El antro del peor escritor del mundo

viernes, 22 de abril de 2016

¿El valor? Se supone. Introducción.

Introducción.

14 de Agosto de 2009. A las 13:25

El ruido del aparato empezó a escucharse en la lejanía, observándose al principio como un diminuto punto en movimiento sobre el horizonte.

— ¡Mira Papa! ¡Un helicóptero! —Exclamó alegre el mayor de los dos niños, mientras estos se bañaban, acompañados por un hombre de unos cuarenta años, en la orilla del mar.

Los tres salieron del agua, pisando la fina arena de aquella plana, mientras que la nave se acercaba rápidamente hacia ellos, siguiendo la línea de la costa. De repente, la máquina pasó estruendosamente a escasos metros sobre sus cabezas, desapareciendo en pocos segundos en la distancia y dejando de escucharse su motor.

— ¿Es un helicóptero de la Policía? ¿No, Papa? —Preguntó el menor de los chiquillos.

—Sí. —Respondió el hombre, mientras tomaba de la arena un par de toallas y las lanzaba sobre las cabezas de los niños, medio jugando.
— ¡Venga, secaros! ¡Nos tenemos que ir a casa ya! ¡Hay que hacer la comida aún!

Los dos chicos las pasaron levemente sobre su piel, colocándose unas camisetas sobre sus aún mojados cuerpos. El hombre se secó a conciencia y tras vestirse este, los tres se encaminaron entre las dunas cubiertas de escasa vegetación hacia el grupo de casas que formaban el pequeño barrio,  donde ellos poseían una. Algunas personas veraneaban allí, alejadas de los turistas y del calor sofocante del verano.

Al abandonar la arena, se introdujeron en una de las calles cubiertas por  asfalto, abrasado por el sol , notando de nuevo el implacable calor del sol.

— ¿Papa? —Preguntó de nuevo el mayor de los niños—. ¿Tú has subido alguna vez en helicóptero?

El hombre sonrió, mientras se quitaba el sudor de su frente con el dorso de una de sus manos y contestó:

—No. Pero una vez estuve a punto de hacerlo, cuando estaba en la Mili.
— ¿La Mili? — Inquirió el más pequeño— ¿Qué es eso?

El adulto volvió a sonreír y pausadamente, respondió:

—Un sitio donde te disfrazabas de soldado, durante trece meses, perdiendo el tiempo tontamente.
— ¿Qué? —Preguntó de  nuevo el niño extrañado.
— ¡El Servicio Militar Obligatorio! —Exclamó su hermano, demostrando que sabía que era aquello.
— ¡Cierto! —Respondió su Padre, soltando una larga carcajada, cuando se acercaban a la casa donde pasaban los meses del verano, rodeada por un pequeño jardín y una baja barandilla.

Entonces este se sorprendió al ver a una cara berlina alemana, con matrícula de la misma procedencia, aparcada cerca de la entrada de su vivienda. Los tintados cristales del automóvil impedían ver al interior de este.

— ¡Hala! —Exclamó el más pequeño de los niños—. ¿De quién es ese cochazo, Papa?
— ¡No tengo ni idea! —Contestó este—. Será de algún guiri que se ha perdido, buscando a alguien.

Los dos niños y su padre llegaron al fin a la entrada de la casa, abriendo la verja de la barandilla. Entonces el hombre escuchó tras su espalda como una de las puertas del automóvil se abría y una voz femenina pronunciaba una palabra.

— ¿Nadie?

Hacía más de veinte años que alguien le había llamado así. Y solo una mujer lo había hecho en toda su vida.

Asombrado, el hombre se dio media vuelta. La persona que había dicho aquella palabra, se quitó las grandísimas gafas de sol que cubrían parcialmente su rostro y volvió a hablar:

— ¡Sí, Nadie! ¡Eres tú!


Entonces, en la mente de aquel sorprendido hombre, todo lo que había ocurrido hacía más de dos décadas, volvió a suceder.

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