viernes, 18 de noviembre de 2016

Oriónidas 10

  Escuché una suave voz femenina, que me indicaba que abriese lentamente los ojos. Evidentemente, no le hice caso y los abrí de golpe. La intensa luz de una lámpara me cegó momentáneamente. Cuando mis ojos se recuperaron, vi el rostro de una chica que mi sonrió y  diciéndome que iba a avisar a Le Bon de que ya me había despertado. Yo, un tanto desorientado, me reincorporé y bajé de la camilla donde estaba tumbado. El sabor de aquellos hongos inundaba todavía mi paladar y eso se me hacia ya desagradable.
 Minutos después apareció el médico:

— ¿Cómo se encuentra, Arcadio? ¿Mareado?

—No. ¿Dónde estoy?

—Está  Usted en mi casa.

— ¡Ah, sí! ¿Qué me ha hecho antes? ¿Por qué la inyección?

— ¡Era necesario, no se preocupe! Con el tiempo lo comprenderá. ¿Quiere tomar algo? ¿Agua?

—No, quiero irme.

—Bien. Si no se encuentra mareado, puede regresar a su domicilio. Interesante lo de antes, ¿no?

— ¿Lo del platillo volante? ¡Espectacular!

—Espero que comience a asimilar su estado. Le sorprenderá saber que Usted es un gran piloto de naves como esa.


No sé por qué, no me parecía muy cierto lo que me decía.


— ¡Bien!—exclamé mientras me ponía los zapatos— me voy a descansar. ¡No todas las noches se monta uno en un OVNI!

Le Bon rió mi tonta broma y llamó a uno de sus hombres, que me acompañó hasta mi deportivo, ahora solitario en la antes atestada zona de aparcamiento de la mansión.

En cuanto llegué a mi casa, me metí en la cama. No me sentía muy bien.

La mañana siguiente me levanté con un gran dolor de cabeza, como si estuviese sufriendo los efectos de una gran resaca, con el sabor insufrible de aquellos hongos en mi gaznate.

No sabía si había soñado todo eso de la nave espacial o si realmente había visto como Le Bon la pilotaba.

 Me lavé la boca con especial interés, pero ni aún así no me libré de ese gusto en muchas horas. 





Pero eso era lo que menos me interesaba. Volví a mi despacho a mirar las fotos que había encontrado en el ordenador de aquella espectacular nave espacial. ¿Era cierto todo aquello que me decía le Bon? A pesar del vuelo de la noche anterior, no terminaba de aceptarlo totalmente. Sin duda, yo era una persona muy escéptica.

De repente el teléfono del despacho sonó estridente, sacándome de mis pensamientos. Contesté sin mucho interés:

— ¿Sí?

— ¡Don Arcadio! Soy yo,  Peláez.

— ¿Quién?

— ¿No me recuerda? El otro día fui a su casa a verlo acompañado por otros directivos, cuando volvió del hospital. Soy  el gerente de la fábrica de zapatos. Debe acudir Usted  de inmediato. ¡Los trabajadores se han puesto en huelga!

  A pesar de no tener ni idea de esa fábrica, decidí hacerle caso a ese Peláez. Debía ser un asunto importante.

Media hora después, acompañado y guiado por Julián, llegué a las puertas de “mi” fábrica. Un grupo de empleados estaban en la puerta del recinto de la factoría, impidiendo la entrada y salida de ésta. Detuve mi vehículo al llegar hasta ellos y me puse en pie sin bajar del descapotable, dirigiéndome a los huelguistas:

— ¿Qué ocurre aquí, Señores? —pregunté con auténtica curiosidad.

Uno de los empleados se encaró a mí, respondiendo con una sonrisa que adornaba un gesto de  malestar:

— ¡Parece mentira que usted pregunte eso! Simplemente nos oponemos a que se cierre la fábrica y se lleve la producción a China.

— ¿A China? —pregunté  de nuevo asombrado.

— ¿No lo recuerda? Dirección tiene esos planes hace meses.

—No, no lo sabía. Perdone la pregunta, ¿es Usted del comité de empresa?

— Sí. Soy Sanchís, formo parte de él. Usted y yo hemos hablado  muchas veces sobre los problemas de la fábrica, pero siempre se ha mostrado reacio a mostrarse receptivo a nuestras propuestas. 

— ¡Ah! ¡Vaya! ¿No me diga?

—Sabemos que la empresa no ha entrado en pérdidas—continuó el sindicalista. — En todo el año, todos los meses hemos tenido beneficios, porque la mayoría de la producción está destinada a exportación, pero el nuevo gerente quiere aumentar los beneficios, cerrando la planta y producir en una situada en China.

Pensé unos segundos y pregunté de nuevo, esta vez mirando a Julian.

— ¿Tengo socios en esta empresa?

—No, Arcadio. Tu eres el dueño de todas las acciones —respondió éste.

—Pues entonces ya podéis desconvocar la huelga —grité entusiasta. —Esta fábrica no se cierra, y ni mucho menos  la producción se va a ir a China.

Los trabajadores lanzaron  gritos de alegría, vitoreando mi nombre.

—Ahora, Señores, vamos a dentro. Voy a hablar con  Peláez y esos tipos de dirección.

Los trabajadores me abrieron paso, siguiéndome después. El guardia de seguridad de la entrada a la planta levantó la barrera del acceso y guiado de nuevo por Julián, llegué a las oficinas. Allí,  tras una larga y agria discusión con los miembros de dirección, amenazándolos con despedirlos, abandonaron éstos sus ideas y aceptaron mi decisión, cumpliendo lo prometido a los trabajadores. 

Cuando ya regresábamos a casa, Julián, sorprendido pero satisfecho, me dijo:

—Arcadio, no sé qué te ha pasado, pero has cambiado. ¡Mucho! Te has portado muy bien en la fábrica, salvando los puestos de trabajo de todos esos trabajadores. Antes de desaparecer esas dos semanas, tus ideas eran las mismas que la de los directivos, dispuesto a cerrar la factoría.

Meditabundo, las dudas no dejaban de crecer en mi mente: ¿Sería cierto lo que decía Le Bon? ¿Realmente era yo un extraterrestre? ¿No era el mismo Arcadio que el de antes de la desaparición? 

 Por la forma en que estaba actuando ahora, así parecía. Lo cierto es que me encontraba satisfecho por lo que había hecho en la fábrica.

Pero esa satisfacción por mi actuación en la factoría no duró mucho.  Al comprobar en el ordenador de mi despacho el estado de mis cuentas bancarias, me llevé una desagradable sorpresa. Ese mismo día, una gran cantidad de dinero había sido sacada de  una de las cuentas, por medio de un talón firmado por mí mismo el día anterior.

 Yo no recordaba nada de eso.

Decidí  pues actuar lo antes posible. ¡Esa misma noche! 

Al anochecer cogí una alta escalera que había en el garaje y que solía utilizar Julián en el jardín y la cargué en el deportivo, pues no sabia donde el anciano guardaba las llaves de los otros coches. El resultado fue  cuanto menos sorprendente. ¡No era muy usual ver un Porsche descapotable con una escalera de jardinero!, pero, ¡qué diablos! ¡Me encantaba aquel deportivo!

Tomé el vehículo con su extraña carga y me encaminé a la mansión de Le Bon. No tuve problemas para entrar en esa selecta urbanización. Los guardias de ésta me conocían  de sobra y me franquearon la entrada, a pesar de lo insólito que era lo que transportaba en el vehículo. 

Al rato aparqué junto a la muralla que rodeaba las propiedades de Le Bon. Tomé la escalera y la apoyé en la pared. Con facilidad subí y haciéndola pasar por encima el muro, pues era de aluminio y apenas pesaba, la coloqué al lado de la pared que daba al interior de los terrenos de Le Bon. Ágil como un gato, descendí.

Sigiloso, me desplacé entre los numerosos arboles situados en la propiedad, llegando al fin a la mansión, pero esa no era mi objetivo. Evitando la luz, me dirigí al hangar. 

Cuando ya estaba casi en las cercanías de éste, escuché unas voces. Eran dos de los hombres de Le Bon, que estaban haciendo una  ronda de guardia. Asustado, cambié de dirección y me introduje en uno de los invernaderos que habían junto al hangar, deseando que no me hubiesen visto.

 Mientras muerto de miedo esperaba que  los guardias se marchasen, me di cuenta de que estaba pisoteando los cultivos. Entonces vi que eran hongos.  Todo lo que allí cultivaban esos vegetales. Los mismos con los que aderezaban todos los platos en aquella casa.

— ¡Qué obsesión por esos hongos! —pensé. — ¡Si por lo menos estuviese buenos! 

Cuando me aseguré de que los tipos aquellos estaban bien lejos, Salí del invernadero y llegué hasta la puerta lateral del hangar. Como recordaba que estaba cerrada con un candado, yo me había proporcionado previamente  un martillo, tomado entre las herramientas de  Julián,  y era lo suficientemente grande como para poder romper el candado. 

No sabía si lo había aprendido en Sirio o en la Tierra, pero lo hice con suma facilidad. 

Tras pasar la puerta, crucé la dependencia donde estaban los trajes de vuelo y llegué a la inmensa sala principal.

Allí, sumida en la oscuridad, la enorme  nave espacial permanecía inmóvil. 

Boquiabierto, me acerqué a ella. Inmensa, tan brillante como la recordaba  a pesar de la falta de luz, me llenaba de estupefacción. Era real. No lo había soñado.

Debía entrar en el interior, ¿pero cómo? La rampa estaba cerrada. 

 Tras dar varias vueltas, me di por vencido. Empecé a sentirme frustrado. Era cierto que mi intención principal era asegurarme de que existía realmente la nave, y eso lo había cumplido ya, pero no me parecía suficiente.¡ Quería ver más!

Entonces vi algo más en el interior del hangar. Había otra voluminoso objeto. Curioso, me acerqué a éste. Era otro vehículo aéreo, pero sin duda era terrestre. Sorprendido, vi que aquello era un helicóptero. 

—¡Eso no estaba anoche aquí! —me dije.

Entonces me decidí a regresar a casa. Con quizás excesivo cuidado, crucé los terrenos de Le Bon y salté la valla. Cargué de nuevo la escalera en el deportivo y arranqué con destino a mi casa.

Esa noche no había acallado mis dudas. Al contrario, las había aumentado.

4 comentarios:

  1. A ver si resulta que necesitamos que todos estos directivos despiadados y sin corazón que venderían a su madre sean extraterrestres... mira que si esa era la solución y nosotros tratando de poner seres humanos en esos puestos :P

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    1. ¡Uff!..Nn mi trabajo sufro a esos degenerados, siempre amenazando con llevarse la producción a otro lado ante el primer síntoma de disminución de los beneficios. Ya no hace falta ni siquiera entrar en perdidas....
      Quizás por eso he metido esta chorradilla en el relato.
      Gracias por haber perdido tu tiempo en leerlo.
      Un saludo

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  2. Me cae bien Arcadio y solo deseo que logre desenmascarar las intenciones de esta gente de la organización. Me huele que hay gato encerrado. No sé. Pero estoy ansiosa por descubrir qué pasa con la nave y con las cuentas de beneficios que disminuyen. Genial, como he venido leyendo hasta ahora.
    Un abrazo

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    1. Me encanta que te esté gustando. Intentaremos no estropearlo al final.
      Un saludo y muchísimas gracias

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