavarse en mi mente.

—Lo siento, pero no recuerda nada anterior al suceso del huerto de los naranjos.

 ¿En serio? ¿Nada de nada? —inquirió de nuevo la mujer.

—Se lo aseguro, Teniente.

—Bueno, entonces debería ponerle yo al corriente. Por favor Ramírez, disculpe, pero quisiera hablar en privado con el Señor.

—Como quiera, mi Teniente —respondió el bigotudo agente.

—Sí lo desea, puede pasar a la cocina a tomarse una cerveza o algo así. La cocinera le atenderá —ofrecí cordialmente al suboficial.

—Hombre, Don Arcadio, estoy de servicio, pero siendo usted tan amable, con la autorización de mi Teniente y si no se entera nadie… —respondió Ramírez con una  picara sonrisa.

—Vaya hombre, vaya —dijo la Teniente un tanto irritada —que una más no se le va a notar. ¡Pero solo una!

El Brigada se encaminó a la cocina, mientras la Teniente y yo nos dirigimos al  despacho.

Tras entrar  en aquella dependencia la uniformada mujer y seguirla yo, cerró ésta la puerta de la habitación con rapidez. Entonces,  de repente, me abrazó apasionadamente, llenando de besos ambos lados de mi cara, dándome como colofón, uno muchísimo más intenso  en la boca. 

Yo, sorprendido, no supe cómo reaccionar.

— ¿De verdad no te acuerdas de tu Mari Fe, Arcadin? —preguntó exaltada la teniente, prosiguiendo con su incesante besuqueo.

— ¿Mari Fe? —respondí apabullado en medio de aquella lluvia de agradabilísimos besos. — Me temo que no tengo el gusto de conocerla....

Un poco ofendida, dándome un pequeño empujón, se separó de mí.

—Creía que fingías, para no tener que darle explicaciones a Le Bon. ¡Y ahora resulta que es verdad, que no te acuerdas de mi! —Dijo airada. —¡Encima —prosiguió estas hecho polvo! Delgadísimo, pálido, con ojeras. ¡Pareces un cadáver! ¿No recuerdas nada realmente? ¿Nada de los extraterrestres?

Asombrado por el trato que me estaba dando la teniente Mari Fe, le respondí:

— ¿De los extraterrestres? ¿Ya estamos otra vez con ese cuento? Lo siento Mari fe. De verdad, no recuerdo nada. Ni de Usted, ...........¡Ni de esos malditos extraterrestres!

— ¡Vamos! ¡No me engañas! Seguro que sabes algo más. ¿Qué te contó ayer Le Bon?

—Bueno, sí. He hablado con él, pero solo me dijo tonterías. No pienso volver por allí.

— ¿Qué dices, Arcadio?  Le Bon es importantísimo.  Debes volver a relacionarte con él.

—Pero,  ¿Usted…? perdona,  Mari fe, ¿tú te crees eso de los marcianitos?

—Maldita sea. Eras mi contacto en esa organización. El topo introducido en ésta y ahora.....¡no quieres saber nada del asunto! ¡Teníamos un trato! ¡Recuerda! Debes volver junto a él.

— ¿El topo? ¿Organización?...Pero si no me gusta nada ese tipo. Parece un lagarto. ¿No será él el extraterrestre?

— ¡Que no, que no! Él es de aquí. Es Suizo. ¿No notaste su acento?

—  Sí. Algo note ¿Lo conoces tú? Pues vente conmigo y le preguntas lo que quieras.

— ¡Sí hombre, siendo yo miembro de uno de los cuerpos de las fuerzas de seguridad del estado! ¿En serio, crees que me va a decir algo  a mí? ¡Le daré miedo y se cerrará en banda!

Su increíble cuerpo, aún perceptible a pesar de su holgado uniforme, me hizo sentirme temblar como un flan. Se acercó de nuevo a mí, sonriendo y abrazandome.

—¡Por favor, Arcadin! —susurró en mi oído derecho, mientras me tocaba lentamente la oreja —Averigua más cosas de la organización y del señor Le Bon. Ya sabes el número de mi móvil. En cuando sepas algo, quedamos y me pones al día.  

Se alejó de mi, clavando de nuevo sus bellos ojos en los míos, añadiendo:


—Si te portas bien, me pondré el traje ese que tanto te gusta y pasaremos la noche en mi casita.

La oferta era tentadora.

—Perdona, Mari Fe, pero en realidad no se tu móvil, ¿Podrías decírmelo? — sugerí tímidamente.

La teniente sacó un bolígrafo de uno de sus bolsillos y lo apuntó en mi mano derecha, diciéndome:.

— ¡Es verdad! Había olvidado tu amnesia. Me voy, mi Arcadin. ¡El deber me llama!

Mari Fe abrió la puerta del despacho y con un muy castrense grito, llamó al suboficial.

— ¡Ramírez, vámonos, que tenemos faena!

De una forma totalmente distinta a como se había portado conmigo en el despacho, Mari Fe se despidió delante del brigada, dándome la mano con mucha cortesía. Cuando partieron, mantuve abierta mi mano para que no se me borrase el número  de la teniente, pues ésta me sudaba, lo cual me alarmó. 

La teniente sin duda era mucho más cariñosa conmigo que Helga.

— ¡Maldita sea! —me dije a mi mismo — ¿cómo será el traje ese que tanto me gusta?

El resto del día fue muy activo. Llegaron mis abogados y asesores económicos para ver como me encontraba. Más tarde, los directivos de la fábrica de calzado, luego uno de los hombres de Le Bon vino para recoger los efectos personales de Helga  y finalmente, mi antipático médico personal, que por suerte, no era Le Bon, haciéndome un completo chequeo. Le sorprendió enormemente las huelas de jeringas en mis brazos  y los varios kilos que había perdido en las dos semanas que  yo había desaparecido de la faz de la tierra.

Al anochecer intenté asimilar todo lo que me había sucedido esa jornada. Dejando aparte mi situación económica y legal, lo que Le Bon me dijo y la teniente Mari Fe, me estaba empezando a preocupar. ¿En que lío  me había metido? La Teniente me tomaba como un infiltrado en una organización de emigrantes espaciales un poco raros y Le Bon insistía en que yo era uno de ellos. Julián me trataba como un hijo y Helga pensaba que yo era un idiota un extraterrestre. 


¡Y yo sin saber quién soy! 


¡Todo aquello era insoportable!

Mi  terrible médico me aconsejó que me tomase una temporada de descanso. Ya tendría tiempo para encargarme  de nuevo de mis negocios. Haciéndole caso, pasé unos días nadando en la piscina, tomando el sol, paseando con el deportivo, bebiendo cervezas en los bares del pueblo y jugando a los naipes con Julián en el garaje.

Era magnifico eso de ser rico. Ocioso, seguí investigando mis documentos en mi despacho y encontré escondido, tras unos libros, una foto enmarcada de una pareja. Eran una mujer muy guapa y yo. ¿Sería esa  Estafanía, mi esposa? 

Les pregunté a las chicas y me lo confirmaron, pero no pudieron  o no quisieron decirme su dirección o su teléfono.

En el  juvenil dormitorio donde dormía, encontré un libro de astronomía, con un separador en la página correspondiente a Sirio.  Recordé las tonterías que me dijo Le Bon en su casa y unas palabras surgieron de mi boca sin yo pensarlo:

—¡Sirio, el astro más brillante tras el Sol, la Luna , Venus y Júpiter! Una estrella variable.

¿Cómo sabía yo eso? ¿Dónde lo había aprendido? No recordaba que Le Bon me hubiese dicho nada de eso.

Me sentí terriblemente inquieto.

Posteriormente hallé un potente telescopio en una caseta en el jardín, en la zona menos iluminada. Junto a éste había numerosos publicaciones y más libros de astronomía, con un equipo de fotografía aplicable al aparato. 

Sin duda, era un gran aficionado al tema.


Más tarde, lleno de curiosidad, a través del ordenador de mi despacho, contraté a un pirata informático para que me consiguiese las contraseñas de mis propios correos electrónicos, pues no las encontraba apuntadas en ningún lugar. Al leerlos, no encontré nada en especial. Solo comprobé que era un gran aficionado a la astronomía, recibiendo numerosos mensajes  de otros colegas y de revistas del ramo, informándome de las efemérides estelares y planetarias.

Después, tras ser informado por mis bancos, utilicé de nuevo mi ordenador para comprobar mis cuentas. Extrañado, vi que recientemente habían salido de estas importantes cantidades de dinero, todas ingresadas en la misma cuenta. Pero lo más inquietante es que las sumas aumentaron enormemente en las dos semanas que yo había desaparecido extrañamente,  antes de mi aparición en el huerto de naranjos, con la memoria perdida.

Me encontraba realmente confundido.



Preocupado, conseguí, con ayuda del pirata contratado por mi, abrir una carpeta en el ordenador que se me había resistido hasta entonces,  pues era la única protegida por una contraseña. 

Una enorme sorpresa cayó sobre mí al verla. Eran imágenes de un objeto situado en el interior de un hangar. Lo reconocí por unas ventanas en la parte superior de las paredes, bastante características. 

Era el de Le Bon.


 El objeto fotografiado rompió mi tranquilidad y llenó mi mente de dudas sobre mi origen. 


Todas las imágenes que había en la carpeta que guardaba yo,  o Arcadio con tanto sigilo, eran  las de un enorme y plateado platillo volante.

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