El antro del peor escritor del mundo

martes, 22 de noviembre de 2016

Oriónidas 12

Tras pasar con el coche por delante de la dirección indicada, busqué un lugar donde esconder el vehículo. Un deportivo con esa pinta no era precisamente algo  muy discreto. Finalmente, en las afueras del pueblo, me introduje con él en un huerto abandonado, también esta vez de naranjos, y lo dejé allí cubierto de maleza. Luego llegué hasta  la casa donde anteriormente pretendía llegar y pulsé en el timbre situado junto a la puerta de ésta. Pocos segundos después se abrió, apareciendo tras ella Ana, la mujer que me encontró, con su hija y su perrito, en aquel naranjal:

— ¡Arcadio! ¡Qué sorpresa! —exclamó al verme.

—¡Hola, Ana! ¿Puedo pasar?

—¡Claro! Íbamos a comer ahora. ¿Quieres acompañarnos?

Entré en el interior de su vivienda, respondiendo:

— ¡Tengo problemas! No quiero asustarme, pero me buscan y he pensado  en si podría esconderme aquí unas horas...

Ana me miró fijamente a los ojos y contestó:

—No te preocupes. Puedes quedarte todo el tiempo que quieras.

—Gracias por ayudarme —le dije agradecido.

—Tranquilo. Sé que eres una buena persona y  si necesitas auxilio, yo  te lo daré.

No supe que decirle. Ella tampoco, así que la seguí al interior de la vivienda y tras  jugar un poco con su hija y saludar a su perrito,  ayudé a Ana a servir la comida. Ella fue muy agradable, procurando evitar que mi "problema" surgiese durante la charla que mantuvimos los tres. Cuando aquella mujer regresó de llevar a la niña al colegió, le conté todo lo que me había sucedido. Yo pensaba al principio que no iba a creerse mi extraña situación, pero confió plenamente en mí  y  aceptó todo lo que yo le decía.

Pasé el resto de la jornada escondido allí y por la noche le ayudé a Ana a preparar la cena. Tras tomarla, cuando ya se acostó su hija, me hizo algunas preguntas sobre lo que me había ocurrido, más por curiosidad que por incredulidad. Finalmente me indicó donde podía dormir, una pequeña y limpia habitación, y me acosté.

No pude dormir muy bien en todo la noche. Mis problemas de identidad, añadidos ahora por el hecho de ser buscado por los hombres de Le Bon y Mari Fe y sus guardias, no hacían más que aumentar mi insomnio.
Por la mañana, cuando llevaba finalmente un rato dormido, la voz de la niña volvió a despertarme con aquella misma canción del sapo y su sombrero. Me puse la ropa y desayuné con ellas. Cuando Ana se fue con su hija en dirección al colegio, dejé sobre una mesa todo el dinero que yo llevaba encima.  Me sentía obligado a pagar de alguna manera su hospitalidad.

 Abandoné la casa sin esperar el regreso de su dueña y me dirigí  andando al centro del pueblo, un lugar donde mucha gente trabajaba para mi en algunos de mis negocios,  y procuré no ser reconocido. Al llegar a una oficina de banco, situada en la plaza mayor,  me coloqué frente al cajero automático, colocado junto a la puerta de entrada, e introduje en él una de mis tarjetas. Frustrado, vi como un mensaje aparecía en la pantalla, indicándome que aquella tarjeta estaba desactivada.

Probé otras, pues tenía muchas, con igual resultado.  Si quería irme de allí debía conseguir dinero, así que me arriesgué entonces  a entrar en la oficina y me acerqué a una de las ventanillas.

En ésta, la chica que me atendió, muy pintada y arreglada, se sorprendió al verme y con semblante asustado, me preguntó:

— ¡Hola Don Arcadio! ¿Desea algo?

—Sí —contesté con falsa tranquilidad —Necesito sacar efectivo de mi cuenta, unos tres mil Euros, por favor.

Dubitativa, la chica respondió, mientras dirigía nerviosas miradas a sus compañeros.

—Esperé un momento, Don Arcadio.

— ¿No es necesario que le enseñe mi documentación ni nada de eso, verdad, Señorita?

— ¡No, claro que no! Todos en la oficina lo conocemos de sobra.

Me pareció cierta actividad en sus compañeros y la lentitud de la chica al realizar la operación que yo le había pedido me hacía sospechar.

— Lo siento, Don Arcadio; pero me ha surgido un problema. Creo que va a tener que esperar unos minutos —añadió la muchacha.

— ¿En serio? Tengo un poco de prisa.......

Entonces escuché la sirena de un vehículo policial. Sin duda, alguno de los empleados de aquella oficina había llamado a la Guardia Civil. Salí corriendo de la oficina y mientras cruzaba la puerta, un coche patrulla apareció en medio de la plaza. Los agentes bajaron de éste y comenzaron a perseguirme.

— ¡Maldita sea! —pensé. — No me ha dado tiempo a pillar la pasta.

Los guardias me gritaron ordenándome que me detuviese, pero yo, corriendo más rápido de lo que yo pensaba que podía,  no les hice caso. Me introduje por las estrechas callejuelas de aquel viejo pueblo naranjero, intentando deshacerme de los civiles, pero desgraciadamente éstos estaban en magnifica forma física. Metro a metro, redujeron la distanciara de ventaja que yo les llevaba y cuando estaban a punto de alcanzarme, reconocí finalmente que solo un milagro podía evitar que los guardias me detuviesen.

Pero ese milagro se produjo. De repente, una anciana apareció, saliendo de una de las viejas casas. Con educación, pidiéndole perdón, sin dejar de correr,  me introduje en ésta, cerrando la puerta  y dejando a la señora afuera en la calle, todo ello con inusitada rapidez. A los gritos de los agentes se sumó  entonces los de la enfada señora. Aterrado escuché como la anciana les decía a los agentes que no se preocupasen,  pues llevaba encima las llaves de su hogar, mientras las buscaba s en su bolso, oyéndose después como éstas penetraban en la cerradura de la puerta.

Crucé aquella antigua vivienda y busqué el patio trasero que solían tener  ese tipo de casas. Sin detenerme, me precipité a éste e intenté trepar la pared que lo cercaba. 

Aquel muro era demasiado alto, sin conseguir yo poder saltarlo. Entonces escuché horrorizado como la puerta de la entrada de la casa se abría y los agentes entraban. Me fije en la escalera que comunicaba aquel patio con el tejado de la casa y sin pensarlo, eché a correr por ésta. 

Los Guardias me siguieron igualmente, continuando entonces aquella alocada carrera por los tejados de las casas de aquella calle. De nuevo los agentes comenzaron a recortar la distancia, cuando de repente, al saltar yo de un tejado a otro, cedió éste último ante mi peso, provocándose un agujero por el cual caí estrepitosamente yo.

Sorprendido y dolorido, tumbado en el suelo de aquella vieja casa abandonada  adonde yo me había precipitado,   vi como los agentes se asomaban por el agujero creado por mí peso en el tejado. 

Entonces comprendí que tenia de nuevo otra oportunidad y a pesar de estar hecho polvo, me levanté y salí de allí corriendo a través de una desvencijada ventana.

 Tras unos minutos de continuar corriendo por las calles, reduje mi marcha y sin dejar de caminar, intenté recuperar el aliento. No había conseguido obtener dinero y estaba claro que debía salir de allí lo antes posible, así que decidí regresar al vehículo y con él dirigirme a la gran ciudad, situada a media hora de allí por la autopista. Tenía suficiente combustible para ello. Quizás allí tendría más suerte. Ya se me ocurriría como solucionar mi extraña situación.

 Mientras pensaba todo aquello me introduje por los naranjos, evitando miradas indeseadas y llegué por fin a mi precioso Porsche 911 descapotable. Introduje las llaves en la puerta y de repente reconocí una voz que heló mi sangre.





— ¿A dónde quieres ir, mi Arcadin?

Lentamente me giré. La teniente Mari Fe me apuntaba con su arma reglamentaria. Yo levanté las manos de una forma un tanto cómica y ésta se me acercó. Sin dejar de encañonarme,  me hizo dar media vuelta y mientras me ponía las esposas, me dijo con voz extrañamente dulce:

— ¡Te advertí de que no te portases mal! ¡Ves!¡Tonto! ¡Ahora tengo que llevarte  al cuartel esposado!



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