viernes, 11 de noviembre de 2016

Oriónidas 5


El estruendoso sonido de un potente aspirador, a las ocho de la mañana, acabó con mi descanso en aquel juvenil dormitorio.  Tras lavar mi legañoso rostro y darme una rápida ducha, dejé bien plegado sobre una silla el siniestro traje negro que Helga y Julián me habían proporcionado el día anterior. Rebusqué después en el armario de aquella habitación y encontré una camiseta azul marino y unos vaqueros que me sentaron bastante mejor.  Tímido, salí cauteloso de aquella  estancia y saludé cortésmente  a la chica que manejaba el ruidoso aparato de limpieza,  bajando después a la planta baja, dispuesto a enfrentarme a mi  pasado y también a mi destino. 

 Como era de esperar, lo primero que busqué  fue  la cocina y allí una agradable señora, de nombre Elisa, me  preparó un copioso desayuno que consumí en su totalidad, mientras ella, asombrada por mi falta de memoria,  contestaba las múltiples preguntas que yo le hacía sobre mi situación personal, geográfica e incluso económica. Me resultó realmente útil aquella conversación.

 Después, sin querer molestar a la cocinera y las chicas de la limpieza, solo y aburrido sin nada que hacer, vagué por la casa, encontrando  finalmente un gran despacho. Allí, un tétrico retrato del que se suponía era mi padre, presidía la habitación, Mi severo progenitor, muerto hacia años,  con una intimidadora mirada, parecía vigilarme desde el otro mundo.  De nombre Arcadio, como yo, le venía mejor el nombre que a mí,y a pesar del notable parecido, soy yo sin duda, modestamente hablando, más guapo y resultón que él. Curioseé  entonces en los numerosos muebles de aquel inmenso despacho  y encontré  bastante documentación sobre mis propiedades y situación económica.

Deseoso de conocer más sobre mí, continué registrando el despachó y hallé  así una enorme pistola de fabricación nacional: una Astra de nueve milímetros. La empuñe y comprobé que estaba cargada. Me sorprendió la familiaridad que tenía con ella y lo diestramente que la manejaba. Sin duda alguna, no era la primera vez que la tocaba. La escondí y seguí registrándolo todo, topando así con mi pasaporte y  un libro de familia a mi nombre. En éste, sorprendido, descubrí que estaba casado con una tal Estefanía. Al rato, más curioso todavía,  decidí encender el ordenador que había en la mesa principal. Por suerte para mí, no me tenía contraseña alguna que me impidiese hacerlo e indagué entre la mayoría de los archivos y directorios que había en el aparato, intentando encontrar más datos sobre mí para ilustrar mi destrozada memoria. 

Cansado ya de husmear sobre mi supuesto pasado , salí al inmenso jardín y paseando sin rumbo por éste encontré al perro que nos había saludado al llegar la noche anterior. Me alegré un poco y jugueteando con él, llegamos a lo que parecía ser un gran garaje. La puerta estaba abierta y encontré dentro de éste a Julián, limpiando el Mercedes negro que él había conducido la noche anterior, poniéndome al borde de un ataque de nervios.

— ¡Buenos días, Julián! —le saludé alegremente.

—¡Buenos, Don!..... ¡Esto! .......Arcadio. ¿Cómo has dormido?

—Regular —respondí.

Un precioso deportivo rojo descapotable, un Porsche 911,  estaba junto al automóvil que había conducido Julian  trayéndome del hospital.

— ¿De quién esta preciosidad? —Pregunte— ¿de Helga?

—No, Arcadio, el Porsche es tuyo. Hace muchos años que no lo tocas.

— ¿Sí? ¡Lástima!¿Funciona?

— ¡Claro! Una de mis tareas es mantener en perfecto estado todos los vehículos de la casa.

¿Puedo conducirlo? —pregunté con  alegría infantil.

—¡Claro, Don Arc!...esto ..Arcadio. Es tuyo.

Sin pensarlo más, me subí en él hermoso automóvil y arranque el motor. Me pareció fácil al tacto y noté que yo recordaba algo en él. Sin ningún problema, puse en movimiento el deportivo y salí por la puerta principal del recinto, disfrutando de él por las carreteras secundarias que rodeaban a mi supuesta propiedad. 

Ya de vuelta, aparqué el coche junto a la entrada principal y  entré alegremente en la mansión. La chica que limpiaba y  sacaba en ese momento  brillo a una horrible bola dorada situada al inicio de la barandilla de la inmensa escalera, me advirtió en voz baja:

— ¡Cuidado!¡Helga  ya se ha despertado! ¡Está furiosa!

Le sonreí y con un gesto con la mano, quitándole hierro al asunto, intenté comunicarle que todo estaba controlado, o eso pretendía yo. Entonces un grito histérico resonó desde a planta superior. Era Helga,  observándome asomada a la barandilla de la escalera.

— ¿Arcadio?  ¿Que ropa llevas puesta? ¿Por que no te has puesto un traje?¿Dónde demonios estabas?

—¡Tranquila, tranquila! —murmuré en voz baja, mientras ascendía lentamente por los escalones.

—Te dije que hoy teníamos que ir a ver al Doctor Le Bon. —me dijo sin dejar de gritar con su estridente voz al acercarme a ella.

—¡Vale, pues vamos   para allá —respondí intentando tranquilizarla.

Di media vuelta y descendí veloz por la escalera. Ella me siguió con dificultad, a causa de los enormes tacones que llevaba y el modelito que vestía. Salí al jardín y me senté al volante del deportivo.

 Pocos segundos después asomó Helga por la puerta. Un nuevo grito surgió de su fina garganta.

— ¿Y el Mercedes?

—En el garaje —contesté 

— ¿Dónde está Julián?

—Con el Mercedes.

Sabes que no me gustan ese tipo de coches. Me despeinan. No pienso subir ahí.

—No seas tonta. Quiero preguntarte algunas cosas. No sé quién eres ni que haces aquí, en  mi casa —dije pronunciando esto último con una entonación especial. —Ya es hora de aclarar la relación sentimental que me dijo Julián manteníamos tú y yo.

—Viejo tonto —murmuró Helga irritada, refiriéndose al anciano.

— ¿Dónde está mi mujer? ¡Sé que estoy casado! —presioné ya lanzado.

 — ¡Tu mujer te odia!

— ¿Tan desagradable soy?

—¡Cállate ya! ¡Y deja de decir tonterías!

Finalmente, resignada, subió  al deportivo.

—Vamos a la casa del Doctor le Bon —ordenó autoritariamente.

—No sé quién es tío y mucho menos donde vive —contesté con gran alegría.

—¡Arranca ya! Yo te indicaré.

Partimos velozmente y siguiendo las escuetas instrucciones que Helga me daba, —de frente, derecha, izquierda—, llegamos a una urbanización “reservadísima” .Una de esas donde solo viven guiris y millonarios. Un guardia jurado nos saludó muy militarmente cuando llegamos a su garita, situada a la entrada de la selecta zona residencial  y  levantó la barrera que cortaba el paso a las personas no deseadas. 

Llegamos minutos después  a una enorme puerta mecanizada, situada en un largo muro que encerraba una gigantesca posesión. Helga me ordenó que descendiese del coche y pulsase un botón en el portero electrónico colocado a la derecha de la entrada. Durante unos segundos sentí como la micro cámara del centinela electrónico me observaba y una viril voz que surgió de éste me ordenó que esperase. Minutos después escuché como un automóvil se acercaba. La puerta del muro se abrió y un hombre corpulento, bien vestido y con unas grandísimas gafas de sol, descendió del vehículo, invitándonos mediante un gesto a que le siguiésemos con el nuestro.

Los dos coches circularon durante unos larguísimos minutos, entre infinitos bosques  de diferentes especies de árboles, separados según contenido, muy ordenadamente, llegando por fin a la inmensa mansión de Le Bon. Del coche que nos precedía, tras detenerse frente a una lujosa puerta, descendieron tres hombres, vestidos todos de igual forma y uno de estos, sin muchas palabras, nos indicó que les siguiésemos caminando. Franqueamos así la puerta del edificio, cruzando un inmenso recibidor, diciéndonos entonces al llegar a la de una estancia nuestro guía:
.
—¡El doctor les espera! —señaló —Pasen por favor al despacho.

Entramos Helga y yo y observé el interior de la habitación. Sin estar demasiado recargada, ofrecía una imagen de gran lujo y poder. Numerosos objetos  la adornaban, algunos de ellos muy curiosos y que yo no pude descifrar su utilidad. Esperamos pues que apareciese el tal Le Bon, hundidos en un pegajoso sofá, estando yo lleno de curiosidad. Helga me miraba con fastidio, soportando estoicamente aquellos minutos de espera. 

De repente apareció el Doctor en el despacho. Le Bon, era un hombre guapo, con un cuerpo atlético y muy bien vestido. Aparentaba tener cuarenta y pico años y pensé que debía dedicar muchas horas al gimnasio para estar así. Muy moreno, fruto de horas de exposición al sol o quizás algo más artificial, con un par de  potentes entradas en su cabello, parecía un gran ejecutivo.

—Por fin —dijo el recién llegado, mientras se acercó a mi. Yo me puse en pie, ofreciéndole cordialmente la mano y él la tomo con las dos suyas, como  suelen hacer los sacerdotes. Mi expresión debió parecerle  la de un pobre, pero alegre, tontaina.

—Helga me ha comentado por teléfono  las vicisitudes que ha sufrido, —dijo Le Bon — ¿Realmente no recuerda nada?

Me disponía a contestar, cuando Helga se me adelantó.

—Ya vale de juegos —gritó ésta con su voz de histérica. —¡Explícaselo todo de una vez!

Su agresividad  me dejaba estupefacto.

—Tranquila —le dijo Le Bon suavemente. —Ésta es una situación muy delicada, que debemos tratar con sumo cuidado. Solo estoy comprobando en qué estado se encuentra. Si no recuerda realmente nada, le explicaremos poco a poco lo sucedido.

— ¡Y una mierda! —vociferó Helga totalmente desbocada —Dile  al extraterrestre  lo que pasa realmente aquí.

— ¡Ya estamos con el extraterrestre! —exclamé entristecido y lleno de inquietud.

—Relájate, Helga,  —le aconsejó Le Bon  —Tranquilízate. Quizás tengas razón y sea mejor que le descubramos a nuestro amigo ya todas las claves del asunto.

—Ardo en deseos de que lo haga —afirmé ansioso.

Helga se puso en pie y encendió un cigarrillo, mientras se acercaba a la enorme ventana que había en el despacho, con vistas a los inmensos terrenos de la mansión.

—¡Muy bien! —continuó Le Bon. —Le voy a explicar todo lo sucedido. 

El doctor se sentó con comodidad en un sillón situado junto al sofá y tras tocarse la barbilla, continuó:

—Usted, físicamente, es Arcadio. Eso no hay duda, pero mentalmente, es otro ser.

— ¿Qué? —pregunté sorprendido.

—Sí, su mente no es la de Arcadio. Es difícil de comprender. Usted y Arcadio han realizado una "transmigración mental"

— ¿Una trans qué?  inquirí de nuevo con una sonrisa quizás excesivamente incrédula.

—Un intercambio de mentes.  Prosiguió Le Bon.   La de Arcadio está en su cuerpo y la suya en el físico de Arcadio.

— ¡Vamos, hombre! No me venga con más tonterías. 

—Sé que es difícil de creer, pero la transmigración mental es ya posible.

— ¡Venga ya! Y lo ha hecho usted, ¿no? ¿Conmigo?... ¡ya!

—No, yo no dispongo de esa tecnología.

—Y quien ha hecho este milagro.

—Los que poseen esa tecnología. Los extraterrestres.

Durante unos segundos, boquiabierto, asimilé lo que  escuchaba. Después estallé en una enorme y nerviosa carcajada, para después exclamar incrédulo:

— ¿Extraterrestres? Ya salió el tema de nuevo.

Le Bon me observó tranquilo y sonriente, respondiéndome después.

—Esta reacción es normal. Suele suceder a casi todos los que han realizado el proceso. Al producirse el cambio de mentes se realiza en ocasiones un borrado de memoria temporal.

— ¿A casi todos? ¿Es que esto le ha pasado a más gente?

—Sí, a casi un centenar.

—Y…. ¿por qué a mí?, bueno a Arcadio, según Usted. 

—Porque él es un líder, y Usted a su vez lo también es en su planeta.

— ¿En mi planeta? ¿Y dónde está mi cuerpo, bueno…..el auténtico?

—A millones de años luz de aquí. La tecnología extraterrestre permite hacer la transmigración mental a distancia.

— Y .....¿dónde se ha hecho el intercambio?

—En una nave interestelar, situada en una órbita geoestacionaria a más de 300 kilómetros de altura.




Sonreí de nuevo, mostrando mi escepticismo y le contesté de nuevo. 

—Mire, Le Bon. Ha sido muy divertido todo esto de las mentes y los extraterrestres, pero no me creo ni "mu". Si nos disculpa, nos retiramos Helga y yo ya, y le dejamos con sus movidas intergalácticas

—No se preocupe. Pronto aceptará lo que ha sucedido. 

—Sí, ya empiezo a notarlo. ¡Je je!  Por cierto,... ¿donde se supone que está la mente de Arcadio con mi cuerpo?

—En Sirio. Más concretamente en el cuarto planeta de ese sistema. Ustedes lo llaman Bah-Il.

—¿Bail?

—Bail no. ¡Bah-Il!

—Bueno, como se diga. De todas formas sigo sin creerme nada. Reconozco que siento una gran inquietud sobre lo que me ha sucedido, pero…….¡todo esto que me está contado es demasiado!

—Pronto empezaran a florecer en su mente recuerdos sobre su pasado, su vida anterior en Bah.Il y su misión en la tierra.  Añadió Le Bon.

— ¿Misión?

—Sí, su misión. Lo que no tenemos muy claro en la organización  es por qué lo dejaron sus compañeros  a Usted, ya dentro del cuerpo de Arcadio, en un lugar solitario, un huerto de naranjos, sin informarnos. No lo comprendemos. Deberían habernos mandado un mensaje avisándonos de su llegada, tras el cambio de mentes.

— ¿Qué organización?

—Yo la presido y Arcadio es uno de los miembros más importantes. Todo esto forma parte de un gran plan en el que Usted tiene una vital importancia. Es uno de los primeros seres que están llegando a la Tierra. Así el gran golpe cultural que se producirá será mitigado.

—Ya...el gran golpe. ¿Qué golpe?

—El que se produciría si se diese a conocer a la humanidad lo que está sucediendo aquí, ahora. Mire, yo fui el primer humano  que contactó con Ustedes. Como ya recordara próximamente, yo he estado en su planeta y he facilitado ya la partida de importantes personajes hacia allí, para que conozcan y comprendan su civilización. Pronto será pública la gran noticia. El mundo conocerá el gran acontecimiento.

— ¿El gran acontecimiento? —pregunté con más evidente incredulidad.

—Así es, la unión de las dos civilizaciones. Pronto llegaran oleadas de bah-ilianos

—Ya…. ¿De qué?

—De bah-ilianos. Los que son como Usted, los nacidos en Bah-Il. Por lo tanto, cientos de terrestres partirán  hacia allí. Como ha hecho  Arcadio. ¡Fácil! ¿no?

—Ya.…..Facilísimo.

 —Este tío esta como una cabra —pensé— ¿cómo voy a ser yo  un extraterrestre?

 —Mire señor Le Bon —continué— No me creo nada. No me convence el intercambio ese que me dice. ¡Yo no soy un marciano, leche! Déjese ya de tonterías,  Mire. Me voy a casa ya. 

-—Comprendo que le sea difícil de aceptar, pero no puede escapar de su misión.

—Oiga. Entonces....dígame…. ¿cuál es mi nombre auténtico?

— ¿Cómo? —respondió el doctor.

—Allí en Bah-Il ,¿cómo me llaman en bah-ilino?

El rostro de Le Bon mostró sorpresa, pero sonrió y contestó:

—Curil. Se llama Usted Curil.

— ¿Curil? ¡Qué cosa más fea! Sin duda, no tengo suerte yo con los nombres. 

Me levanté del sofá sin dejar de sonreír y continué:

—Ha sido muy interesante esta conversación. Si nos disculpa, nos retiramos ya. Espero que, como Usted dice, afloran en mi mente mis recuerdos, pero le aseguro que no espero lo más mínimo que tengan nada que ver con viajes interestelares y demás tonterías.

—Dele tiempo al tiempo. Ya vera.

—Sí, seguro.. 


Miré a Helga, que había estado silenciosa y muy interesada en toda aquella increíble conversación y le pregunté:

— ¿Nos vamos?

—Si no le importa, Arcadio —respondió Le Bon por ella —le ruego que Usted espere algunos minutos, descansando y meditando tranquilamente en el recibidor. Helga es paciente mía  también y, ya que ha venido acompañándolo, aprovecharé para hacerle un breve chequeo

— ¡Claro, claro! ¡Como no! —asentí cortesmente.

Salí del despacho y me senté en una incómoda silla en un pasillo. Tras pasar cinco minutos, me aburría desconsoladamente. Me levanté y salí al jardín. Di una vuelta por la piscina, siempre bajo la estricta mirada de los fornidos y muy bien vestidos hombres de Le Bon. 

   Pude apreciar, en las desmesuradas medidas de la finca del doctor, algunas construcciones pequeñas, que me parecieron algo parecido a unos invernaderos. A su izquierda  divisé un huerto de naranjos y junto a unos eucaliptos, se apreciaba una estructura mayor, que tenía la pinta de ser un hangar. Junto a éste había uno de esos gigantescos calcetines que se cuelgan de un mástil, para  comprobar el estado del viento. Imaginé que tendría un avión allí guardado, pero lo desestimé, pues  aunque había una zona asfaltada frente aquel edificio, era demasiado pequeña para ser una pista de aterrizaje para aeroplanos. 
Lenta y aburridamente, los minutos se sucedían y entonces comencé a pensar que  narices estaba haciendo yo allí. ¿No tenía otra cosa mejor que deambular  por la  finca de Le Bon? Los forzudos empleados de éste continuaban observando mis movimientos, sin intentar evitarme ninguno de ellos, pero sin alejarse demasiado de mi. 

Tras tres lerdos cuartos de hora, apareció por fin Helga. Su vestido  estaba  extrañamente arrugado y sus cabellos parecían haber sido peinados por un grupo de gallinas. En el cuello del le Bon era fácilmente identificables las huellas de los labios pintados de mi bella acompañante. 

Decepcionado, triste y muy irritado por lo que había deducido, sin decir ni una palabra, monté en el deportivo en  que habíamos llegado y decidí partí de allí sin esperar que  Helga montase en mi coche.

 La dejé  sorprendida, allí junto al elocuente y ahora asombrado Le Bon y sus sonrientes hombres.

— ¡Arcadio! ¡Espera! ¿A donde vas? —gritó ésta siguiéndome unos segundos con sus cortos pasos mientras yo me alejaba de allí con el Porsche.


 Enfadado por la relación  que mantenían Le Bon y Helga recién descubierta por mi, me desplacé velozmente por el camino que surcaba los bosques del Doctor, cruzando finalmente la aún abierta puerta del muro que rodeaba las posesiones.

Cuando llegué a mi casa, les dije a las chicas que preparasen las maletas de Helga, pues ésta dejaba de vivir con nosotros. 

Ya mandaría Le Bon a alguien a por ellas.

4 comentarios:

  1. ¡Hola Jose!
    Me ha encantado tu original parodia con este desarrollo tan ameno y fluido que logra mantener la intriga hasta el final. Por supuesto la fina ironía y tu imaginación han obrado un buen milagro.😃

    Un abrazo.

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    1. Gracias por tu comentario. La verdad es que siempre me ha gustado la Ciencia Ficción, en su vertiente más "hard", como la de Paul Anderson por ejemplo, pero he de conformarme con lo poco que yo pueda hacer.
      Un gran abrazo y de nuevo gracias.

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  2. Muy ingenioso el argumento. Una trama interesantísima, un tema apasionante como es la ciencia ficción y con un trabajado perfil que encuadra a la perfección las diferentes personalidades de los personajes. Como ya te he comentado en los anteriores capítulos, sigo leyendo enganchada.
    Un abrazo

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    1. Marisa, me encanta la ciencia ficción. Lástima que la destroce yo con mis cositas.
      Un saludo y muchas gracias

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