jueves, 10 de noviembre de 2016

Oriónidas 4

La idea de que alguien iba a venir a sacarme de aquel hospital, hizo que las horas restantes de aquel día se me hiciesen lentas y  espesas. Sentía tal expectación y estaba tan nervioso, que me comí las uñas de los dedos de las manos. Y no lo hice lo mismo con las de los pies, porque no llegaba.

Cuando ya exasperado  de tanto esperar, entrada la noche, llegó  al fin  para recogerme “mi familia”. Apareció de repente en la habitación un señor en plena edad de jubilación, vestido con un traje de negro y con una graciosa gorra, que parecía así como de chófer. Después lo hizo una señorita de muy buen ver, digna de ser  una modelo de los calendarios que hay en los talleres de reparación de coches.

— ¡Gracias a Dios, Don Arcadio! Por fin aparece —exclamó el anciano, el cual parecía  francamente contento por encontrarme. 

La mujer que lo acompañaba permaneció herática y silenciosa durante bastantes minutos y por fin, pasado un buen rato, decidió hablar, de una manera muy teatral, ordenando al anciano:

—Dale la ropa para que se vista, Julián
—Sí,  Señorita —contestó éste.

El hombre me entregó una bolsa de deporte en la que había un traje oscuro, una camisa de seda, una corbata de aspecto caro, ropa interior y unos zapatos negros muy limpios. Como parecía que no estaban dispuestos a hablar mucho, me introduje en el cuarto de baño de la habitación y comencé a vestirme. Los zapatos eran horribles y los pantalones era de un mal gusto increíble. Todo aquello me sentaba fatal, además de venirme muy grande. Al salir, la mujer me miró con un gesto de aprensión y mandó a Julián, con una autoritaria voz:

—Vámonos de aquí. No soporto la Seguridad Social.

En cuestión de minutos me vi metido en un enorme y carísimo coche negro, rumbo a lo que supuse sería mi residencia.

Durante el viaje a mi hogar, nadie dijo palabra alguna. La exuberante mujer se había sentado a mi lado en los asientos de atrás, sin dirigirme ni una mirada en todo el trayecto. Vestida con ropas que evidenciaban grandes desembolsos en los comercios de ese ramo, su atractivo cuerpo, no puedo negarlo, me atrajo terriblemente y mientras ella miraba como una  estática esfinge hacia el invisible paisaje nocturno a traves del cristal del parabrisas delantero, yo, en silencio, malvadamente, fantaseaba en lujuriosos pensamientos, o más explícitamente, en si estaría a mi alcance el tirarme a aquella hermosa mujer, esa misma noche, si era posible.

 Mi rostro debió reflejar mis bajos pensamientos, pues aprecié en el espejo retrovisor interior  del coche como el anciano conductor sonreía al verme babear, mientras ponía en autentico peligro la vida de los tres ocupantes del vehículo,  Aquel chófer octogenario no veía absolutamente nada en la oscuridad de la carretera, por muy potentes que fuesen los focos del automóvil que él conducía  y lo cierto es que lo hacía muy y arriesgadamente mal. Varias veces invadió el carril contrario, poniéndome los pelos de punta, aflorando  en mi mente   la idea de bajar de aquel terrorífico coche.

Una hora después, tras franquear la enorme puerta de forja de un alto muro, que abrió el  anciano chófer con un pequeño mando a distancia y circular un rato por un inmenso jardín,  llegamos finalmente a la inmensa y tétrica mansión que parecía ser mi vivienda habitual. Vi un guardia de seguridad, que nos saludo con la mano y poco después, un alegre perro se acercó a nosotros, cuando se detuvo el automóvil al los pies de los escalones que conducía a la desmesurada puerta principal de aquell amendrentante edificio. 







El chófer, tan rápido como le permitió su edad, descendió del vehículo y abrió una puerta por donde descendió ágilmente la atractiva mujer, a pesar de las poco cómodas ropas que vestía. Yo, más lentamente, desconcertado por el lugar a donde habíamos llegado, puse mis pies en la grava y acaricie al perro. La mujer comentó casi inaudiblemente, que a mí, antes de los extraños sucesos que anteriormente había protagonizado,  no me gustaban los perros.

Acompañados por el can hasta la misma puerta, entró primero la atractiva dama, seguida por mi y el chófer. El perro fue el último en hacerlo.

— ¿Qué hace ese bicho asqueroso aquí? —gritó histéricamente la hermosa mujer. 

En un principio creí que me lo decía a mí, pero al ver que le daba una pequeña patada al perro, mostrando la autentica finura de sus modales, me tranquilice. Julián sacó el animal de nuevo al exterior y cerró la puerta.

— ¿De quién es el perro? —pregunté cándidamente.
—Suyo, Don Arcadio —respondió el anciano.
—Pues que entre, ¿no? — proseguí con suma suavidad. 
— ¿Estás loco? —gritó de nuevo la histérica belleza. —¿No pretenderás que se meta dentro de la la casa esa asquerosa fuente de microbios ? 

Sin saber que decir ni hacer, me quedé callado.

 ¡Jamás! —sentenció finalmente la mujer.

Sin más palabras, comenzó a subir  ésta por una enorme escalera, dirigiéndose a lo que supuse sería su dormitorio. Eso llenó mi espíritu de buenas perspectivas.

—Si me disculpa, me retiro ya, Don Arcadio —sugirió amablemente el chófer.  El hospital donde a Usted  habían ingresado estaba muy lejos.
— ¡Claro hombre, como quiera! —asentí alegremente.

 Julian inclinó su cabeza levemente hacia adelante, a modo de  reverenciosa despedida y se perdió en los oscuros pasillos. De repente me vi solo en aquella enorme casona y tras perder un buen rato en encontrar un retrete donde aliviar mis presiones, comencé a buscar la cocina. Supuse que las dos personas que me habían traído del hospital, pensaban que yo conocía al dedillo aquella mansión, abandonándome en  así en la mayor ignorancia.

 Llegó entonces hasta mi un agradable olor. Guiado por mi pituitaria, encontré por fin la cocina. Hallé en ésta al chófer, con el pijama ya puesto y sentado en una mesa, comiéndose una magnifica tortilla de ajos tiernos, acompañada por unos chorizos fritos y un buen vaso de caro vino, rebajado con gaseosa. Mi estomago daba saltos de alegría al ver semejante espectáculo.

— ¿Algún problema, Don Arcadio? —preguntó  extrañado Julián al verme aparecer.
—La verdad es que  me estoy sintiéndome bastante famélico.
— ¿Perdón?
— ¡Vaya! —contesté —¡que tengo mucha hambre!  Como los médicos me dieron la alta tras la visita de los guardias civiles, en el hospital no me dieron ni la merienda ni la cena.
— ¡Oh! ¡No sabe cómo lo siento, Don Arcadio! Si me disculpa, ¿le apetece compartir la cena conmigo?
—Con mucho gusto, Julián. ¡Gracias!

Arrimé otra silla a la mesa donde estaba asentado el anciano y tomé un plato y unos cubiertos. 

Ya metido en plena faena, pregunté al peligroso conductor:

— ¿Siempre está esto tan solitario? Solo he visto al guardia de antes.....¡y al perro!
—No Señor, mañana vendrán la cocinera y las chicas del servicio,  que se encargan de mantener la casa y se preocupan de su bienestar y de la Señorita.

— ¡Mi bienestar! —pensé. Me gustó como sonaba eso.

— ¿Y Usted? ¿Por que no se ha jubilado aún, Julian?
—Qué gracia me hace verle, Don Arcadio, llamándome de Usted. Mire, como ya recordara, mi mujer ya murió. Aquí  yo estoy bien. Mi hijo vive muy lejos y si me marcho con él, seguro que me mete en un asilo. Si  Usted no tiene inconveniente, continuaré a su servicio.

Recordé entonces sus ya limitados reflejos y los numerosos sustos que me había dado en el trayecto desde el hospital,  cuando conducía el coche, así que contesté:
.
—Bueno, a condición de dos cosas.
—El señor dirá.
—La primera es que deje ya de conducir. La segunda, que deje ya de decirme “Don Arcadio”. Me pone nervioso. Tutéeme por favor. ¡Eso es anti natura!
—Como deseé el Señor,….bueno, Arcadio…
—Perfecto, y ahora —detuve mi discurso para ingerir un trozo de chorizo, prosiguiendo después con total falta de educación, hablando con la boca llena  — ¿cómo se llama la señorita de antes?

—Helga Gutenttante
—¡Vaya!, ¿es una guiri?,... ¡Pues parece rubia tintada!
—No Arcadio. Es española, aunque dice que es de origen alemán
— ¡Eh!.... ¿No cena ella?
—Nunca toma nada por la noche. Cuida mucho su figura.
—Y… ¿Qué hace en esta casa?
—Bueno….es difícil explicarle esto ahora, no sé cómo hacerlo…... Usted la trajo un día y se quedó aquí.
— ¡Vaya! Perdone la pregunta, pero… ¿es mi amante?
—Sí, Arcadio.
—Entonces, ya sabe…, ella y yo… ¿eso?
—Sí, sí si… ¡Eso!
— ¡Ah!

Me limpié los labios con una servilleta y continué:

—Si me disculpas, Julián, voy a acostarme. Estoy bastante cansado. Gracias por la cena. Hasta mañana.

—Adiós, buenas noches, Don Arcadio

Las palabras del anciano me habían abierto las puertas del cielo.

 Raudamente ascendí por la escalera. Sumido en la total obscuridad que reinaba en la planta superior y tras intentar encontrar algún interruptor de las lámparas, sin lograrlo, al fin  una fina línea de luz que apareció en las tinieblas, delató la puerta de la habitación  del objeto de mi ardiente deseo. Suavemente, golpeé con los nudillos en la puerta de ésta.

— ¿Qué? —gritó Helga ariscamente,

—Soy yo, Arcadio —contesté, resultándome extraño escucharme a mí mismo decir esas palabras y que había intentado pronunciar con mi más viril voz.
— ¿Qué quieres?

Esa respuesta hundió mis pretensiones. No parecía muy alegre al escucharme. ¿No decía Julián que teníamos relaciones íntimas?

—Quería hablar contigo un momento — respondí pertinaz en mi intento.

Durante unos segundos eternos escuché como sus pasos se acercaban a la puerta y se corría un pestillo. Apareció por fin su rostro tras la puerta entornada.

—Bien. Di lo que quieras rápido —ordenó Helga. ¡Tengo sueño!

Su anteriormente hermosa faz era ahora una horrible mascara de arcilla marrón.

—Solo quiero un poco de ayuda. Ya sabes cual es  mi desesperada situación.
— ¿Ayuda? —respondió ella extrañada.
—Sí, en estos momentos necesito donde apoyarme. La ternura de la compañera al enfermo. La solidaridad de la pareja en los tiempos adversos…
 — ¡Pero! ¿Qué pretendes, impostor? ¡Sucio extraterrestre! —respondió airada, haciendo desaparecer definitivamente todas mis intenciones copulativas y cerrando de golpe la puerta ante mis narices, corriendo el pestillo de inmediato, sumiéndome de nuevo en la oscuridad. 

— ¿Que me ha dicho? —Pensé. ¿Impostor? ¿Sucio extraterrestre? ¿Acaso no me reconocía en la oscuridad tras su repelente mascara antiarrugas?

— ¡Sí soy yo, Arcadio! —intenté de nuevo en vano.
— ¡No!  Tú eres Arcadio, pero tú no eres tú —respondió Helga tras la puerta.
— ¿Qué?
—Mañana iremos a ver al Doctor Le Bon.  Él te pondrá los puntos sobre las íes. ¡Buenas noches!

Escuché como sus pasos  se dirigían a la a cama y la  fina línea de luz que aparecía entre el suelo y la puerta desapareció. 

Mis deseos se hundieron en el mar de la ignorancia. ¿No es mi amante? ¿Qué es eso de que soy yo, pero no soy yo? ¿Quien es ese Le Bon? ¡Esta tipa parecía que estaba como una cabra! ¡Vaya ayuda tenia con esta señora!

—Quítate la mascarilla antes de dormir, o mancharas la almohada —sugerí mientras me alejaba por el oscuro pasillo, preocupándome  después en  no tropezar con algo y en buscar un lugar donde pasar la noche y dormir.

Sin la ayuda de Julián, me fue extremadamente difícil encontrar una habitación que me agradase.
Hallé varios dormitorios, pero  unos me parecieron demasiado tenebrosos, tirando a terroríficos y otros eran demasiado grandes y fríos. 

Al fin encontré una habitación un tanto juvenil, con las paredes llenas de posters de grupos heavys y  de alguna señorita ligera de ropa. Supuse que bien podría ser la habitación donde pasé la juventud. 

En ésta, un pequeño telescopio apuntaba a través de la ventana a alguna lejana estrella.

 Pensando en que haría yo al día siguiente, intentando centrandome un poco y en la extraña actitud de Helga, mis ojos se cerraron poco a poco y así  pasé la primera noche en mí para mi, nuevo hogar.

4 comentarios:

  1. Fantástico giro, me has pillado! Buen Cliffhanger. Saludos!

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    1. Gracias, David. Veremos como acaba este Arcadio......

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  2. Ummm, el médico ya me imagino que puede ser un psiquiatra, ¿no? Conociendo ya un poco más a la Gutenttante...
    Es realmente curioso la vuelta de tuerca respecto de la personalidad de Arcadio. Me gusta su perfil nuevo, se puede deducir que ha cambiado mucho, con lo cual la expectación va increscendo. Fenomenal este capítulo también.
    Un abrazo

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    1. Gracias Marisa por leer esto también. El nombrecito de Guten ttante, (tante guten) no se si lo habrás traducido del alemán.
      Casi mejor que no.
      Un saludo

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