viernes, 15 de enero de 2016

Tocar o morir. 7

De repente cesó la música. Yo me giré desesperado, mirando a mis compañeros. Estos, más asustados que yo, comenzaron a gritarme:

— ¡El diferencial ha vuelto a saltar! ¡Es el equipo de voces!

Los zombis comenzaron a acercarse peligrosamente al escenario, al recuperar el movimiento. Yo, sin soltar la pala, salí disparado hacia el cuadro eléctrico donde estaba conectado nuestro equipo,  gritándoles a la vez:

— ¡Desconectad la mesa de mezclas!— pues ese elemento era el que nos solía producir ese tipo de problemas.

Los zombis comenzaron a subir trabajosamente al escenario y mis compañeros, sin saber qué hacer, daban pasos hacia atrás, mientras Raúl hacía lo que yo les había ordenado.

Desesperadamente, activé de nuevo el diferencial. ¡Nada! No funcionó. Se disparaba de nuevo, sin poder encender  el equipo. ¿Qué demonios estaba sucediendo?

Subí al escenario y con un fuerte golpe de pala, hice caer a uno de los lugareños de este al suelo. A una señorita, que en una situación distinta, hubiese tenido un aspecto inmejorable, sin ningún miramiento, la golpeé en su bajo tórax arrojándola a la arena.

Le di la pala a Raúl y este, usándola como yo, mientras Esteban y Javi utilizaban sus instrumentos como armas, comenzaron a enfrentarse a los zombis, arrojándolos del escenario.

Ante aquella escena dantesca, luchando mis amigos contra aquella horda bestializada de público lugareño, revisé nuestro equipo en búsqueda del fallo eléctrico que hacía saltar el diferencial.
Entonces vi que sobre el manojo de cables donde estaba conectado el juego de luces, estaba la botella de un refresco tumbada, vaciándose lentamente, gota a gota, humedeciéndolo todo. Sin duda este era el problema. Desconecté las luces y con un extraño y felino salto, inusual en mi cuerpo, descendí del escenario y esquivando a los zombis, regresé, al cuadro eléctrico. Activé el diferencial y por suerte, nuestro equipo se encendió.

Mis compañeros dejaron de luchar, volviendo a ponerse a tocar y de nuevo, los zombis entraron en su estado letárgico.
Yo subí al escenario y sin ningún miramiento, arrojé al suelo, dándoles empujones, a los pocos zombis que en él quedaban.

Sí, la música volvía a sonar, frenando a aquellas gentes y había solucionado el problema que hacia enmudecer a mis compañeros. Pero aún no sabíamos cómo salir de allí.
¿Y si acercaba la furgoneta al escenario y mis compañeros descendían rápidamente de este y nos marchábamos de aquel diabólico pueblo, atropellando a aquellos zombis? No era mala idea.

Descendí del escenario y anduve los cien metros que separaba nuestro vehículo de este, esquivando los inmóviles zombis. Al legar a la furgoneta, abrí la puerta y me senté en el asiento del conductor. Cuando me dispuse a poner en la marcha, descubrí  aterrorizado que las llaves no estaban puestas.
Entonces recordé que le habíamos pedido al chico que nos había ayudado, que apartase la furgoneta del escenario y que la aparcase junto a su coche. Sin duda, las llaves la llevaba ese chico en alguno de sus bolsillos.

Nervioso, descendí de la furgoneta y miré en el interior de su vehículo. Estaba cerrado con llave.
Decidí regresar al diabólico bar, para recuperar las llaves de la furgoneta y crucé la plaza atestada de estáticos zombis, sin quitar la vista de estos.
Mis compañeros, atónicos, no sabían que estaba haciendo yo, pero no dejaron ni un segundo de tocar.

Corrí de nuevo por las estrechas callejuelas y llegué al fin al bar. Mi sorpresa fue mayúscula.
¡El cadáver del chico había desaparecido!
Solo quedaba de él aquel inmenso charco de sangre. La frustración se apoderó de mí.
Pero entonces vi algo que me llenó de esperanza. Detrás del mostrador, entre unas botellas de Ponche Caballero, Anís del Mono y Coñac Terry, había un radiocasete.
Tembloroso, lo puse en marcha.

¡Funcionaba! En aquel aparato escuché a Julio Iglesias cantar. Odiaba su música. ¡Rayos!, yo era un roquero, pero esa noche me sonó a gloria.
Cogí el radiocasete y a toda velocidad regresé al escenario donde mis compañeros, agotados, seguían tocando. Subí a este, enchufé el aparato y le acerqué un micrófono al altavoz.
En toda la plaza resonó entonces una canción de Miguel Bosé. No me gustaba nada, ¡pero algo es algo!

Mis compañeros pudieron al fin  dejar de tocar. Con el sonido del radiocasete, los zombis continuaban  también paralizados

— ¿Alguno de vosotros sabe hacer un puente? No tenemos las llaves de la furgoneta— les pregunté.
— ¡Ni idea!— respondió Esteban. Raúl y Javi negaron con sus cabezas
— ¡Joder!— exclamé decepcionado— Tendremos que intentarlo o la palmaremos aquí.

Sigilosamente, como si tuviésemos miedo de que aquella gente despertase de su letargo, nos dirigimos a la furgoneta, introduciéndonos en ella. Cerramos las puertas con el seguro y yo mismo intenté hacer un puente.

¡No lo conseguía! Nunca lo había hecho.

Me sentí un inútil.

Pero entonces sucedió algo terrible. En la emisora que sonaba en el radiocasete, cesó la canción de Bosé, comenzando una interminable serie de anuncios publicitarios.

¡Los zombis salieron de su sopor y recuperaron el movimiento!

Tras unos segundos de desconcierto por su parte, estos descubrieron que estábamos metidos en la furgoneta y entonces, descargaron sobre la furgoneta todo su furor.
Nosotros, aterrorizados, gritábamos mientras aquellos monstruos golpeaban a la furgoneta, agitándola salvajemente. De un momento a otro, iban a romper los cristales de esta y eso supondría nuestro fin.

Pero sucedió algo maravilloso. 

¡David Bowie cantaba Starman!

 Habían acabado los anuncios en la radio. Era nuestra salvación…. ¡temporal!

Entonces reconocí al muchacho que nos había ayudado a montar el equipo y que había aparcado la furgoneta. Él era una de las bestias que había atacado salvajemente a la furgoneta.

¡Se había convertido también en un zombi!

Con sumo cuidado, abrí la puerta y descendí de la furgoneta. Metí mis manos en sus bolsillos y encontré las llaves de nuestro vehículo.

¡Estábamos salvados definitivamente!

Regresé al asiento del conductor y con un gran suspiro, encendí el motor.

Y así, tras pasar por encima de alguno de aquellos zombis, mientras sonaba en aquel pueblo la maravillosa Starman, nos alejamos de allí a toda velocidad.

Esteban, con rostro airado, me espetó llenándome de sorpresa:

— ¡Jo, tío! ¡Menuda nochecita te has pegado! ¡Nosotros tocando sin parar y tu, por ahí de fista con los zombis!



Dos horas después llegamos a otro pueblo. En este había un cuartelillo de la Guardia Civil, donde unos soporíferos e incrédulos agentes tomaron nuestra increíble declaración.
Al amanecer, un todoterreno de los picoletos nos acompañó a Angustias, con fin de comprobar la veracidad de nuestra historia.
No encontramos a nadie. El radiocasete seguía sonando y en el escenario estaban la pala y los instrumentos ensangrentados.  En el bar encontramos el ya reseco charco de sangre y los rastros de la lucha.
Tómanos nuestro equipo y finalmente salimos de allí. Los agentes nos creían, pero no habían suficientes pruebas. Solo certificaron la total ausencia de habitantes.


Unos días después, al regresar a la casa de mis padres donde residía, tras estar un rato con mis aún conmocionados amigos,  me esperaba una extraña visita. Bajo la seria mirada de mis padres, que sospechaban en ese momento lo peor de mí por culpa de ello,  dos tipos que llevaban unos impolutos trajes negros, deseaban hablar conmigo a solas.
Accedí, confiando que esos hombres venían a informarme sobre el incidente de Angustias.
Pero fue todo lo contrario. Fui amenazado, diciéndome que no podía contarle a nadie lo sucedido, ni yo ni mis amigos. Si decíamos algo a la prensa, seriamos encarcelados, acusándonos de varios falsos delitos. Con la pinta que teníamos, era fácil de conseguir.
Tras asustarme bastante, desaparecieron.
Ni yo ni mis amigos volvimos a hablar de lo sucedido en aquella dantesca noche, pero estoy seguro que ninguno la olvidó.

Dejamos de vernos, abandonamos la música, seguimos nuestras vidas……

Pero ahora, más de treinta años después, he decidido contarles todo esto. Ya sé que es increíble, pero……..


¡No vayan nunca a Angustias!

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