viernes, 10 de junio de 2016

Demasiado viejo para el rock and roll

Eran las siete de la tarde, cuando, estando sentado en el sofá, mientras leía un libro que no me estaba gustando nada, escuché voces en la calle:
— ¡Gómez! ¡Gómez!
Mi mujer, sentada en frente a mí, leyendo algo de su trabajo, levantó su vista por encima de sus gafas de cerca y me sugirió:
—Me parece que te están llamando….
— ¿A mí? —respondí sorprendido.
—Sí, a ti.
¿Es el momento de sacar viejos trastos?

Me levanté del sofá y me asomé por la ventana. En la calle había tres tipos, de la misma edad que yo y con una alopecia más que semejante a la mía, mirándome.
— ¿Qué queréis de mí, pandilla de percebes? —les pregunté desde mi tercer piso.
— ¡Queremos que vengas con nosotros, viejo carcamal! —Respondió uno de ellos, mientras los otros dos sonreían—. ¿O tu mujer no te deja salir de casa?
 Miré a esta, preguntandole:
— ¿Puedo?
Ella se quitó las gafas y con gesto mal humorado me respondió:
— ¡A mí no me vengas con esas ahora! ¡Siempre has hecho lo que te ha venido en gana!
Me asomé de nuevo por la ventana y les grité:
— ¡Esperad, capullos! Ahora bajo.
Me puse otra camisa y cuando le di un  beso de despedida a mi mujer, esta me dijo:
— ¡Ten cuidado con lo que tomas! ¡Ya estás mayor!
 La dejé y al bajar por el ascensor, me dije a mi mismo, mientras me miraba en el espejo que hay en el interior de este:
—Sí, tiene razón, estás hecho realmente un abuelo.
AL salir a la calle, uno de mis tres amigos me espetó nada verme aparecer:
— ¡Jo tío! ¿Has tenido que ducharte o algo así? ¡Has tardado un huevo!
— ¡No me toques las pelotas, Briz!—respondí sonriente— ¿Qué coño pretendéis hacer?
—Ir a un bar a tomarnos unos bichos y cerveza. ¿Qué otra cosa podía ser? —contestó Gutiérrez.
— ¡Vale! —concluí.

Mis tres viejos amigos y yo merodeamos  unos minutos por las calles, en búsqueda de un bar que nos pareciese adecuado, conversando de nuevo, soltando más tacos y otras cosas mucho peores. ¡Estábamos solos y nos encantaba hacerlo!
Al fin, nos introdujimos en  una cafetería solicitando calamares, patatas bravas y abundante cerveza. Las palabas mal sonantes y los chistes de escasa elegancia continuaron fluyendo, hasta que se hizo la hora de regresar a casa.
Pradas, el tercero de mis amigos, recogió el dinero que entre los  cuatro aportamos y fue a la barra a pagar.
—Tenemos que salir más a menudo, chavales. —Enunció Briz—. ¡No podemos vernos solo en los entierros!
— ¡Sí! —Continuó Gutiérrez—. Lo de Matías ha sido una putada.
— ¡Y que lo digas! —añadí—. ¡Era elmás deportista de todos nosotros! ¡El que llevaba una vida sana!….. ¡Y un cáncer de próstata  va y se lo lleva por delante!
Pradas, al ver nos en esa actitud, nos reprochó.
— ¡Eh! ¡Cabrones! ¡No os pongáis en plan depre ahora! ¡Si queréis  llorar, os quedáis en casa con vuestras mujeres!......... ¡Pero a mí o me jodáis más!
Abandonamos el local y continuamos charlando mientras avanzábamos por la calle, en dirección a mi casa.
— ¡Mirad! —Exclamó Gutiérrez, señalando con un  dedo un bajo en el que  ahora había un local comercial— ¿Os acordáis?
— ¿Cómo no? —Respondió Pradas—. ¡Con la de veces que hemos tocado ahí!
En nuestra juventud, esos tres tipos, el difunto Matías y yo mismo habíamos formado un grupo de música rock. Funcionó una temporada y cuando empezaron a sonar algunas de nuestras maquetas en las  emisoras de radio locales, la mili acabó con nuestras pretensiones. Cuando todos terminamos el servicio militar obligatorio, ya nadie tuvo ganas de volver a tocar.
— ¡Sí! —continué yo—. Entonces ese local era el pub ”London”. Ahora es una oficina de seguros……
— ¡Joder! ¡Qué asco! —Exclamo Briz—. ¡Lo que teníamos que hacer es volver a tocar!
— ¿Nosotros? —Contestó Gutiérrez—. ¡Sí todos pasamos los cincuenta con creces!
— ¿Y qué? —Continuó Briz—. ¿No podemos hacer ahora lo mismo que hacíamos cuando teníamos dieciocho años?
— ¡Me temo que no! —Sentenció Pradas.
— ¿Por qué? —Volvió a responder Briz—. Si no lo hacemos ahora, es por cobardía……
— ¿Os acordáis aquella noche, cuando saltamos el muro del colegio de monjas y atamos un hilo a la campanilla que había en la entrada, y luego la hicimos sonar desde la calle? —pregunté ilusionado.
— ¡Sí! Las monjas debían pensar que era algún fantasma —respondió Pradas, riendo a carcajadas.
— ¿O cuando, con ese mismo hilo, colgamos  dos platos de plástico blanco y una linterna, en medio de la calle Mayor?  —preguntó Gutiérrez.
—Sí. Pasamos el hilo de mi casa a la de Matías, que vivía en la finca de enfrente. —Añadió Pradas—. ¡La gente flipaba!¡Pensaba que era un platillo volante!
— ¿O aquella noche en que Gómez pilló el flash de la cámara de su padre y escondidos en un jardín, les pegábamos flashazos a los coches que pasaban? —Continuó Briz—. Los pobres conductores pensaban que un radar les estaba multando.
— ¡Tíos, éramos unos delincuentes! —Exclamé sonriente— ¡Pero como lo pasábamos!
— ¡Sí! —respondió Pradas serio—. ¡Pero todo eso ya acabó!
— ¡Y una mierda! —Contestó Briz— ¿Os acordáis cuando Matías decía, cuando íbamos por las calles? — ¿Queréis correr?— ¡Y le pegaba una patada a la primera puerta que encontraba!
— ¡Sí! —contesté—. ¡Y todos salíamos corriendo, partiéndonos de risa!
Briz me miró a los ojos y acercándose a la puerta de una planta baja, donde vivía gente, comenzó a decir:
— ¿Tenéis ganas correr?
— ¿No serás cabrón? —pregunté asombrado.
Briz pegó tres patadas en la puerta y  salimos todos corriendo, alejándonos por la calle. Escuchamos como la puerta se abría y la voz de una mujer nos gritaba:
— ¡Gamberros!
Continuamos corriendo, riendo salvajemente, hasta que me giré.
— ¿Dónde está Briz? — me pregunté preocupado.

Entonces lo vi. Estaba tumbado en medio de la calle, retorciéndose de dolor.

Al día siguiente nos dejaron entrar en su habitación en el hospital. Había sido un ataque al corazón.
— ¡Vaya susto nos diste ayer, cabrón! —le dijo Gutiérrez.
— ¿Ves cómo ya no podemos hacer las mismas cosas que cuando éramos jóvenes? —añadió Pradas.
— ¡Todas no! —respondí—. Pero en cuanto que el capullo este salga de hospital, empezaremos a ensayar de nuevo. ¡Volveremos a tocar!
Briz, con un hilillo de voz, a través de su mascarilla de oxígeno, contestó:
— ¿Seguro que podremos? ¡Somos muy viejos!
— ¡Recordad aquella canción! —Enuncié con aire dramático—. ¡Nunca se es demasiado viejo para el rock and roll!1

1 Es una canción de Jethro Tull, en el álbum del mismo titulo Too Old to Rock 'n' Roll: Too Young to Die! (1976)


1 comentario:

  1. Muy buena :) Me e reído mucho con esa panda de viejos y desde luego tienen razón no tenemos porque dejar de privarnos de las cosas que nos gustan por la edad que tengamos,por lo que digan los demás, hazlas porque te apetezca y punto :)

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