El antro del peor escritor del mundo

lunes, 17 de octubre de 2016

El casete

Aburrido, sin nada que hacer, rebuscando entre las cajas de cartón que mi padre amontonaba en los estantes del garaje, encontré el casete. Bastante viejo, tenía éste una etiqueta en la que ponía “Cementerio”. Curioso por mi hallazgo, se lo lleve a mi progenitor, preguntándole:

— ¿Qué es esto, Papá?


Éste bajó el periódico que estaba leyendo sentado en el sofá y tomándolo con su mano derecha, sonrió, respondiendo después:

— ¡Vaya! ¡Hace muchos años de eso!
— ¿De qué, Papá?

Soltó una gran carcajada y me lo explicó al fin:

—Cuando era un adolescente, hace muchísimos años, nos dio a  mis amigos y a mí una vena “esotérica”. Ya sabes, tonterías de espíritus y cosas así.
—Curioso.
—Una vez se nos ocurrió una estupidez. Cesar, Luis y yo, cuando eran las doce de la noche, cogimos un radio-casete y nos fuimos al cementerio. Allí lo dejamos un buen rato grabando en la oscuridad.
— ¡Vaya! ¿Y qué conseguisteis, Papá?
—Nada en absoluto. Evidentemente no se escuchaba ningún sonido extraño en la grabación. Éramos unos niñatos y pensábamos que íbamos a conseguir una psicofonía o algo así. Cantos gregorianos, voces de espíritus, ¡yo que  sé! En realidad solo se oía el paso de algún coche en la lejanía.

Los dos reímos un rato  de aquello que sucedió hacia tantos años y después dejé el casete en la mesa de mi habitación.
Esa noche, tras cenar con mis padres, regresé a ésta y vi de nuevo la cinta. Me entró entonces curiosidad y me dirigí al garaje, para coger un viejo radio-casete. Mi padre siempre ha guardado muchos trastos viejos. Mientras lo hacía, llegó mi amigo Julio.

— ¿Qué haces tío? —preguntó éste al verme.
—Nada. Estoy buscando un cacharro de mi padre, para oír una cinta vieja.
— ¿De música ?
—No tío. ¡De psicofonías! —respondí con aires de mago.
— ¡Que chulo! ¡Anda, vamos a oírla!

Tras encontrar el aparato, fuimos a mi habitación y poniéndolo en marcha, escuchamos el casete.
Cuando al rato la cinta se acabó, Julio exclamó chasqueado:

— ¡Vaya rollo! Aquí no se oye nada interesante.
—Eso es lo que me ha dicho mi padre.
— ¿Y quién grabó esta tontería?
—Él, hace un capazo de años en el cementerio.
— ¡Jo! ¿Solo?
—No. Con un par de amigos suyos. Tú los conocías. Eran amigos de tu padre también.
— ¿Quiénes?
—Luis y Cesar.
— ¡Vaya! ¿Quién lo iba a imaginar?

Tras un rato de conversación sobre psicofonías y cosas así, Julio regresó a su casa y yo me acosté. Al día siguiente, cuando llegué al instituto, éste, antes de ir a clase, me dijo excitado:

— ¿Sabes? Anoche le conté a mi padre lo del casete y él me dijo que esos dos tipos que fueron con tu padre al cementerio murieron hace poco.
— ¿Y qué?
—Pues que igual tiene algo que ver con eso que hicieron.
— ¿Qué estupidez? No digas tonterías.
—Tenemos que escuchar mejor esa cinta. Seguro que hay algo ahí que no hemos oído.
— ¡Qué pesado! Si lo sé, no te digo nada.

Julio no dejó de dar la brasa con el tema del casete en todo el día y al fin, con intención de me dejase tranquilo, fuimos por la tarde a mi casa. Conectamos el radio-casete a mi ordenador y digitalizamos la grabación. Utilizando un programa informático, ecualizamos el sonido, quitamos ruidos molestos y escuchamos la grabación varias veces con auriculares.

— ¡Qué rollazo! ¡Aquí no se oye nada! —exclamó enfadado Julio.
— ¡Pues claro, tonto! —respondí. — ¿Qué esperabas? ¿Que se escuchase las fechas de las muertes de los que fueron al cementerio?

Entonces Julio alzó sus cejas sonriendo y diciendo:

 No estaría mal, pero se me ha ocurrido algo mejor.
— ¿Qué quieres decir?
—. Mi padre me dijo las fechas de cuando murieron esos amigos suyos que fueron con tu padre al cementerio a hacer la grabación.
— ¿Y qué?
—Podemos falsear la cinta. Manipularla. Añadir una voz extraña diciendo las fechas de las muertes, como tú has dicho. Luego se la enseñamos a nuestros padres. ¡Veras como se acojonan!

Sonreí, respondiendo:

— ¡No estaría mal! Nos íbamos a pasar un buen rato descojonándonos de ellos.
— ¡Sí!

Buscamos otro programa informático que distorsionaba la voz y grabamos con éste las fechas de las muertes de los amigos de nuestros padres y las añadimos a la grabación del cementerio. Después, Julio me propuso algo más.

—Podemos poner otra fecha más. ¡Tu padre pensará que sería la fecha de su próxima muerte! ¡Ja, ja, ja!
—No sé. —Respondí serio. —No me parece buena idea.
— ¡Que sí, tío! Le va a entrar el miedo en el cuerpo. ¡Luego reiremos mucho juntos esta broma!
Le dejé hacer. Julio grabó con su voz la fecha del día siguiente, superponiéndola como las otras en lo grabado en el cementerio por mi padre y sus amigos hacia tantos años.
— ¡Así pensará que morirá mañana! Se la mostramos cuando venga del curro y veras que miedo le entra. ¡Ja, ja, ja! —dijo Julio al terminar la nueva falsificación.

Al rato se marchó a su casa y yo me acosté. Un par de horas después, me desperté. Tenía un mal presentimiento. Encendí el ordenador y borré lo que habíamos hecho con la grabación.
Al día siguiente desayuné con mi padre y tras despedirme de él, me fui al instituto.

Cuando regresé a casa, vi extrañado que había mucha gente allí. Todos muy serios, consolaban a mi madre que no dejaba de llorar.
Mi padre había muerto en un accidente de tráfico cuando se dirigía al trabajo.

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