El antro del peor escritor del mundo

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Oriónidas 3

   Al tercer día de mi llegada al hospital, Ana madre, muy preocupada por mí salud, tanto física como mental, volvió a visitarme mientras su hija estaba en el colegió. Mientras manteníamos una muy agradable conversación, un joven médico nos informó que unos miembros de las Guardia Civil estaba en el recibidor del hospital y que en breve subirían   a la habitación. Sin duda poseían  información relevante sobre mí identidad. Ana, nerviosa, se dispuso a dejarme  con ellos, pero  le rogué que permaneciese conmigo, pues  yo no quería  estar solo, en esos momentos tan trascendentales, en que iba a a conocer mi pasado y posiblemente mi futuro.

   Expectantes,  Ana y yo esperamos  la llegada de la pareja de agentes. Yo me senté  en la cama, cubriéndome formalmente con la sabana. Quería dar una imagen de formalidad.

   De repente apareció un bigotudo brigada, con unas grandísimas gafas de sol, acompañado por un fornido y joven colega suyo.




      —Buenos días. ¿Cómo esta, Don Arcadio?— exclamó el suboficial al entrar alegremente en la habitación, mientras hacía un marcial y ufano saludo, como si estuviese satisfecho de un trabajo bien hecho.

     — ¿Perdón? — pude responder tras mi asombro. El nombre  con el que el  Guardia me había saludado me sonaba  fatal.

     — ¿No me diga que no me reconoce, hombre? ¡Si soy yo, el Brigada Ramírez!

  — ¡Pues si le digo la verdad, ni idea! contesté sorprendido. Han pasado por esta habitación varios colegas suyos, pero  a Usted, creo que es la primera vez que le veo.

   — ¡Vamos! —prosiguió el bigotudo brigada.  ¡Con la de veces que  Usted ha pasada por el cuartelillo!

   — ¿Quién? ¿Yo? ¡Cielos! ¿Detenido?

   — ¡Que cosas  tiene, Don Arcadio! ¡Ja ja, detenido! ¡Que cosas!

   —Pues ya me dirá…

   — ¡Hombre!  Usted ha venido numerosas veces al cuartel por motivos diversos. La revisión de sus armas, por ejemplo. Debe estar realmente mal, si no puede ahora recordarme. Además, se le ve pálido, blancucho y mucho más delgado.

  —Si sigue Usted así, señor brigada, me va a asustar —contesté angustiado .

 Ana y el agente que acompañaba al brigada seguían nuestra conversación, boquiabiertos, muy asombrados.

  —No, ¡je,je! ¡Tranquilo! Si es verdad que Usted no recuerda nada, como me han informado mis colegas, le pondré  ahora mismo en antecedentes —continuó Ramirez.

  —Estaría muy agradecido si me sacase de estas  tinieblas  casi supliqué.

  — ¡Con mucho gusto, Don Arcadio! En cuanto ha sido conocida su identidad por la Brigada Científica, nos llamaron al cuartel desde Comandancia, sabedores éstos de las buenas relaciones que siempre ha tenido Usted con el cuerpo.

  — ¿Ah, sí? ¿Yo?—exclamé sorprendido.

  —Y nos pidieron que fuésemos nosotros mismos los que le informásemos y comprobásemos su identidad.

  — ¿Y? —pregunte ya con expresión de angustia.

  —Yo puedo corroborar sin problemas que Usted es  Don Arcadio Fustabella i Redolins.

 No reconocí ese nombre. Eso sí, me pareció horrible, feísimo y me desagradaba mucho como sonaba.

  —Esté tranquilo prosiguió el Brigada Ramírez —porque es Usted el dueño de una fábrica de zapatos, un muy rentable almacén de naranjas y otras frutas, un par de restaurantes de gran prestigio...... ¡y no sé cuántas cosas más! ¡Vamos hombre!, es rico. ¡Bastante rico!¡Muy rico, por cierto! y  en breve vendrán  de su casa a recogerle. ¡Ya quisiera yo ser usted!

  — ¡Rico!— exclamé ¿con ese triste nombre? ¿Me está tomando el pelo, verdad, señor Brigada?

  — ¡Déjese de chorradas, Don Arcadio! En vez de ponerse alegre, ¡va y se queja de su nombre! Sin ninguna duda, es Usted. Le conozco bastante como para poder asegurarlo.

  —Bueno, pues si es cierto, ¡gracias por darme tan grata noticia!  —agradecí ante Ana y el joven Guardia compañero del brigada, sorprendidos espectadores de aquella extraña conversación

  —Esta mañana  —añadió Ramirez  —hemos informado al personal de su residencia y como ya le he indicado, sin duda vendrán ya de camino.

   — ¡Oh!, gracias de nuevo, señor Guardia.

 —Ya sabe, Don Arcadio, ¡siempre a su servicio! —dijo el brigada, despidiéndose con un extraño saludo, entre lo militar y lo civil, —le dejamos ya. Hoy tenemos, como siempre, mucho trabajo.  Nada, ¡a mejorar Don Arcadio!

   Los guardias salieron de la habitación tan alegres como llegaron.

  Ana se encontró un tanto incomoda, al conocer mi nuevo grado social. Había pasado de indigente desmemoriado a millonario en cuestión de minutos.

 —Don Arcadio —dijo Ana— si van a venir a por Usted, mejor me voy...

 — ¿Don Arcadio? ¿Usted? ¡Pero qué dices Ana! ¡Espera!, debo agradecerte todo lo que has hecho por mí.

 —Déjelo, don Arcadio....

 —No me llames así, ¡tutéame, mujer! Espera por lo menos a ver cómo sigue la cosa...

 —No, no, mejor me voy. No quiero molestar.

 — ¿Molestar?, por favor, ¡aguarda conmigo!

 —No mira,...tengo cosas que hacer.....

 —Dame tu dirección por lo menos.

 —No, mejor no.

 — ¡Por favor!

Ana  aceptó finalmente y anotó nerviosamente un número de teléfono en un papelucho y tras entregármelo, salió de la habitación apresuradamente, sin  si quiera darme tiempo a reaccionar.

 Esa mujer y su hija eran las únicas personas que se habían preocupado desinteresadamente por mí  en aquellos primeros días y no pude despedirme de ellas como merecían.

2 comentarios:

  1. ¡Qué fuerte, Jose! ¡Menuda historia se avecina, esto promete! Tengo que confesarte que hay un cierto tono hilarante en el capítulo que me ha hecho soltar una enorme carcajada, dentro de la situación controvertida en la que se encuentra el prota. Cuando he leído su nombre ha sido realmente divertido. Eres muy original y ameno escribiendo. Sigo, sigo leyendo y lo voy a hacer esta noche pues me había perdido los capítulos posteriores al segundo hace ya semanas.
    Te felicito, me gusta.
    Un abrazo

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    1. Gracias Marisa......¡hay, mi pobre Arcadio!

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