El antro del peor escritor del mundo

miércoles, 13 de enero de 2016

Tocar o morir. 6

Mis compañeros, boquiabiertos, me miraron sorprendidos ante mi extraña actitud.

— ¿Pero qué te está pasando?— me inquirió Esteban, seriamente preocupado por mi salud mental.

Entonces la habitante de aquel pueblo más cercana al estrado, una mujer de unos cuarenta años, se abalanzó sobre mí, intentando morderme en la yugular. Yo, ya un tanto recuperado de mis anteriores carreras por las calles de aquel lugar, le aticé bruscamente en el cráneo a aquella desgraciada, haciéndole caer de bruces a la arenas de la plaza.
Aquella brutal acción por mi parte, dejó estupefactos más aún a mis colegas. Me giré desesperado hacia el escenario, suplicando a los tres músicos.

— ¡Tíos, tocad! A la gente de este pueblo les ha pasado algo raro y se comportan como si fuesen zombis. Con todos los que me he encontrado han intentado acabar conmigo.
— ¿Qué? ¿Estas, loco?— respondió Esteban sin dejar de preguntarme. — ¿Y el chaval que nos ha ayudado antes?
— ¡Se lo han cargado!
— ¡Rayos!— exclamó Raúl
—He descubierto que cuando tocáis, esta gente se queda amuermada, ¡paralizados!— continúe con mi extraña explicación.

Esteban, en ese instante, alzó su brazo derecho, señalando con el índice, gritando:

— ¡Cuidado! ¡Detrás de ti!

Me giré con rapidez y vi como la mujer de antes, sorprendentemente, se había levantado del suelo, a pesar del potente golpe que le había propinado y que de nuevo se lanzaba sobre mí.
Sin ningún miramiento le di un nuevo palazo, esta vez en su rostro, haciéndola caer de espaldas.
Pero la escena que contemplé me horrorizo más aún. La plaza se había llenado de nuevos zombis y todos se acercaban, lenta, pero incesantemente, en dirección a nosotros.
Volví a dirigirme a mis amigos y de nuevo les pedí:

— ¡Tocad, si queréis salir vivos de este lugar!
— ¡Sí! ¿Pero qué?— preguntó lleno de pavor Esteban.
— ¡Lo que sea!— grité mientras enarbolaba de nuevo la pala, dispuesto a enfrentarme a un nuevo  lugareño.

Entonces volvieron a tocar, desafinando terriblemente por causa del terror, la canción que habían estado interpretando antes: la versión instrumental de Escuela de Calor.
Suspiré profundamente, mientras bajaba mi improvisada arma. Aquella gente volvió a quedarse inmóvil.

Parecía que realmente, la música amansaba a las bestias.

Pero la situación era crítica. Mis amigos no podían estar tocando toda la noche. Yo podría subir y colaborar, quizás turnarnos, pero no hacía ni media hora que había oscurecido. Faltaba mucho tiempo para que volviese a salir el sol y confiar que el amanecer hiciese desaparecer a esos monstruos. Pero, eso era solo una suposición mía.


Debía hacer algo, o acabaríamos devorados por aquella gente.

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