El antro del peor escritor del mundo

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Oriónidas 15

Le Bon se levantó y yo, satisfecho, lo imité. Recordé en ese momento que en la nave había tres plazas en la cabina, así que le dije:

— ¡Sí! ¡Vamos al hangar! Pero que nos acompañe Estefanía.

— ¡Sí, sí! —dijo entusiasmada ésta. 

—No creo que sea buena idea —añadió Le Bon.

— ¡Oh, por favor! —suplicó ella, con una extraña voz que parecía alegre e infantil.

 Pensé que sin duda había ingerido esos hongos, presentes en todos los platos de aquella cena. Serio y tajante, contesté a Le Bon:

— ¡Ella debe acompañarnos!

Mi determinación se reflejó en el ahora preocupado rostro de Le Bon.

— ¡Ella no está preparada! —objetó éste.

— ¡Insisto, Señor! 

Le Bon frunció los labios y aceptó al fin.

— ¡Está bien! ¡Si usted tanto lo desea…!

Estefanía, sonriente y satisfecha, se levantó de la mesa y  ambos, acompañados por los omnipresentes hombres de Le Bon, seguimos a su jefe. 

Salimos así por una de las puertas secundarias de la mansión a la parte trasera de ésta, cruzando totalmente a oscuras los jardines que la adornaban, dirigiéndonos hacia el misterioso hangar. Le Bon dejó su habitual sonrisa, mostrando en su rostro la misma seriedad y dureza que sus hombres solían expresar, diciéndome con frialdad:

— ¡No crea que no se que Usted saltó la otra noche el muro que rodea mi propiedad! Lo estuvimos observando todo el rato. Le permitimos contemplar la nave a solas, para que de una vez, se convenciese de que todo lo que le digo es cierto.

Yo, como queriendo disimular, haciendo caso omiso a sus palabras, alcé la vista al cielo, contemplando la hermosísima bóveda celeste que éste nos ofrecía aquella noche.Las estrellas brillaban como nunca, diáfanas y rutilantes.

Orión, mi constelación preferida, comenzaba a alzarse por el Este en ese momento. 

Entonces, olvidando unos instantes lo que estaba haciendo en casa de Le Bon, recordé varios de los correos electrónicos que había leído aquella mañana. Eran de conocidos míos, aficionados también como yo a la astronomía, recordándome que en esa misma noche, la naturaleza nos deparaba algo realmente espectacular. Un acontecimiento reflejado en todas las efemérides astronómicas, que en esta ocasión, era mucho más grandiosa aún que en los otros años.


—  ¡Lástima! —  me dije en voz baja. — ¡No voy a poder verlo!


— ¿Qué? — preguntó Le Bon al escucharme.

— ¡Nada! Cosas mías.



Al acercarnos finalmente al hangar, me percaté de nuevo del olor de los hongos que surgía de los invernaderos que habían junto a éste. En mi mente crecían las sospechas de las cualidades de ese vegetal, al recordar la extraña jovialidad que yo padecía la noche que vi la nave por primera vez  y volé en ella. La conducta y aspecto de Estefanía, que había comido sin rechistar todos los platos de la cena,  hacía aumentar mis presentimientos.

Entramos por la puerta secundaria del hangar, accediendo a la dependencia donde estaban los trajes de vuelo.  Le Bon, Estefanía y yo  mismo comenzamos a ponérnoslos. Mi  todavía esposa se sentía feliz y contenta, con una extraña sonrisa en su hermoso rostro, que contrastaba con la gravedad de los rostros de las demás personas que estábamos allí, yo incluido.

Cuando estábamos al fin los tres preparados, tomamos los extraños cascos y de nuevo siguiendo a Le Bon, entramos en la enorme sala principal del hangar. 





En la oscuridad se apreciaba la silueta de la nave. Uno de los hombres de Le Bon accionó los interruptores que encendían los focos  principales. Estefanía lanzó una potente exclamación de admiración, al contemplar el platillo volante. 

— ¡Oh! ¡Qué bonito!

Yo, más espabilado y observador que la primera vez que entré en aquel edificio, vi que no estaba de nuevo el helicóptero y me sorprendió la gran cantidad de cables eléctricos y conductos hidráulicos que procedentes de maquinaria no muy alejada a nosotros, se introducían en la panza de la brillante y circular nave espacial.

— ¿Y el helicóptero? —pregunté intrigado.

— ¿Qué helicóptero? —respondió Le Bon serio.

—La otra noche, cuando entré solo en el hangar, había uno aquí.


Le Bon respondió, volviendo a lucir su sana y  siempre convincente sonrisa:

— ¡Aquí nunca ha habido un helicóptero!

El médico alzó entonces su brazo derecho y en el platillo volante, con un ruido similar al de un motor eléctrico, comenzó a evidenciarse la rampa de acceso, descendiendo ésta, lenta pero firmemente, hasta tocar el suelo.

— ¡Pónganse los cascos de vuelo! —ordenó Le Bon autoritariamente.

Estefanía y yo obedecimos, mientras él se ponía el suyo y comenzaba a ascender por la rampa. Nosotros dos le seguimos y al entrar en la nave, escuchamos de nuevo la extraña voz  de ésta. Me volvió a sorprender  ver como el médico le contestaba, en esa lengua incomprensible para mi  futura ex mujer y yo. 

— ¡Tomen asiento en la consola de controles y colóquense firmemente los atalajes de seguridad! —volvió a ordenar serio Le Bon.  —¡Las maniobras pueden ser bruscas! —aconsejó finalmente.


Yo obedecí con rapidez, a la vez que el médico hacia lo mismo. A Estefanía, que no dejaba de reír extrañamente bajo su casco, un tanto patosa y torpe, no conseguía abrochar sus cintos de seguridad. Tuve que ayudarle a hacerlo finalmente.

La nave comenzó  entonces a vibrar,  mientras  el cilindro central se iluminaba tenuamente. Segundos después  se encendió la pantalla principal, surgiendo  en ésta los mismos extraños caracteres de la otra vez. 


— ¡Oh! ¡Qué bonito! —exclamó  de nuevo ingenua e infantilmente Estefanía. 

Las vibraciones aumentaron, así como la luz del cilindro. Desaparecieron de la pantalla los símbolos  y en ésta surgió la imagen del exterior, tan clara y nítida, que daba la sensación de que era en realidad una ventana. A través de ella pude observar cómo se abrían las puertas principales del hangar y sentí como aumentaba ostensiblemente de nuevo la vibración de la nave. Surgieron flotando sobre nuestras rodillas las mismas extrañas figuras de la otra vez, tocando el médico una de ellas. El aparato se elevó unos metros del suelo y bajo el control de Le Bon, comenzó a salir del edificio, flotando unos metros sobre el hormigón del hangar.


Yo estaba realmente sorprendido de nuevo. ¡La nave estaba comenzando a volar!

 Los arboles de uno de los bosquecillos de Le Bon aparecieron en la pantalla y nos dirigíamos hacia éstos, acelerando con rapidez. Cuando parecía que íbamos a chocar, la nave dio un brusco frenazo que hizo que nuestras barbillas golpeasen nuestros pechos. Luego, con suavidad,  se elevó, colocándose estacionaria sobre las copas de aquellos altos árboles.Giró de nuevo sobre sí misma, apareciendo entonces en la pantalla la mansión de Le Bon. Cerca de ésta se divisaban los numerosos vehículos aparcados. Infantilmente, intenté identificar mi deportivo, pero no lo conseguí.

Entonces escuché la  alegre voz de Estefanía:

— ¿Puedo conducirla yo, Le Bon? ¡Parece tan fácil!

— ¡No creo que  Usted esté preparada para ello, Señora! —contestó el médico.

—¡Venga! ¡Porfa! —continuó ella.

De repente, Estefanía estiró los brazos para tocar los extraños objetos que flotaban frente a nosotros, situados entre nuestros pechos y la clarísima y amplia pantalla de la nave.

— ¡Huy! —Dijo ella al intentar manipular los controles — ¡No los puedo tocar!

Sus manos, ante mis sorpresa,  había atravesado los supuestos controles de la nave.

Le Bon no dijo nada, como si superado por los hechos, no supiese que hacer.

Entonces yo imité a Estefanía, intentando tocar también los controles. 

— ¡No! —gritó Le Bon! — ¡Los sensores no aceptan tantas estimulaciones! ¡Pueden saturar el ordenador central y producir una avería!

Eso no evitó que mis manos atravesasen los controles, como si fuesen de humo. Estefanía reía como una niña.

— ¡No hay nada! —decía jovialmente ésta.

    La nave comenzó a vibrar brusca y fuertemente, como cuando una máquina se engancha.  La luz del cilindro central de la nave dejó de oscilar, quedando fija, mientras Estefanía y yo seguíamos intentando tocar aquellos objetos flotantes, que a la vez, habían dejado de cambiar de color, quedando en un feo naranja tirando a amarillo. 

De repente esos objetos desaparecieron y en la pantalla de la nave,  la imagen de la mansión fue sustituida por unas letras blancas sobre un fondo azul. No estaba escrito en ningún lenguaje extraterrestre, pues yo lo entendí perfectamente:

       Se ha encontrado un problema y el sistema se ha detenido para evitar daños al equipo.
       Si esta es la primera vez que ve esta pantalla de error de detección, reinicie su equipo. Si esta                    pantalla aparece otra vez, siga los siguientes pasos:

Sorprendido, continué leyendo. Aquello me era muy familiar. Era como los típicos pantallazos azules que suelen aparecer en los ordenadores personales cuando se bloquean o averían.


        *** STOP: 0x0000008E (0x0000005, 0x8052BA34, 0xA89EAFEA, 0x00000000)
        Empezando el volcado de memoria física
        Descarga de memoria física completa.
        Póngase en contacto con su administrador de sistema o grupo de soporte técnico

Sin duda alguna, esa nave estaba controlada por un aparato construido en la tierra. Le Bon tenía razón en lo que había dicho, los sensores que detectaban a los pilotos no habían soportado la información que les ofrecían  nuestras seis manos.

 ¿Qué iba a suceder ahora? ¿Nos íbamos a estrellar?

 Eso no parecía importarle mucho a Estefanía, que seguía con sus enloquecidas carcajadas, mientras le Bon movía nerviosamente su cabeza, sin saber cómo reaccionar.

— ¿Qué demonios está pasando? —pregunté en voz alta al sorprendido y atosigado médico. 

Instintivamente me quité los atalajes de mi asiento y a pesar de las potentes vibraciones de la nave, conseguí ponerme en pie.

Le Bon intentó detenerme, pero conseguí zafarme de éste y me acerqué a la puerta de la nave. 

Toqué los controles de esta, pero no sucedía nada. Sin duda, el ordenador había bloqueado eso también. 

 Entonces vi algo que me fue también muy familiar, colocado de forma extraña, para no ser localizado a primera vista, oculto junto a la puerta. Era parecido a los interruptores de seguridad  que yo había visto en las máquinas de mi fábrica de calzado.

 Di un extraño salto y lo presioné.De golpe se detuvieron las vibraciones y se apagaron las luces de la nave, quedando ésta entonces a oscuras y muy inclinada, como cuando un barco encalla.

 Para alegría para mí, la rampa de la nave se abrió bruscamente, produciéndose un sonoro golpe al finalizar su recorrido de apertura. Sin pensarlo dos veces, me lancé por ésta, descendiendo apresuradamente.

El platillo volante  estaba fijo sobre sus cuatros enormes patas, dentro todavía del hangar, que seguía con las puertas principales cerradas.

¡La supuesta nave espacial nunca se había movido de aquel edificio!

1 comentario:

  1. Ajá, lo que yo sospeché la primera vez que volaron. Que en realidad no lo hicieron y fue una simulación. Veremos qué ocurre ahora...Interesante se pone el relato. Fantástico.
    Un abrazo, Jose.

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