lunes, 28 de noviembre de 2016

Oriónidas 14

Aquel sábado, veintiuno de octubre, a la hora indicada,  fui a recoger a Estefanía en su propia casa. Ella apareció muy elegantemente vestida y me confió que esperaba que todas mis dudas quedasen disipadas en esa misma noche.

Yo también lo deseaba, desesperadamente.

Más tarde, de nuevo llegó mi deportivo a la verja mecanizada que daba acceso a las enormes posesiones de Le Bon, con nosotros dos dentro. Ésta se abrió con rapidez y bajo un precioso cielo estrellado, llegamos a la mansión. Numerosos y caros automóviles aparcados allí nos informaba que iba a ser  también una noche especial. Una reunión importante  de los miembros  de la Organización, el grupo de importantes políticos y empresarios, liderado por Le Bon.

Tras aparcar, nos acercamos a las escalinatas de la puerta principal, donde el médico psiquiatra nos esperaba, acompañado por dos de sus fornidos hombres.

— ¡Arcadio! Espero que no se encuentre resentido por lo sucedido —dijo éste. —Mi intención era solo ayudarle.

— ¿Ayudarme? —Contesté con hipócrita sonrisa. —Si no es por mi hermosa esposa —continué, dándole un beso en la mano a Estefanía, de la forma más teatral, causándole a ésta una preciosa sonrisa  —quizás ahora me encontraría con una camisa de fuerza encerrado en los sótanos de su casa.

— ¡Vamos, Arcadio! ¡No se dejé llevar por falsas sospechas! Olvide todo eso y disfrute de esta magnifica velada.

— ¿Me dejará volver a subir a su nave espacial? —pregunté con voz cuasi infantil.

— ¡Quizás!

Le Bon dio media vuelta y el grupo que formamos sus hombres, Estefanía y yo, le seguimos al amplio comedor. Al entrar en éste, los comensales  de aquella cena, al vernos entrar, se pusieron en pie y comenzaron a aplaudir, mirándonos sonrientes.




—¡Le aplauden a Usted, Arcadio! —me aseguró Le Bon. 

Un tanto aturdido, seguí sus instrucciones y me senté a su lado, en la mesa principal, como en la otra vez que acudí a cenar a su mansión. Prestos, los camareros comenzaron a servir los alimentos. De inmediato, uno de ellos colocó un plato ante mí.

— ¡Rayos! —pensé. — ¡De nuevo una crema de ese asqueroso hongo! El mismo que cultivan en los invernaderos situados junto al hangar.

De alguna manera, llegué a la conclusión de que yo no debía probar ese plato. Tímidamente, tomé un pedazo de pan y comencé a comerlo.

— ¿No tiene hambre, Arcadio? —dijo Le Bon al ver que no probaba el primer plato.

—¡No, lo siento! No me encuentro muy bien y no tengo casi apetito. ¡Tranquilo! Ahora empezaré a comer —contesté, tomando mi copa de agua, bebiendo un leve sorbo.

Todos los invitados comían y bebían sin dejar de reír y charlar. 

Entonces me di cuenta. A Le Bon no le habían servido ningún plato. Por lo visto, éste no pensaba comer nada.

De repente, éste se levantó de la mesa y como en la otra noche que fui a su casa a cenar y ver su nave, comenzó a pasear entre las mesas donde estaban sentados los invitados, deteniéndose en todas y cada una de éstas, charlando animadamente con los comensales, que no dejaban de devorar la crema de hongos, generosamente regada convino para todos.

Entonces cogí mi plato y volqué el contenido de éste en el interior de un centro de mesa, adornado profusamente con bonitas flores, sin que ninguno de los hombres de Le Bon se percatase.

— ¿Qué haces? —preguntó Estefanía, que fue la única persona que me vio hacerlo.

—No se, pero no pienso probar esa  sospechosa crema.

Ella consumió totalmente su ración, como todos los demás comensales.

Al rato regresó Le Bon junto a nosotros. Vi que éste miraba con interés mi plato casi vacío.


Un camarero retiró entonces éste, a la vez que los demás  hacían lo mismo a los otros invitados,  continuando despues sirviendo el siguiente componente del menú. Éste consistía en una sabrosa carne, acompañada generosamente por trozos de ese mismo sospechoso hongo. Sonreí amablemente de nuevo a Le Bon y comencé a comer esa carne, teniendo muchísimo cuidado de no hacerlo en la parte “contaminada” por aquel vegetal heterótrofo. No ingerí  tampoco ni una gota de alcohol.

Un tanto preocupado, el médico contestó mi sonrisa, con otra menos intensa. Al fin, retiraron ese plato, trayendo el postre, por suerte, sin hongos.

Entonces Le Bon se puso en pie, declamando solemnemente:

— ¡Damas y caballeros! Nuestro admirado invitado, de nuevo esta dispuesto a responder a todas las preguntas que ustedes quieran hacerle. ¿No es así, Acadio?

Yo, con una sonrisa digna del más borrachín de la comarca, tomé mi copa agua, di un nuevo trago en ésta y me puse en pie.

— ¡Claro! —contesté sin dejar de sonreír.

 —Gracias, Arcadio —dijo Le Bon, dirigiéndose después al grupo de comensales. — ¿Alguna pregunta? 

Un bigotudo señor, con la cara muy colorada, seguramente por causa del alcohol bebido, se puso en pie y clamó un tanto irritado.

— ¡Bien! ¿Nos va a describir, por fin, como son Ustedes, los habitantes de Sirio? ¿Cómo es su sociedad, su forma de vida y su tecnología?

— ¡Claro! —contesté de nuevo, sin perder la sonrisa. Bebí de nuevo de mi copa y continué. —Pero es absolutamente necesario que  primero  Le Bon me lleve de nuevo a ver  la nave espacial.

Un intenso rumor se alzó en la sala.

— ¡Está bien! —contestó serio Le Bon. —Vayamos al hangar. ¡Sígame, Arcadio!




4 comentarios:

  1. Muy buena estrategia. Veremos qué le depara a nuestro amigo Arcadio el vuelo en la nave ahora que no ha probado ni un bocado de los putrefactados hongos, jejeje. ¡Este es mi Arcadio!
    Un abrazo

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  2. Veremos como se comporta el Arcadin, ahora que va un poco más espabilado.
    Te estoy muy agradecido por leer esta historia tan rarita.......¡y descerebrada!
    Muchas gracias y un gran abrazo.

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  3. Cada vez que leo sobre un Arcadio no puedo evitar pensar por lo bajito 'Buendía' XD Creo que yo tampoco habría probado esa crema, Estefanía tiene que comprenderlo jaja

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  4. No me había dado cuenta lo de la similitud del nombre. La verdad es que me está dando problemas, porque el hijo de una amiga mía se llama Arcadi.
    Y no, yo tampoco tomaría esos hongos, ¡puaj!

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