El antro del peor escritor del mundo

lunes, 13 de junio de 2016

Superhéroe

Miro mi sombra, bajo la lechosa luz de la luna. ¡Qué figura! ¡Qué musculatura! ¡No me sorprende que los malhechores huyan aterrorizados nada vas verme llegar!

Estoy aquí, en lo más alto de un edifico, vigilando. Mi poderosa vista todo lo ve. Mi agudo oído percibe el más leve sonido. Nada escapa de mi control.

Sé que no soy apreciado. El público no reconoce mis méritos. ¡Desagradecidos! ¿Qué sería de esta ciudad sin mí? ¡Los criminales se apoderarían de ella y el pánico reinaría!
Sí, lo sé. La gente no me quiere.
Estoy preparado a ello. Lo he asumido.

Pero no bajaré la guardia. Continuaré escrutando la ciudad. Mi servicio al público nunca cesará.

¡Pero! ¿Qué veo?

¡Malditos criminales! De nuevo algo ilegal se realiza en la ciudad….

¡Y de ninguna manera lo voy a permitir!

Salto desde lo alto de la azotea. Me agarro con mi poderosa mano en una cornisa y hago una pirueta. Apoyo mis pies en la fachada, sin dejar de descender a gran velocidad, tomando más impulso y finalmente, caigo con los pies juntos, cual gimnasta en una olimpiada, junto al  degenerado criminal.

Este se aterroriza al verme caer. Tiembla.

Mi férrea mano lo agarra por el cuello, alzando  unos centímetros su cuerpo, de aspecto enfermizo al compararlo con el mío.

— ¿Creías que ibas a escapar de mi vista, malandrín? —le pregunto con mi voz atronadora.
— ¡Ha sido sin querer! —Gimotea el rufián—. ¡No pretendía hacerlo!
— ¡Seguro! ¡Todos tenéis siempre las mismas excusas!
— ¡Por favor, se lo aseguro, no volverá a ocurrir!
— No sé, no sé…….. ¡Debería aplastar tu cráneo contra el bordillo de esta acera!
— ¡No, no me haga daño! ¡Se lo suplico!
—Está bien.

Lo dejo caer en el suelo. Sus piernas flaquean al tocar estas de nuevo el suelo, mientras su perrito observa todo lo ocurrido.

— ¡No se preocupe, Señor, ahora mismo lo limpio! —Continúa el maleante con sus falsos pretextos—.  ¡Es que me he despistado un poco y!……
— ¡Cállate, malhechor! No quiero seguir oyendo tus embusteras palabras.

Aquel tipo extrajo una pequeña bolsa de plástico de un compartimento que colgaba  de la correa con el cual paseaba a su perrito, y utilizándola a modo de guante, recogió el excremento que el diminuto can había defecado.

— ¡Así me gusta!—exclamé satisfecho.
— ¡Gracias Señor!
— ¡Deposítalo de inmediato en aquel contenedor de basuras domésticas!
— ¡Ahora mismo, Señor!

El criminal obedeció al instante mis órdenes y luego, temeroso, se me quedó mirando.

— ¡Ya sabes! —le espeté—. Ordenanza municipal A-213 sobre el comportamiento de mascotas en la vía pública. ¡Que no vuelva a ocurrir!
—Sí, Señor. Ya tendré  muchísimo cuidado en ello….

Sin dejarle terminar la frase, dando un poderoso salto, desaparecí de allí.

Trepé por otra fachada, hasta a una nueva azotea, para vigilar de nuevo.

Me sentía satisfecho. Uno nuevo criminal había sido escarmentado.
¡Hay, esos ingratos ciudadanos! ¡Continúan sin apreciar mi trabajo!
¡No importa! Seguiré aquí, vigilando, manteniendo la ley y el orden…..

¡Pero!….¿Qué veo? ¡No es posible!

Un nuevo crimen está siendo efectuando.

Un alocado conductor ha dejado su vehículo….. ¡En doble fila!


¡No lo permitiré!

1 comentario:

  1. jajajja, ojalá todos los delitos fuesen de ese calibre. El mundo sería mucho mejor y además con super héroe incluido. ¡¡Genial!!
    Saludos

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