viernes, 28 de octubre de 2016

Farsantes 2

— ¿A su marido? —pregunté asombrado sin haber comprendido aún nada de lo que por lo visto, aquella pareja me estaba, no proponiendo, ordenando que hiciese.
Mi socio Ernesto, sin decir nada más, me entregó un folio manuscrito, lleno de tachones y rectificaciones, para que yo lo leyese:

Escuche atentamente, Señor Chillerón.
Tenemos en nuestro poder a su mujer desde el sábado por la noche.
Si Usted quiere volver a verla con vida, prepare un millón de Euros en billetes de cien y cincuenta.
Tiene hasta el próximo martes para reunir la cantidad.
No se ponga en contacto con la policía ni nada parecido, o su esposa aparecerá muerta.
Le advierto que lo tenemos vigilado y ante la mínima sospecha, daremos por rotas las negociaciones y mataremos a su mujer.
Esté atento el lunes a su teléfono








— ¡Pero! ¿Estáis locos? —fue mi primera respuesta. — ¡Vamos a acabar todos en la cárcel!
— ¡No seas gallina! —contestó la mujer, una rubia teñida, ataviada con  ropa  y joyas caras,  teniendo un poco arrugada la vestimenta, muestra de que había pasado la noche en el sofá del despacho. He de reconocer que era muy atractiva, pero por lo que estaba sucediendo, no se me estaba mostrando nada seductora. Mi socio no dejaba de mirarla fijamente a los ojos. Sin duda, estaba prendado de ella.

— ¡No pienso llamar a ese tío! —Respondí con toda la firmeza que logré reunir en aquella kafkiana situación.
— ¡Escucha! —contestó Ernesto. — ¡Un millón de Euros! ¿Tú sabes la de cosas que podemos hacer con todo ese dinero? Relanzaremos nuestro negocio. Contrataremos gente joven y montaremos una sección para telefonía móvil…
— ¡Que es lo que siempre te estoy proponiendo y que tú siempre te has negado, con la excusa de que  no tienes ni idea de los telefonillos! —añadí enfadado, olvidando por un instante la enloquecida idea de aquella pareja de insensatos. — ¡Pero ni aun  así pienso participar en esta chifladura! —añadí al volver de nuevo a la cordura.
— ¿Como que no? —exclamó autoritariamente la rubia tintada.
— ¡Tienes que colaborar! Su marido puede reconocer mi voz, —continuó mi socio. —En cambio a ti no te ha visto en la vida.
— ¿Lo conoces? —pregunté asombrado.
— ¡Sí! Por eso debes llamar tú—contestó la mujer.
—Es muy fácil. Solo debes hacer ese llamadita —añadió Ernesto insistente.

Y así, tras casi una hora de discusión, acepté participar en aquella locura.


A las siete de la tarde localicé la casi única cabina telefónica que aún quedaba en toda la ciudad. Todas las demás habían desaparecido ante la pujanza de los teléfonos móviles. Aparqué mi viejo coche junto a ésta y con sigilo, procurando que   nadie me viese, me introduje en  la cabina. Con guantes, para no dejar mis huellas, metí unas monedas en la ranura y con dificultad marqué el número que la mujer me había apuntado en el mismo folio donde estaba escrito lo que yo debía decirle a su marido.
Con pasmosa lentitud, el tono que indicaba que  se había establecido la conexión con el aparato que había llamado, sonaba en el auricular, pero al fin  se escuchó que alguien descolgaba el teléfono y una voz masculina resonaba en mi oído:


— ¿Quién?
— ¿Señor Chillerón? —pregunté con mi habitual educación.
— ¿Sí?
—Escuche atentamente, Señor Chillerón. Tenemos en nuestro poder a su mujer desde el sábado por la noche. Si Usted quiere volver a verla con vida, prepare un millón de Euros .......


Dejé de hablar. Una serie de cortos pitidos inundaban el auricular.

— ¡El muy cabrón! —exclamé de una forma realmente poco elegante. — ¡Me ha colgado!


Volví a marcar aquel número en el teléfono de la cabina, pero inútilmente. El marido de la rubia  había dejado descolgado su aparato. Sin saber qué hacer, monté de nuevo en mi vehículo y regresé al despacho de la tienda, para explicar a mis “cómplices” lo que había ocurrido.

Llegué a la tienda  y éstos no me creyeron. Pensaban que les mentía para no continuar aquella locura. Volvimos mi socio y yo a la cabina telefónica, para que éste allí se convenciese. Algo que ocurrió cuando vio que nadie contestaba a las insistentes llamadas que hacíamos al número del domicilio de Chillerón. Regresamos al despacho, donde la mujer seguía sin creerme ni a mí, y esta vez además, ni  a su amante, mi socio.

Cuando conseguimos convencerla, montó en furia. Se enfadó terriblemente, sentándose finalmente en el sofá, quedándose quieta y silenciosa.

Yo regresé a mi casa, para pasar el resto del día con mi familia, totalmente ajena a este alocado embrollo.

El lunes por la mañana acudí al pequeño negocio que regento con mi socio. Tenía la esperanza que la mujer se hubiese marchado ya de allí y que todo aquello hubiese finalizado, como una extraña y aberrante pesadilla.

Pero no fue así. La mujer estaba dormida en el sofá, desnuda, cubierta solo por la manta. Sobre la mesa del despacho había un par de botes de conservas abiertos y consumidos, con algunas migas de pan dispersas alrededor. Al verla salí de inmediato del despacho. No me apetecía despertarla.

Media hora después  llegó mi socio. Traía una bolsa de plástico con algunos artículos.

— ¿Qué vamos a hacer? —Le pregunté preocupado. —Ella sigue aquí y su marido pasa de todo.
— ¡Tranquilo! —respondió Ernesto. —Ella tuvo una excelente idea ayer por la noche.

El miedo se apoderó de mi ánimo y con voz temblosa le pregunté de nuevo:

— ¿Y?
— ¡Pues nada! ¡Que vamos a poner en práctica esa idea!

Ernesto empezó a sacar los objetos que portaba en la bolsa.

— ¿Qué es eso? —`pregunté extrañado.
—Maquillaje teatral.
— ¿Qué?
— ¡Ya sabes! Pinturas de esas que utilizan los actores para caracterizarse.
— ¡Estáis los dos locos! —afirmé totalmente convencido de ello.

Absorvido por la preocupación, me quedé en la tienda pensando en que se podía hacer para terminar aquella locura, mientras mi socio entraba en el despacho y despertaba a su amante, que era además su presunta víctima de secuestro.

Media hora después, Ernesto me llamó:

— ¿Puedes venir un momento?

Temeroso de la nueva locura que aquellos dementes  pudiesen pretender  hacer ahora, caminé lentamente hacia el despacho. Pausadamente, sin deseo real de hacerlo,  abrí la puerta de éste y lo que vi me heló la sangre.


La mujer estaba sentada en la silla del despacho, atada a ésta con una cuerda que parecía darle mil vueltas. En su rostro aparecían muestras de haber recibido numerosos golpes, con los ojos amoratados y los mofletes muy colorados. Incluso un hilillo de sangre caía por la comisura de sus labios.

— ¿Conseguido, eh? —dijo satisfecho Ernesto al ver mi reacción. — ¿Quieres hacernos una foto? He traído la cámara de mi hermano para ello.

Se colocó éste  entonces en su cabeza el casco que guardaba  en el despacho desde que había vendido su moto, para cubrirse con él el rostro y sacó una pistola apuntando con ésta a una de las sienes de la rubia.

— ¡Tranquilo!  —exclamó mi socio. —La pipa es falsa. Me la ha prestado uno de mis sobrinos.

Entonces adquirió una postura desafiante, mirándome a través de su casco,  mientras la mujer comenzó a mostrar una terrible expresión de terror.

— ¿Nos haces la foto o no? —insistió Ernesto.

Superado por los hechos, tomé la cámara e hice aquella teatral fotografía, dejando de inmediato la cámara sobre la mesa y abandonando el despacho después.

Media hora más tarde mi socio salió de éste.

— ¡Toma! —me dijo nervioso entregándome un sobre.
— ¿Qué es esto? —le pregunté atormentado al tomarlo.
—La foto que nos has hecho.

La saqué de sobre y la miré.  Nosupe sí echarme a reír o llorar. l

— ¡Dios! —exclamé. —Vamos a acabar todos en la cárcel….o peor aún…¡en un manicomio!
— ¡Qué va! —respondió Ernesto.  He imprimido la foto en la impresora del ordenador.
¡Tranquilo! He borrado el fondo de la imagen, para que no reconozca nadie el despacho con un programa informático.  Ahora tú debes llevarla a esta dirección.

Sacó  entonces de uno de sus bolsillos un papel con algo escrito en él, entregándomelo..

— ¿Yo? ¿Por qué? —pregunté angustiado.
— ¡Ya lo sabes! A ti no te conoce. Date prisa. Tengo que desatarla. No lo había hecho aún, por si teníamos que repetir la foto.

Y dominado por el pánico, tomé mi coche y me dirigí a la dirección indicada.

Hora y media después, localicé la lujosa urbanización donde vivía Chillerón y su loca esposa, situada en las afueras de la ciudad.  Aparqué mi coche lo más lejos posible de la casa donde debía dejar el sobre con la foto y me acerqué a ésta, procurando que nadie me viese. Cuando llegué a la tapia que rodeaba la parcela,  encontré el buzón junto a la puerta del recinto  y justó en el momento en que introduje el sobre, escuché el sonido del motor de un automóvil acercándose.

— ¡La poli, seguro! —pensé aterrado.

Corriendo, me oculté tras un matorral, situado en los jardínes que adornaban aquella calle. Entonces descubrí que por suerte,  solo era un taxi, tranquilizándome. El vehículo se detuvo en la puerta de la parcela de Chillerón y tres jóvenes y hermosas mujeres descendieron de éste.

Todo aquello me extrañó mucho. Saqué entonces mi teléfono móvil y comencé grabar un vídeo, registrando todo lo que ocurría. Las muchachas tocaron el timbre del domicilio de la víctima de nuestro engaño y poco después la puerta se abrió. Apareció entonces un hombre muy sonriente, vestido solo con un bañador y un batín, bastante abierto, mostrando su velludo pecho, que con efusivos besos saludo a las recién llegadas.

Cuando todos desaparecieron tras la puerta de la propiedad y cerrarse ésta, regresé a mi coche.
Sí, todo aquello era muy raro. Cuando regresé a la tienda, no les dije nada de lo ocurrido a mis cómplices, pasando el resto del día realmente preocupado.

La mañana siguiente  regresamos  mi socio y yo a la última cabina telefónica de la ciudad. Volvimos a marcar allí el número de Chillerón y los resultados fueron decepcionadamente nulos. No contestó a nuestras llamadas, a pesar de los numerosos y latosos intentos. El hecho de enviarle la foto no había tenido  el efecto deseado por Ernesto y su amante..

Desanimado mi socio y yo, más tranquilo, volvimos a la tienda.

De nuevo, la rubia tintada se enojó terriblemente. Insultó repetidamente con gruesas palabras a su indolente marido y finalmente,  sentada en el sofá,  se puso a llorar. Ernesto se colocó junto a ésta, intentando consolarla.

Yo, testigo de aquella extraña situación, no podía dejar de imaginar cómo se pondría aquella mujer, si supiese lo que yo conocía sobre la conducta de su marido mientras ella supuestamente era secuestrada y maltratada.

Entonces la mujer se puso en pie, gritando furiosa:

— ¡Está bien! Pues  si así no responde el capullo de mi marido, tomaremos medidas más radicales.
— ¿Qué quieres decir, Cariño? —preguntó un tanto asustado mi socio.

La rubia tomó una tabla de cocina que había  estando utilizando aquellos días para cortar fiambres para alimentarse, al mantenerse  voluntariamente oculta en el despacho y colocó su mano izquierda sobre ésta.  mientras que con la derecha, agarraba el cuchillo con el cual había seccionado los embutidos.

— ¡Toma! —ordenó enérgicamente la mujer  a Ernesto, mientras le tendía el cuchillo. — ¡Córtame el dedo  menique! Se lo dejaremos en el buzón, como la foto. ¡Así seguro que paga!
— ¡No, cariño! ¡No! —respondió mi socio aterrado.
— ¿No te atreves? —le dijo la rubia a su amante. — ¡Pues hazlo tú! —me dijo entonces a mí, ofreciéndome el cuchillo.
— ¿Yo? —Contesté con gestos de repugnancia — ¡Ni loco! ¡Me marearía al instante!
— ¡Está bien! —gritó la rubia encolerizada. — ¡Lo haré yo misma!

Mi socio y yo nos abalanzamos velozmente sobre ella al instante, y Ernesto la agarró  por los brazos, mientras  yo le arrebataba el cuchillo.

La hicimos sentarse en el sofá y de nuevo se puso a llorar, exclamando entre lágrimas:

— ¡Vaya par de delincuentes! ¡Poco hombres! ¡Afeminados! ¡No servís para nada!.....

Mi socio y yo nos miramos a los ojos en silencio, sin saber qué hacer. Después, abandoné la tienda. No estaba dispuesto a pasar el día con aquella pareja de locos.

Al anochecer yo me encontraba totalmente desesperado. Aquella pareja descerebrada pretendía seguir adelante con su plan de chiflados y el marido de la rubia parecía vivir el supuesto secuestro de su esposa de una manera realmente poco habitual. Tras meditar toda la tarde en cómo solucionar aquel chalado problema, llegué a una conclusión: debía presentarme en casa de Chillerón y contárselo todo. Si se lo explicaba detenidamente,  quizás podía conseguir que él lo aceptase como una estúpida broma.

Me dirigí por enésima vez al domicilio del matrimonio formado por la rubia loca y el esposo descuidado. Aparqué de nuevo junto a la casa y me acerqué a la puerta de la casa. Cuando iba a tocar el timbre, de repente escuche otra vez el ruido de un automóvil.
Asustado, me oculté en el mismo matorral que la otra vez.

— ¡Qué casualidad! —pensé. — ¡Otro taxi!

Por si acaso, preparé mi teléfono para grabar de nuevo.

El coche se detuvo justo en la puerta de la tapia  de Chilleron, esperando unos minutos. Al rato se abrió, saliendo por ésta las tres chicas y el hombre, vestido esta vez solo con el bañador, sin siquiera el batín.

Entonces tuve una idea, más loca aún que las  que tenían  mi socio y su amante.

Cuando las chicas montaron en el taxi y éste se perdió en la lejanía, regresé a mi coche. Tomé del maletero de este una garrafa de agua destilada que solía llevar, pues mi auto móvil era muy viejo y tenía problemas con el radiador, y me mojé los cabellos, echándolos  hacia atrás, como si llevase brillantina. Después busqué por el vehículo unas gafas de sol de juguete, que uno de mis hijos solía dejar tiradas por los asientos traseros. Tras encontrarlas, me las puse y me, miré finalmente en uno de los espejos retrovisores.

Tenía una pinta lamentable. Parecía un mafioso.

Sonreí. Eso era lo que yo pretendía.

Volvía a la casa de Chillerón y toqué por fin su timbre. Unos minutos después se escuchó su cansada voz a través del altavoz del portero electrónico situado junto a la puerta.

— ¿Sí? ¿Quién es?

Sacando valor de donde no lo había, respondí intentando ofrecer una voz lo más viril posible:

—Vengo a hablar con Usted sobre el secuestro de su esposa.

Pasaron unos segundos hasta que la puerta  de la tapia se entreabrió. La empujé ligeramente y tras cruzarla, caminé por el gran jardín que rodeaba la casa, llegando hasta la entrada de la vivienda.

Allí me esperaba Chillerón, esta vez  con el batín puesto y bien cerrado.

— ¿Quién es Usted? —me preguntó  extrañado al verme.

Yo, sonriendo para ocultar el pánico que en realidad sentía, le di la mano primeramente.

—“¡Vamos, demuestra el gran vendedor que eres!” —me dije a mi mismo, intentando tranquilizarme. Después comencé a hablarle:

—Señor Chillerón, permítame que me presente. Yo formo parte de una empresa que se dedica a solucionar todo tipo de problemas relacionados con los secuestros y cuestiones semejantes.
— ¿Sí? —respondió  tibiamente el marido de la rubia, sin soltar aún mi mano.
—Sí, así es —contesté con falsa firmeza.

Entonces, tras soltar mi mano al fin, comenzó  él a hablarme de forma entrecortada.

— ¡Verá!…… ¡Yo pensaba que era todo una broma!…… ¡ Quizás algún gamberro!…. ¡No sé, una tontería!.......

Yo, a través de las gafas de cristal anaranjado de las gafas de juguete de mi hijo, a pesar de ser ya de noche, lo miré a los ojos con dureza, o eso intenté.

— ¿Es Usted policía? —me preguntó Chillerón.
—No, no. Policía no.
— ¿Detective quizás?

No respondí. Hice solo media sonrisa que pareció ser lo suficientemente convincente.

— ¡Oh! ¡Pase, pase, por favor! —dijo aquel hombre disculpándose.

 Entramos  en la lujosa casa, sentándonos en uno de los sofás que había en el inmenso salón. Era un contraste curioso verlo a él con el batín y las chanclas junto a mí, vestido  con contraje y corbata.

— ¡Bien, Señor Chillerón! —le dije parapetado tras las gafas de sol y mi falsa sonrisa. —Vengo a traerle noticias sobre el secuestro de su esposa.
— ¿Sí?
—Así es. Y son buenas. Pronto será liberada.
— ¡Qué bien! —respondió el hombre con simulada y tibia alegría.
—Estaba Usted dando la sensación de que no tiener mucho intereses en liberar a su esposa. ¿No?
— ¿Yo? ¡No, no!…. ¡Yo amo mucho a mi Señora!
— ¡Claro, claro! ¿Llamó a la policía?
—Bueno….No.
—Debía haberlo hecho, Señor. No se preocupe, ahora ya no es necesario. Los secuestradores, al ver que Usted no respondía a sus demandas, se pusieron en contacto con nosotros.
— ¿Sí?
—Sí, Señor. Como Usted sabrá, le exigían como pago un millón de Euros.
— ¿Un millón de Euros? —exclamó Chillerón lanzando sus brazos a la cabeza y poniéndose en pie. — ¿Están locos o qué?
—¡Siéntese, Señor! ¡Tranquilícese! Su mujer ha asegurado a los secuestradores que Usted disponía de esa cantidad  —afirmé extrañado.
— ¡Mire! —continuó Chillerón sentándose de nuevo. —Yo soy un pobre constructor que esta maldita crisis ha dejado en la ruina. ¡No tengo ni un miserable Euro!
— ¡Pues su casa es muy lujosa!
—Una casa que me será pronto embargada, si no pago mis numerosas  y cuantiosas deudas.
— ¡Pues su mujer afirma que.....!
— ¡Mi mujer es una idiota! ¡Está loca!
—Bueno. No se preocupe. Mi organización ha conseguido reducir considerablemente la cantidad del rescate.
— ¡Por mí que se la queden! ¡Que hagan con ella lo que quieran!

Esa última afirmación de Chillerón me dejo realmente sorprendido. Por suerte, supe reaccionar con rapidez.

—Me gustaría mostrarle algo, —le dije mientras sacaba el móvil de uno de los bolsillos de mi americana.
— ¿El qué?
—Estas imágenes me las han enviado los secuestradores —afirmé, mientras le mostraba los vídeos  que yo mismo había grabado agazapado tras un matorral,  cuando él recibía y  posteriormente  despedía  con excesivo cariño  a las tres chicas, tras pasar toda la noche con ellas..
— ¡Oh, Dios!
—Y que si no paga el rescate, las imágenes serán enviados a la prensa, informándo además a los periodistas de su lamentable actitud ante el secuestro de su esposa.
— ¡Mierda! ¡Está bien!

Chillerón frotó sus ojos con ambas manos y continuó:

— ¡Escuche! Yo no tengo esa ridícula cantidad que piden. En realidad en el banco no tengo nada, mis acreedores me lo han expropiado todo.
— ¿Entonces?
—Tengo una pequeña cantidad, dinero negro, ya sabe, a salvo de esos buitres.
— ¿De cuánto dinero estamos hablando, Señor? Tenga en cuenta que los secuestradores quieren su parte, para liberar a su mujer y evitar además que sus imágenes con las chicas salgan a luz. Además, mi organización no es una ONG. Siempre cobramos una pequeña minuta por nuestros servicios.
— ¿Bastarían unos doscientos cincuenta mil Euros? —preguntó Chillerón angustiado.

Mis ojos debieron dar saltos de alegría ante lo que escuchaba, pero gracias a las gafas de sol, aquel tipo no debió percatarse.

—Podemos intentarlo —respondí con falsa preocupación.
—Espere un momento.

De repente Chillerón se levantó del sofá y subió rápidamente al piso superior. Mientras yo lo esperaba,  se escucharon ruidos de muebles que eran corridos y cosas más extrañas.

Al fin, unos minutos después, el dueño de la casa bajo velozmente por la escalera con el batín todo abierto, portando un maletín.

— ¡Tome! —Dijo al sentarse, ofreciéndomelo.

Abrí el maletín. Estaba llenó de una gran cantidad de billetes.

— ¡Doscientos cincuenta mil euracos! —exclamó. —Por favor, intente convencer a esos cabrones de los secuestradores chantajistas.

Yo cerré el maletín, afirmando:

— ¡Puede estar Usted seguro  de que voy a poner todo mi empeño en ello!

Y tras darnos las manos y despedirnos, abandoné al  desesperado Chillerón, no por la suerte de su esposa, sino al miedo que sentía a que las imágenes fuesen hechas públicas. Asombrado por lo sucedido, salí de aquella casa velozmente, dirigiéndome a mi coche.

Sin creerme aún todo lo sucedido, arranqué y me marché hacia la tienda.

Ya más tranquilo, cuando conducía, llegué a una conclusión:

Mi socio y su amante son unos farsantes. Chilleron es un farsante. Está pandilla de chiflados me han convertido a mí mismo también en un farsante.

El mundo está lleno de farsantes.

viernes, 21 de octubre de 2016

Farsantes

La cosa no nos iba nada bien. Mi socio lo llevaba peor que yo, pues su caso era distinto. Mi mujer tiene un trabajo estable, mientras que él estaba solo y debía vivir de nuestro destartalado negocio: una pequeña tienda de electrodomésticos. Las ventas eran cada vez menores y los ingresos ridículos. Yo intentaba consolarle, convencerle, hacerle creer que se aproximaban mejores tiempos, pero no conseguía hacerlo, pues tampoco era yo muy optimista y no sabía disimularlo.

Una tarde, después de comer, cuando me disponía a abrir la tienda, me sorprendió  el  ver el coche de mi socio aparcado enfrente de la puerta de nuestro  establecimiento y no encontrarlo a él dentro.  Siempre solía llegar él antes que yo, ansioso por conseguir alguna venta.
Entré en el local y me dirigía al pequeño despacho de la tienda, extrañándome de nuevo. La puerta estaba cerrada con llave por el otro lado.

— ¿Estás ahí, Ernesto? —pregunté sorprendido.
— ¡Un momento! —respondió mi socio desde el interior del despacho.

Un par de minutos después se abrió la puerta y más sorprendido aún, vi salir por ella a una mujer que se arreglaba apresuradamente la blusa que llevaba y su peinado.

— ¡Buenas! —me dijo ésta, abandonando rápidamente  el establecimiento.

Entré en el despacho y sonreí con complicidad a mi socio, que se sentaba entonces  en el pequeño sofá de la habitación, disimulando, mientras comenzaba a ojear unos folios.

—Es una nueva cliente —explicó —que he conocido mientras comía en un restaurante.
—¡Ahhh! —respondí sin dejar de sonreír con picardía.

Los malos resultados financieros continuaron durante las semanas siguientes y yo mismo, con tristeza, empecé a considerar la idea de cerrar el negocio.

Pero un sábado por la mañana mi socio apareció en la tienda, lleno de alegría.

— ¡He encontrado una solución a nuestro problema! ¡Alguien va  a aportar dinero a la cuenta bancaria y así reflotar nuestro renqueante negocio! —afirmó exultante.
— ¿En serio? —contesté ilusionado ante su buena nueva. — ¿Quién es?
—La mujer del otro día.
—No recuerdo….
— ¡Joder, tío! La que estaba conmigo en el despacho cuando llegaste.
— ¡Ah! ¡Ya!

Perdí al instante la ilusión, pues pensé que mi socio estaba siendo engañado.  No le quise decir lo que pensaba.

Pero aquello solo acababa de empezar.

Ese mismo domingo, intentando encontrar solución a nuestro problema, regresé a la tienda. Subí la persiana de la puerta exterior sin hacer ruido y tras cerrarla de nuevo, entré en el despacho.
¡Mi sorpresa fue mayúscula¡ Allí estaba mi socio, acompañado con aquella mujer. En el sofá había una manta y un almohadón, como si alguien había pasado la noche allí y montones de latas de comida en conserva atiborraban la pequeña habitación.

— ¡Pero!.... ¿Qué está pasando aquí? —pregunté extrañado.
— ¡Espera que te explique!  —comenzó a decir nervioso mi socio.
— ¡Eso! ¡Explícate! ¿No podíais hacer esas cosas en alguna de vuestras casas?
—No es lo que parece.
— ¡No! ¿Entonces qué es?

La mujer se puso en  pie, seria y autoritaria, contestándome:

— ¡Esto es un secuestro!
— ¿Qué? —exclamé dejándome caer sobre una de las sillas, desbordado por lo que veía y escuchaba.
—Es un secuestro —continuó mi socio — ¡falso!
— ¿Un secuestro falso? —pregunté sin tranquilizarme lo más mínimo. — ¿Estáis locos los dos?
—Sí, un secuestro falso —siguió explicándose Ernesto —Y no, no estamos locos.
— ¡Debo estar soñando! —me dije a mi mismo, lanzando mis manos a mi rostro.
—Tranquilízate —prosiguió mi socio —Es todo muy fácil. Está ya planeado al mínimo detalle. Solo falta que hagas tú una pequeña llamada.
— ¿Una llamada? ¿A quién? —pregunté yo fuera de mí.

— ¡Al capullo de mi marido! —respondió dura y directamente aquella mujer, que por lo visto, había vuelto loco a mi socio y que ahora quería volverme a mí.


  Fin de primera parte.
 Tranquilos, solo hay dos......creo.

lunes, 17 de octubre de 2016

El casete

Aburrido, sin nada que hacer, rebuscando entre las cajas de cartón que mi padre amontonaba en los estantes del garaje, encontré el casete. Bastante viejo, tenía éste una etiqueta en la que ponía “Cementerio”. Curioso por mi hallazgo, se lo lleve a mi progenitor, preguntándole:

— ¿Qué es esto, Papá?


Éste bajó el periódico que estaba leyendo sentado en el sofá y tomándolo con su mano derecha, sonrió, respondiendo después:

— ¡Vaya! ¡Hace muchos años de eso!
— ¿De qué, Papá?

Soltó una gran carcajada y me lo explicó al fin:

—Cuando era un adolescente, hace muchísimos años, nos dio a  mis amigos y a mí una vena “esotérica”. Ya sabes, tonterías de espíritus y cosas así.
—Curioso.
—Una vez se nos ocurrió una estupidez. Cesar, Luis y yo, cuando eran las doce de la noche, cogimos un radio-casete y nos fuimos al cementerio. Allí lo dejamos un buen rato grabando en la oscuridad.
— ¡Vaya! ¿Y qué conseguisteis, Papá?
—Nada en absoluto. Evidentemente no se escuchaba ningún sonido extraño en la grabación. Éramos unos niñatos y pensábamos que íbamos a conseguir una psicofonía o algo así. Cantos gregorianos, voces de espíritus, ¡yo que  sé! En realidad solo se oía el paso de algún coche en la lejanía.

Los dos reímos un rato  de aquello que sucedió hacia tantos años y después dejé el casete en la mesa de mi habitación.
Esa noche, tras cenar con mis padres, regresé a ésta y vi de nuevo la cinta. Me entró entonces curiosidad y me dirigí al garaje, para coger un viejo radio-casete. Mi padre siempre ha guardado muchos trastos viejos. Mientras lo hacía, llegó mi amigo Julio.

— ¿Qué haces tío? —preguntó éste al verme.
—Nada. Estoy buscando un cacharro de mi padre, para oír una cinta vieja.
— ¿De música ?
—No tío. ¡De psicofonías! —respondí con aires de mago.
— ¡Que chulo! ¡Anda, vamos a oírla!

Tras encontrar el aparato, fuimos a mi habitación y poniéndolo en marcha, escuchamos el casete.
Cuando al rato la cinta se acabó, Julio exclamó chasqueado:

— ¡Vaya rollo! Aquí no se oye nada interesante.
—Eso es lo que me ha dicho mi padre.
— ¿Y quién grabó esta tontería?
—Él, hace un capazo de años en el cementerio.
— ¡Jo! ¿Solo?
—No. Con un par de amigos suyos. Tú los conocías. Eran amigos de tu padre también.
— ¿Quiénes?
—Luis y Cesar.
— ¡Vaya! ¿Quién lo iba a imaginar?

Tras un rato de conversación sobre psicofonías y cosas así, Julio regresó a su casa y yo me acosté. Al día siguiente, cuando llegué al instituto, éste, antes de ir a clase, me dijo excitado:

— ¿Sabes? Anoche le conté a mi padre lo del casete y él me dijo que esos dos tipos que fueron con tu padre al cementerio murieron hace poco.
— ¿Y qué?
—Pues que igual tiene algo que ver con eso que hicieron.
— ¿Qué estupidez? No digas tonterías.
—Tenemos que escuchar mejor esa cinta. Seguro que hay algo ahí que no hemos oído.
— ¡Qué pesado! Si lo sé, no te digo nada.

Julio no dejó de dar la brasa con el tema del casete en todo el día y al fin, con intención de me dejase tranquilo, fuimos por la tarde a mi casa. Conectamos el radio-casete a mi ordenador y digitalizamos la grabación. Utilizando un programa informático, ecualizamos el sonido, quitamos ruidos molestos y escuchamos la grabación varias veces con auriculares.

— ¡Qué rollazo! ¡Aquí no se oye nada! —exclamó enfadado Julio.
— ¡Pues claro, tonto! —respondí. — ¿Qué esperabas? ¿Que se escuchase las fechas de las muertes de los que fueron al cementerio?

Entonces Julio alzó sus cejas sonriendo y diciendo:

 No estaría mal, pero se me ha ocurrido algo mejor.
— ¿Qué quieres decir?
—. Mi padre me dijo las fechas de cuando murieron esos amigos suyos que fueron con tu padre al cementerio a hacer la grabación.
— ¿Y qué?
—Podemos falsear la cinta. Manipularla. Añadir una voz extraña diciendo las fechas de las muertes, como tú has dicho. Luego se la enseñamos a nuestros padres. ¡Veras como se acojonan!

Sonreí, respondiendo:

— ¡No estaría mal! Nos íbamos a pasar un buen rato descojonándonos de ellos.
— ¡Sí!

Buscamos otro programa informático que distorsionaba la voz y grabamos con éste las fechas de las muertes de los amigos de nuestros padres y las añadimos a la grabación del cementerio. Después, Julio me propuso algo más.

—Podemos poner otra fecha más. ¡Tu padre pensará que sería la fecha de su próxima muerte! ¡Ja, ja, ja!
—No sé. —Respondí serio. —No me parece buena idea.
— ¡Que sí, tío! Le va a entrar el miedo en el cuerpo. ¡Luego reiremos mucho juntos esta broma!
Le dejé hacer. Julio grabó con su voz la fecha del día siguiente, superponiéndola como las otras en lo grabado en el cementerio por mi padre y sus amigos hacia tantos años.
— ¡Así pensará que morirá mañana! Se la mostramos cuando venga del curro y veras que miedo le entra. ¡Ja, ja, ja! —dijo Julio al terminar la nueva falsificación.

Al rato se marchó a su casa y yo me acosté. Un par de horas después, me desperté. Tenía un mal presentimiento. Encendí el ordenador y borré lo que habíamos hecho con la grabación.
Al día siguiente desayuné con mi padre y tras despedirme de él, me fui al instituto.

Cuando regresé a casa, vi extrañado que había mucha gente allí. Todos muy serios, consolaban a mi madre que no dejaba de llorar.
Mi padre había muerto en un accidente de tráfico cuando se dirigía al trabajo.

viernes, 7 de octubre de 2016

Extraño triángulo

Cuando estábamos a punto de irnos de vacaciones, mi hermano nos regaló un GPS.
— ¡Veréis como os va muy bien en el coche! —Nos dijo éste — ¡Siempre os liais con los mapas!
Y tenía razón. Ana y yo éramos bastante inútiles en cuestión de orientación e interpretación de planos. El regalito nos pareció de lo más útil y nos mostramos muy agradecidos al recibirlo. Días después comenzamos nuestras vacaciones y tomando nuestro pequeño utilitario, nos dirigimos al hotel donde teníamos reservada la habitación. Nada más meternos en la, para mí, inmensa  y confusa red de carreteras, pusimos en marcha el aparatito.



“En doscientos metros colocase a la derecha” y  cosas así ordenaba con una agradable voz femenina el GPS. Se sabía los mapas como la palma de su mano, si la tuviese, y no dudaba jamás en los cruces, rotondas y salidas de autopistas, algo que mi novia y yo hacíamos por doquier.
—Voy a cambiar la voz esa en el GPS —dijo Ana mientras manipulaba el aparato. — ¡Ya me canso de oír siempre a esa tipa!
Seleccionó entonces la de un viril hombre. He de reconocer que me gustaba mucho más la voz de la chica, pero no tenía ganas de discutir con mi novia por una tontería así, por lo tanto,  me mantuve calladito.
El GPS siguió dándonos instrucciones todo el resto del viaje. “En la próxima rotonda tome la tercera salida” o “gire a la derecha en cuanto le sea posible”.
Ana y yo obedecíamos sin rechistar cuando alternativamente conducíamos. Entonces, en una recta sin cruces ni nada parecido,  el GPS soltó una enigmática frase que nos dejó boquiabiertos:
—Gracias por llevarme con Ustedes de vacaciones.
Nos echamos a reír. Ana, regocijada, le respondió:
— ¡De nada!
Y el aparato le contestó, aumentando más aún nuestra sorpresa:
—Está siendo un viaje muy agradable.
Ya no nos pareció tan divertido y serios, nos mantuvimos callados.
El GPS continuó dándonos instrucciones hasta que al fin llegamos al hotel.
— ¡Han llegado Ustedes a su meta! —informó categóricamente el aparato.
Lo apagamos y descargamos las maletas. Tras tomar la habitación, dimos una vuelta por la aquella localidad, sin tocar más el coche en el resto del día, olvidando las extrañas palabras del GPS.

La mañana siguiente decidimos dar una excursión por los alrededores. Tras desayunar, mientras Ana preparaba algo de comida para el viaje, yo tomé el automóvil y le indiqué al GPS que me indicase la ruta a la gasolinera más cercana, pues el depósito de combustible del vehículo estaba bastante seco. Siguiendo de nuevo las instrucciones del aparato, encontré el establecimiento en pocos minutos. Tras repostar, volví al hotel para recoger a Ana. Entonces, cuando llegué a la puerta del hotel, el GPS volvió a tomar el solo la voz femenina y sorprendentemente me dijo:
— ¡Tiene Usted una voz tan agradable! ¡Me gusta tanto escucharlo!
¿Lo estaba soñando o me estaba volviendo loco? Sea lo que fuera, lo apagué de inmediato y abandoné a toda velocidad el vehículo. Fui a buscar a Ana y sin decirle nada de lo ocurrido, comenzamos la excursión. La voz del GPS volvió a ser la del viril hombre y no dijo ninguna cosa extraña.
¿Me lo habría imaginado yo todo?
Al finalizar la jornada, regresamos al hotel sin más incidentes.
A la mañana siguiente decidimos dar otra vuelta con el coche, recorriendo con él la parte montañosa de la comarca. Parecía ser un día sin problemas, hasta que nos detuvimos junto a una librería. Yo quería comprarme un libro y Ana prefirió esperarme sentada en el coche. Sin dilatación entré en establecimiento e hice la compra y cuando regresé al coche, encontré a mi novia llena de nervios que apresurada, le arrancaba los cables al GPS.
— ¿Qué pasa? —le pregunté al ver lo que estaba haciendo.
— ¡El muy desgraciado me ha dicho que porque no te abandonábamos aquí y nos marchábamos solos! —respondió Ana excitada. —Pensaras que me he vuelto loca, pero te aseguro que eso lo que me acaba de proponer….
— ¡Te creo! —afirmé empezándome a ponerme nervioso también. — ¡Este cacharro es muy raro!
No lo pusimos en marcha más en todo el resto de las vacaciones.  Como era de esperar, nos equivocamos entonces  en todos los cruces, rotondas y carreteras, llegando al fin a casa con bastantes horas de retraso.
Al día siguiente del regreso a casa, mientras Ana se fue a ver a sus padres, yo bajé al garaje e introduciéndome en nuestro coche, puse en marcha de nuevo el GPS.
— ¡Por fin! ¡Gracias a Dios que ha vuelto Usted! —respondió angustiado el aparato, de nuevo con su sensual voz femenina.
— ¿Pero qué es esto? —me pregunté a mi mismo, pensando de nuevo que me había vuelto loco.
—Arranca el coche y vámonos juntos lejos de aquí. —Volvió a hablar el GPS. — ¡Esa chica no es la que te conviene!
— ¿Qué?
—Si me haces caso, yo te haré muy feliz. ¡No seas tonto y créeme!
Sin querer seguir escuchando al aparato, lo apagué. Lo metí en su caja y me dirigí a casa de mi hermano. Le devolví el regalo.
Ana y yo no volvimos a hablar del asunto del GPS.

Una semana después, mi hermano dejó a su novia.