El antro del peor escritor del mundo

martes, 8 de noviembre de 2016

Oriónidas 2

Cuando ya me encontraba en una cómoda cama en un hospital, confiando  en poder recuperarme tranquilamente, empezó en realidad un autentico  calvario. Un incesante torrente de preguntas, por parte de los médicos y de agentes  de la Guardia Civil, me atosigó de una forma infernal. ¿Quién era yo? ¿Cuál era mi domicilio? ¿Cómo había llegado al huerto donde fui descubierto por el perro, la niña y su madre?





No pude contestar ni un solo interrogante. No recordaba nada. No sabía ni mi nombre ni mi procedencia. Ignoraba como había acabado en aquel naranjal.

 Los Civiles, algo totalmente razonable,  sospecharon de mí de inmediato y comenzaron a indagar mi identidad. En mis brazos había señales de heridas, provocadas por agujas hipodérmicas y eso hizo que los agentes pensasen muy mal de mí. Uno de los médicos, quizás intentando quitar hierro al asunto, dijo que posiblemente eran causados por goteros, lo cual hizo más misteriosa mi situación.

Mientras seguía inmerso en mi ignorancia supina, al día siguiente vinieron a visitarme quienes me habían encontrado entre los naranjos: la niña gritona y su madre. Ésta última parecía muy apurada por la situación. Se sentía culpable por no haber sabido apreciar mi autentico y lamentable estado en el huerto.

—Lamento mucho lo que pasó —–dijo ésta compungida, intentando disculparse. —–Pensaba  que Usted era un vagabundo, un borracho, y que pretendía hacerle daño a mi hija..

Era ella una mujer muy agradable, de una edad, que yo calculé, semejante a la mía, y no puedo evitar decir mucho más atractiva que el perro de su hija.

—No se preocupe —respondí. —Supongo que yo no debía tener una pinta muy tranquilizadora.

—Bueno, ¿cómo se encuentra? ¿Cuándo volverá a su casa? —inquirió la agradable madre.
— ¡Rayos! —pensé en mis adentros. — ¡Más preguntas!


Respondí como pude:


—Bien. A lo primero le puedo decir que me encuentro mucho mejor. Puedo caminar con normalidad y todo eso.

—Me alegro de ello —–Contestó la madre.

—Con respecto a la segunda pregunta, no puedo responder aún. Espero que la Guardia Civil  no tarde mucho en averiguar mi identidad .  Por otro lado, los médicos dicen que la memoria  la iré recuperándola poco a poco, probablemente.

—Sí, algo me han dicho. ¿Realmente no recuerda nada?

—Nada— contesté— no sé ni quien soy, ni como me llamo. Ni mucho menos, que hacia yo en aquel huerto.



Ana y Ana, así se llamaban madre e hija, pasearon conmigo por los pasillos de aquel hospital durante el resto de la tarde, muy despacito, pues yo no daba para más. Algo que les agradecí enormemente, pues al encontrarme solo allí, con mi extraña situación mental, me sentía realmente deprimido. Al término del horario de visita, se despidieron muy cordialmente y me prometieron que volverían a visitarme. Eso me agradó, pues era muy triste tener únicamente como visita a la Guardia Civil.

6 comentarios:

  1. Se mantiene todos los aciertos anteriores, eso de estar esperando a que la guardia civil averigüe mi identidad es muy bueno. ¡A ver a dónde nos lleva la historia! Sin duda, engancha

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    1. Intentaremos liar esto un poco más, sin hacerlo incomprensible. Un saludo.

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  2. Relato intrigante que mantiene la expectación desde el primer capítulo. Siento mucha curiosidad, además está muy bien narrado. Muy bueno, disfrutándolo.
    Un abrazo, Jose.

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    1. Gracias, Marisa. La idea es vieja y ya la había metido por ahí, pero creo que aún la podemos explotar un poco.
      Un abrazo.

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  3. Seguiremos con la intriga, espero poder leer, mañana otros dos capítulos, ahora tengo que atender a mas lecturas que tengo apartados en mi ordenador. Me gusta lo que estoy leyendo. Un abrazo

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    1. Esperemos que no pierda el interés. Muchas gracias por leer estas cosillas.
      Un saludo, Maria.

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