El antro del peor escritor del mundo

lunes, 25 de enero de 2016

El proyector de diapositivas

Miguel abrió los ojos, sorprendiéndose de donde estaba. Parece ser que había estado durmiendo en aquel banco. Se preguntaba preocupado cuando tiempo había estado allí.
Estiró los brazos y las piernas, desesperanzándose y finalmente, bostezó al levantarse. No conocía aquella plaza y la verdad es que no recordaba cómo había llegado hasta allí, ni como finalizó aquella noche de juerga con los antiguos amigos.
Tras orientarse someramente, se metió por unas de las callejuelas, creyendo que por ahí llegaría al lugar donde había dejado aparcado su coche. Pensó en desayunar algo en un bar, pero todos los que encontraba en su camino estaban cerrados.
De repente llegó a otra plaza, donde numerosos vendedores ambulantes exponían sus mercancías. Entonces lo reconoció: era el rastro de los domingos. Hacía años que no lo visitaba y con sorna, pensó que no había cambiado casi nada. Algunos puestos de venta seguían pareciendo el resultado de verter un contenedor de basura en el suelo. Otros eran más interesantes, ofreciendo viejos libros, discos, películas y diversos objetos interesantes, con posibles compradores pululando como moscas sobre una mesa con migas de pan. Personajes poco recomendables se mantenían al acecho, dispuestos a ofrecer material robado recientemente, sin preocuparse mucho de la policía que por allí merodeaba.
Miguel se interesó en un puesto donde ofrecían algunas cámaras fotográficas antiguas, rodeadas de inservibles trastos, pero ninguna le pareció lo suficientemente atractiva como hacer un esfuerzo económico.
Cuando decidió dejar aquella plaza, escuchó una voz que parecía estar dirigida hacia él.

— ¡Caballero, caballero! ¡Tengo lo que usted necesita!

Miguel se giró sorprendido al ver al personaje sonriente que le observaba sonriente.

— ¿Es a mí? —preguntó.
— ¡Claro, caballero! ¿A quién sino puede interesarle este magnífico aparato?

Miró los artículos que aquel hombre, con ojos pequeños como guisantes y piel curtida y muy morena, le ofrecía. Este llevaba sobre su cabeza un sombrero, que en algún momento debió ser elegante y vestía una camisa blanca con un chaleco negro, acompañado por unos pantalones de rayas. Aquel regordete señor lucía además un reloj de bolsillo, con una enorme cadena de oro y fumaba un grueso puro, emitiendo una considerable estela de humo. No parecía que entre aquellas viejas batidoras, alguna plancha de vapor y un osciloscopio de funcionamiento dudoso, hubiese algo que atrajese a Miguel.

—Creo que no me interesa nada —dijo este con aire somnoliento.
—Señor, ninguno de estos nobles aparatos  que ha visto han venido a esta plaza para Usted.
— ¿Entonces?

El  sonriente vendedor sacó de debajo de la mesa portátil donde exponía su mercancía, una caja de cartón. Apartó algunos de los trastos y dejó está en su lugar, comenzando a abrirla.

— ¡Este es el aparato que Usted necesita! —afirmó ufano este.

Miguel miró sorprendido lo que sacaba de la caja. Parecía un extraño tipo de proyector, con un aspecto vetusto, casi sacado de una novela de Julio Verne. De repente se sintió atraído por él.

— ¿Qué es esto? —preguntó.
—Es un proyector de diapositivas……. especial.

Miguel recordó que tenía en su domicilio uno, pero se había estropeado hacía ya años. A él le agradaría ver aquellas viejas diapositivas que hicieron sus padres, con intención de recordar aquellos tiempos de alegría, pero al carecer del aparato necesario se sentía frustrado.

— ¿Funciona? —preguntó.
—Perfectamente, Señor.
— ¿Y cuánto vale?
— Diez Euros, Señor.

A Miguel le pareció un precio increíblemente barato. Sin duda, pensó, no funcionaba y lo estaban timándolo.

— Si le parece caro, Señor, le regalaré una caja de diapositivas, aptas para este aparato, que le ayudará a conseguirlo lo que anhela.

Miguel, a pesar de estar seguro de que aquel tipo pretendía engañarlo, aceptó y tras pagar la cantidad solicitada, metió el proyector y las diapositivas en su caja y se encaminó de nuevo en la búsqueda de su automóvil.

Un par de horas después, tras comer una pizza pre-cocinada, recordó su compra en el rastro. La había dejado sobre la mesa del salón. Sacó el aparato de su caja y después se fijó en las diapositivas. Las miró a contraluz y le sorprendió ver que eran totalmente opacas, de un negro impenetrable.
Las dejó en su cajita y tomó el viejo proyector. Lo enchufó y tras darle al interruptor, se alegró al ver que un potente chorro de luz salía a través del objetivo del aparato. Bajó todas las persianas de las ventanas, dejando a oscuras el salón y trajo las diapositivas familiares. Metió una de estas trabajosamente, pues el formato de esta no era exactamente el que admitía el proyector y encendió de nuevo el aparato.
Decepcionado, vio que sobre la pared no se proyectaba ninguna imagen. En su lugar, la luz que emitía el aparato parecía la entrada de un oscuro túnel. Sacó la diapositiva, comprobando su estado. Al ver que no le sucedía nada metió otras en el proyector, con los mismos frustrantes resultados. Pensó en acudir raudo al rastro, para recuperar su dinero al sentirse estafado, pero recordó que ya imaginaba antes que aquel trasto no debía funcionar y que se merecía todo aquello por tonto.
Entonces decidió introducir en al proyector una de las diapositivas que le entregó al vendedor. Pulsó de nuevo el interruptor y vio sorprendido que una luminosa imagen paisajista de un profundo valle se mostraba con extraña claridad sobre la pared.
Sacó esa diapositiva metiendo otra en su lugar. Un extenso prado apareció proyectado. La sorpresa de Miguel iba en aumento, pues la calidad de la imagen era increíble. Parecías más una ventana que la proyección de una imagen.

De repente, le pareció ver que la hierba de aquel prado se movía por el viento.

Aquello no podía ser. Miguel pensó que aquello era la proyección de algún tipo de vídeo. Sin duda,  aquello era un extraño y olvidado sistema de visualización de películas.
Se acercó a la pared y tras extrañarse al no ver su sombra sobre esta, al cortar él mismo el foco de luz con su cuerpo, le pareció oler aquella hierba. Alargó su brazo con la intención de tocar la pared donde se proyectaba esa imagen. Entonces sucedió algo insólito: 

Su mano la traspasó.

Debía estar soñando.





Regresó junto al proyector y sustituyo la diapositiva por otra. Una imagen de las dunas del desierto apareció entonces. La cambió también y surgieron unas montañas nevadas.
Finalmente colocó otra diapositiva y un bosque de altos árboles apareció en la pared.
Ya casi divertido, tomó un bolígrafo que había cercano a él y lo arrojó al centro de la imagen.

El bolígrafo traspaso la pared, cayendo a los pies de uno de esos árboles.

Entonces recordó lo que le dijo el vendedor:

Aquel aparato le ayudará a conseguirlo lo que anhela

De repente sintió necesidad de penetrar a través de aquella extraña ventana.

Sin notar ningún temor, decidió entrar él mismo en esa imagen. Avanzó directamente hacia la pared. Levantó la pierna derecha y la metió en esta. Notó el ruido de las hojas caídas de los árboles al ser pisadas. Entonces introdujo todo su cuerpo en esa proyección y se encontró dentro de aquel hermoso bosque.
Dio media vuelta. La luz de donde él provenía era negra. Ahora el “regreso” a su salón parecía un extraño túnel.
Pero no le apetecía regresar, no sentía temor. Más bien notaba una extraña euforia. Le daba la sensación de que allí iba a encontrar lo que necesitaba.

Entonces vio que a unas decenas de metros, detrás del extraño túnel de luz opaca por el cual él había llegado, se vislumbraba un pequeño prado. Lleno de ímpetu, camino hasta este, encontrando un pequeño sendero en el borde de este. Comenzó a seguirlo, notando que de una forma extraña no sentía ninguna preocupación al alejarse del posible regreso a su casa.

Tras caminar durante unos metros, encontró una encrucijada de donde partían más senderos. En este había una enorme piedra donde unos extraños caracteres parecían indicar información al eventual andante.

No le preocupó no entenderlos. De nuevo, sin temor alguno y con una alegría desconocida en él últimamente, escogió uno de esos senderos y comenzó a andar por él.

No sabía a donde le llevaba, ni si luego podría regresar a su mundo habitual ni a que se iba a encontrar, pero tenía la certeza de que iba a ser bueno. Sabía que allí estaba la solución de la triste soledad que sufría y que había pretendido evitar con inútiles métodos, como era el frustrado intento de ver diapositivas de su desaparecida familia.

Entonces se detuvo. Al final de aquel camino había una hermosa casa en medio del bosque. Sonrió. Allí estaba su remedio.

Se acercó a esta. Había tendida ropa a la luz de aquel brillante sol. Se encaró a la puerta de la casa y la golpeó con los nudillos.

Escuchó unos pasos menudos acercándose en el interior de la casa.

Alegre, esperó a que esta se abriese y recordó de nuevo lo que le dijo el vendedor ambulante que le había proporcionado el proyector de diapositivas:

“Este aparato le ayudará a conseguirlo lo que anhela”

Y la puerta se abrió y Miguel supo que por fin dejaría de sentirse solo.

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