lunes, 21 de noviembre de 2016

Oriónidas 11

Pasé el resto de la noche dando vueltas con el coche, sin saber a donde ir. Recorrí los caminos secundarios, la carretera nacional y la autopista, hasta que agotado, me detuve junto una playa, viendo el sol amanecer.






No comprendía nada. Sin creer que la inmensa mansión, que todos decían que me pertenecía, fuese realmente mi hogar, me dormí finalmente en el deportivo.

Horas después, cuando el sol estaba ya alto en el cielo, me desperté y arranqué de nuevo el coche, regresando finalmente a aquel caserón donde se suponía que yo vivía.

Cuando llegué a ésta, Julian estaba esperándome en el garaje, con el aspecto de estar muy enfadado conmigo:

— ¿Dónde rayos estabas? —me dijo éste.  —La Guardia Civil ha venido buscándote de nuevo. Tu ex mujer.........

— ¡Mi mujer aún!..... —corregí.

— ¡Vale! ¡Llámala como quieras! Estefanía también ha venido preocupada, preguntando por ti. Y además, el Le Bon ese no ha dejado de llamar por teléfono, queriendo hablar contigo. ¡ Los  tienes a todos detrás de ti!…. ¡y a mí muy alarmado!

—Perdona. Estaba intentando aclarar ideas.

— ¿Y no podías decirnos donde estabas? ¿Hacer una llamada?

— ¡Lo siento!

Sin más palabras me introduje en la casa. Subí con rapidez por las escaleras y me encerré en mi cuarto. No sabía como, pero tenía que solucionar todo aquel asunto. No me gustaba lo más mínimo esa absurda situación.

Sin dejar de meditar en mis problemas de identidad, no conseguí  avanzar nada. No me apetecía lo mas mínimo regresar a casa de Le Bon, pero si continuaba así, todo aquello iba a conseguir volverme más loco de lo que estaba.

 Mis pensamientos se perdían en estrambóticas hipótesis. Si yo era un extraterrestre, ¿qué demonios hacia yo por aquí? ¿Cuál era esa misión que decía Le Bon debía cumplir yo? ¿Preparar acaso una invasión? ¿ Era Le Bon un traidor a la Tierra? ¿ Quizás me lo estaba imaginando yo todo y estaba como una cabra?

Loa más probable, sin duda, era la última propuesta.

En los  dos días siguientes, Le Bon hizo numerosas llamadas telefónicas a mi casa, instándome a que acudiese a su mansión para realizar  nuevas “sesiones”, en las que según él, aclararía mis profundas dudas. Me negué  a aceptar sus invitaciones con vacuas excusas.
Yo, por otro lado,  seguí las sugerencias de mi médico personal y continué aislándome de  las supuestas actividades y trabajos  que yo realizaba anteriormente a mi desaparición y reaparición entre los naranjos , dejándolo todo a cargo de mis empleados y asesores.

 Al tercer día Le Bon dejó de llamar, en vista de sus negativos resultados. Pensé que éste había comprendido que debía dejarme en paz. También recibí llamadas de la Guardia Civil, a las que yo contestaba amablemente, asegurándoles que en breve acudiría al cuartel, para darles ciertas “explicaciones” sobre mis conversaciones con Le Bon y la cena en su casa. Sentía cierto interés en acudir, no puedo negarlo. La idea de saber como era el vestido de la teniente Mari Fe que tanto me gustaba, según ella, me atraía febrilmente, pero no me consideraba preparado para ello, todavía....

Pero sin duda alguna, ésta enviaría pronto un coche patrulla a mi casa, para llevarme a su cuartel, ante mi tardanza a responder a sus llamadas. 

Pero ese no fue mi principal problema.

Al cuarto día de  mi voluntario aislamiento, llegó una ambulancia a mi propiedad. De ésta descendieron dos fornidos sanitarios, que entregaron a una de mis empleadas un documento. Ésta, mintiéndoles, les aseguró que yo me encontraba ausente, sin conseguir que montasen en su vehículo y se marchasen. La chica, sin levantar sospechas, me lo trajo a mi despacho, donde yo me escondía, comunicándome  alarmada:

— ¡Don Arcadio! ¡Vienen a por Usted!

Yo tomé el papel y leí lo asustado. En éste ponía que un juez había determinado que yo debía subir a esa ambulancia y dejarme conducir a la supuesta clínica del doctor Le Bon, situada en sus propiedades. Según este documento,  mi antigua amante Helga, considerada por el juez como mi “pareja de hecho” y  varios miembros de la dirección de mi fábrica de zapatos,  afirmaban que yo estaba incapacitado mentalmente y que tenía mis facultades mentales mermadas.  Por lo tanto, siendo también Le Bon mi supuesto médico psiquiatra, indicaba  éste que debía ser internado inmediatamente en su clínica, hasta mi aproxima curación.

Se me heló la sangre, ¡No podía creerlo!

Tomé mi documentación, algo de dinero, mi teléfono móvil, las tarjetas de crédito y saqué de uno de los cajones, asustando a mi empleada, la vieja Astra de 9 milímetros. Me aseguré de que llevaba las llaves del coche en mis pantalones y sin dudar ni un segundo, abrí la ventana del balcón  del despacho y dando un  gran salto, salí al jardín. 

Sin ser apreciado por los sanitarios, me dirigí al garaje, me introduje en el deportivo y salí a toda velocidad de mis posesiones.

Oí como la ambulancia encendía su sirena e intentaba perseguirme, pero pronto la dejé atrás.

Minutos después, mientras huía, mi teléfono móvil comenzó a sonar. Detuve mi vehículo y lleno de curiosidad, contesté.

— ¡Arcadio! Soy Mari Fe, ven de inmediato al cuartel.

— ¿Para qué? ¿Para entregarme a Le Bon?

— ¡Claro que no, tonto!Ven y cuéntame todo lo que sabes.

— ¿Y lo que ha dictaminado el juez? ¡Mejor no voy  a tu cuartel!

— ¡Arcadio! ¡No me hagas enfadar! ¡Mira que te hago detener!….

Colgué. Me incorporé a la autopista y apagué mi móvil. Así Mari Fe no podría determinar, por medio de este aparato, mi posición. Entonces abandoné la autopista en la primera oportunidad que tuve y me dirigí a cierta dirección, que alguien había apuntado para mí, cuando yo iba a  abandonar el hospital y que yo memoricé,  utilizando el GPS del automóvil. 

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