viernes, 2 de diciembre de 2016

Oriónidas 16 Última entrega

¡Todo aquello era una farsa! La supuesta nave espacial era algo parecido a los simuladores  que hay en las ferias y parques de atracciones.

Asombrado por todo aquello, sin saber como reaccionar todavía, me quité el pesado casco que llevaba y dejando de ver a través de los sistemas electrónicos de éste, me separé de espaldas lentamente  del falso platillo volante. 

Entonces apareció Le Bon, descendiendo por la rampa del simulador, diciendome:

—Me temo, Arcadio, que vamos a tener que llevarlo a los sótanos de mi casa. 

—¡No pienso dejarme conducir a allí! ¡Farsante! ¡Estafador! —respondí enfadado.

—Lo siento, pero no tenemos otro remedio —continuó Le Bon. —Debemos utilizar el mismo tratamiento que la otra vez y borrarle de de nuevo la memoria. ¡Es Usted incorregible!  ¡En su caso siempre tropiezo con la misma piedra! 

— ¡Así que fue Usted quien me abandonó en aquel huerto de naranjos! ¿Quien me  dejó sin memoria?  —le grité enfurecido.

 — ¡No tuvimos otro remedio! —anadió Le Bon, continuando descendiendo por la rampa de la falsa nave espacial. —Usted vino a una de las reuniones sabáticas de la Organización, invitado por uno de los miembros de ésta, mostrándose muy escéptico desde el principio. La droga que producen nuestros hongos no le hizo el suficiente efecto y tuvimos que suministrarle unas dosis más potentes. El efecto de ésto ya lo conoce: perdida de memoria.

— ¡Que Usted aprovechó para sacar dinero de mis cuentas bancarias!.

— ¡Asi es! Como habrá visto ya, una de las cualidades de esos hongos es que convierte a quien lo ingiere en alguien fácil de convencer, dejándolo sin voluntad, obedeciendo todo lo que se le ordena y creyendo ciegamente todo lo que se le dice. ¡Algo maravilloso!


Vi como estefanía surgía  entonces por la apertura de la rampa, con inseguros y dubitativos pasos y volvía gritarle:

— ¡Ahora mismo voy a llamar a la teniente Mari Fé! ¡Voy a meterlo en la cárcel!

— Evidentemente, no podemos permitirle eso, Don Arcadio. ¡Detenedle! —respondió el médico.


Entonces me di cuenta de  la grave situación en que en realidad me encontraba. Me giré preocupado, observando que los fornidos y curtidos hombres de Le Bon, sonriendo, se acercaban a mi lentamente, rodeandome, con intención de atraparme y conducirme a su siniestra clínica, situada en los sótanos de la mansión. Uno de ellos llevaba una jeringuilla, dispuesto a clavarmela.

 No me apetecía en absoluto que eso sucediese. 

—¡No me vais a convertir de nuevo en un pelele!  —les grité, sin saber todavía como actuar

Entonces, utilizando el casco que llevaba en mis manos como arma, le di un golpe  con él en la cara al más cercano de aquellos gorilas. Éste se cubrió el rostro para mitigar el repentino dolor y me dispuse a golpear al siguiente, pero recibí un puñetazo en el vientre, 

 No puedo decir que me sentase muy bien aquello, pero  aun así, volví a usar el casco como arma, golpeando a mi agresor en lo más alto de su cráneo. No estaba dispuesto a dejarme atrapar, así que continué  después proporcionándole  una contundente patada en sus genitales.
No soy muy ducho en el tema de defensa personal, pero me sorprendí al ver que me las estaba apañando bastante bien.

Pensé en Estefanía, pero deduje que era mejor que saliese yo de allí primero. Ya tendría luego tiempo para ayudarla, aunque por las carcajadas que soltaba ésta, aún bajo los efectos de esos hongos, imaginé que ella se lo estaba pasando realmente bien.


El tipo de la jeringuilla se me acercó peligrosamente, mientras otro se avalanzaba sobre mi espalda. El casco me vino de nuevo de perlas, dándole lo más fuerte posible con él a éste, liberándome de su abrazo. Esquivé como pude al que quería clavarme la droga y comencé una loca carrera, perseguido por los empleados de Le Bon, sin soltar el casco aún.

Abandoné la sala principal del hangar y crucé como un poseso la habitación donde nos habíamos puesto los trajes de vuelo. Empujé la puerta de ésta que conducía al exterior, golpeando con ella sin querer al tipo que parecía que estaba de guardia, sorprendiéndole y haciéndole caer de bruces.Éste no pudo evitar que yo siguiese con la carrera y se sumó a los otros hombres que me perseguían. 

Pensé primero en llegar hasta mi coche y salir como un rayo de allí, dirigiéndome a toda velocidad al cuartel de la Guardia Civil, pero recordé que las llaves del deportivo estaban en mis pantalones, que desgraciadamente, seguían en el hangar del que, en esos momentos, huía desesperadamente.

Debía ponerme en contacto con Mari Fe, así que cambié la dirección de mi carrera y ante la sorpresa de mis perseguidores, me dirigí directamente a la mansión de Le Bon.

Entré por el mismo sitio por donde había salido anteriormente, tirando al suelo  todo lo que encontraba, intentando dificultar el paso a los que me seguían, con relativo éxito, pero eso me proporciono el suficiente tiempo  necesario para ponerme el extraño casco de nuevo.

Entonces me introduje en el comedor, donde estaban aún los invitados de Le Bon, sin duda todavía drogados por los hongos y bajo los efectos de éste.

Me coloqué en el centro de éste y alcé mi brozo derecho, a modo de saludo. Todos los presentes se sorprendieron al verme vestido de esa guisa. 








Llegaron entonces también los hombres e Le Bon, pero al haber tanta gente allí, se detuvieron y se quedaron silenciosos. No querían mostrar violencia ante toda aquella gente, asi que lentamente, se dispusieron a rodearme.

— ¡Terrícolas! —grité teatralmente a los invitados a la cena —¡Tengo un mensaje que comunicaros!

Todos se quedaron boquiabiertos y espectantes, incluidos los hombres de Le Bon.

— ¡Escuchad, humanos! —continué con mi extraña representación, sin quitarme aún el casco que me daba aquel extraño aspecto. —He de ponerme en contacto con mis compañeros. ¡Quiero que me prestéis uno de vuestros teléfonos móviles!

Todos los comensales, obedientes, sin voluntad y cretinamente crédulos, empezaron a ofrecerme sus aparatos, pues como hipnotizados por causa de los alimentos ingeridos, creían ciegamente todo lo que escuchaban, incluidas mis inverosímiles palabras.

Los hombres de Le bon, conscientes de lo peligrosa que se había vuelto la situación para ellos, estrecharon su cerco para atraparme como fuese. Los invitados, obsesionados con darme sus teléfonos, se amontonaron alrededor de mi con éstos en sus manos. Protegiéndome sin saberlo de mis perseguidores.

— ¡Amigos! —grité más histriónico aún, al darme yo cuenta de ésto. —Los hombres de Le Bon quieren impedir que yo realice mi misión. — ¡Debeis detenedlos! 

Los gorilas de Le Bon, sorprendidos, se detuvieron.

—¡Protegedme! —grité con todas mis fuerzas.

Todos los invitados se volvieron contra los hombres de Le Bon. Algunos los golpeaban con sus teléfonos, otros les propinaban puñetazos e incluso algunas señoras intentaban agredirles con sus caros bolsos.   

Al ver el cariz que tomaba la situación, los tipos de Le Bon salieron huyendo de allí. Yo sabía que eso no duraría mucho, pues en cuanto llegase el medico al comedor y se pusiese a hablar con los invitados, les haría cambiar de idea, con sus grandes dotes de convicción y éstos volverían sus ataques contra mí. 


No tenía tiempo suficiente. Aún así, debía llamar a Mari Fe y tomé uno de los numerosos de teléfonos de los abducidos  invitados de aquella extraña cena y me disponía a llamar al número del cuartel de la Guardia Civil, cuando vi la fecha y hora en el móvil. Algo ocurrió en mi mente, como un interruptor que activaba un recuerdo olvidado y recordé lo que me habían comunicado con sus correos electrónicos aquella mañana, indicándome lo que iba a suceder aquella misma noche, a esa misma hora.
Entonces tuve otra alocada idea. Tal vez así podía conseguir un poco más de tiempo.

Los hombres de Le Bon regresarían sin duda de inmediato con éste, que seguro que sabría cómo reconducir la situación en su provecho. 

Puse entonces en marcha la extraña idea que acababa de tener:

— ¡Amigos! —dije a los invitados más teatralmente aún que antes. — ¿Salgamos todos al exterior, donde menos luz haya!

Todos se quedaron boquiaviertos, sorprendidos y aún faciles de convencer por causa de aquella droga ingerida.

—¡Hoy!  —continue —mis compañeros extraterrestre  nos  van a ofrecer un espectáculo increíble!

Miradas de ilusión se reflejaron en sus rostros. ¡Se lo creían todo! Al ver el éxito de mi estratagema,  los conduje lo más rápido posible al exterior de la mansión, deteniéndonos en  los jardines de la casa, que era  donde menos contaminación lumínica había.

  Marqué entonces en el teléfono que me habían prestado el  número que yo había memorizado horas antes de acudir a casa de le Bon.

— ¡Cuartel de la Guardia Civil! ¡Dígame! —resonó en el aparato con marcado corte castrense.

— ¡Oiga! —contesté desesperadamente —me encuentro  en casa de Le Bon. Dígale a la teniente Mari Fe que soy Arcadio y que venga de inmediato aquí, con todos los agentes que pueda. ¡Estoy en grave peligro!

Colgué. Un rumor creció entre los que me rodeaban.

— ¿Qué ocurre?, ¿Va a pasar algo? ¿Qué hacemos aquí? —me preguntaban alrededor de mi  sin cesar alrededor de mi los crédulos invitados, sin saber éstos que sucedida. 

Me quité el casco al fin y alcé la mirada al cielo.

— ¡Callad y observad! ¡Vais a ver algo maravilloso! —les comuniqué nervioso, mirando la hora en el teléfono que aún portaba.

Todos levantaron la vista al firmamento. Entonces una estrella fugaz cruzó el cielo. Un instante después otra, seguida de varias. De repente se multiplicaron, aumentando de forma espectacular el número de estas.



Le Bon y sus esbirros  llegaron en ese instante, rodeándonos, pero boquiabiertos, Los sorprendió tanto a más que a los invitados lo que todos estábamos observando. 


¡Una auténtica lluvia de estrellas,la más potente que yo había visto jamás, inundaba el firmamento!

— ¡Pero!…. ¿qué es esto? —preguntó Le Bon asombrado.


Debía aprovechar aquel desconcierto general. No tenia mucho tiempo. Pronto eso disminuiría.


Entonces, aún sujetando el casco, alcé mi brazo derecho y continuando con mi comedia, señalé con éste a Le Bon,  exclamando teatralmente:

— ¡Son ellos…..que vienen a por Usted!

— ¿Qué? ¿Quiénes? ¿Los extraterrestres? —preguntó Le Bon sorprendentemente asustado. Algunos de sus hombres habían comenzado ya a huir.

—¡ Se equivocó  Usted conmigo, le Bon! ¡Llegó el momento de la verdad! —grité ante todos asombrados invitados

El médico estaba perplejo, los pocos de sus hombres que aún no habían huido no sabían que hacer. Lo malo es que yo tampoco.

Pero entonces escuché algo que me sonó de maravilla. Eran las sirenas de los coches patrulla de la Guardia Civil.

— ¡Se acabó! —afirmé satisfecho al asustado Le Bon.

La mayor nunca vista jamás lluvia de estrellas aconteció aquella noche.

Las Oriónidas, las estrellas fugaces que parecen provenuir de Orión, me había venido de perlas en aquella extraña noche de veintiuno de octubre.

¡Estaba asombrado! ¡Que casualidad que Sirio estuviese tan cerca en el firmamento de esa constelacíon!





La noche en el juzgado de guardia fue larga y tediosa. 
Con Le Bon y sus secuaces en los calabozos,  yo me sentía mucho más tranquilo. mientras yo declaraba narrando todo lo sucedido. 

También me enteré yo de muchas cosas esa noche. Todo empezó con una denuncia realizada por unos vecinos sobre unos extraños vuelos nocturnos de un  desconocido helicóptero. Para que ese tipo de aparatos vuelen de noche, necesitan un permiso especial y Mari Fe no tenia constancia de ninguno de ellos, civil, militar o policial. Entonces, casi sin enterarse, topo con la organizaciñon de Le Bon.

Entonces descubrió que éste  un psiquiatra suizo,  pero que había tenido problemas con la ley en diversos países. De extraña manera, había conseguido solventarlos sin acabar en la cárcel. Por la visto, estaba especializado en sectas pseudo religiosas.

Le Bon utilizaba con gran habilidad aquel hongo alucinógeno, "macrolepiota toxicum" que cultivaba en sus invernaderos, permitiéndole doblegar voluntades y creencias con gran facilidad. Había recalado en mis cercanías y su fortuna estaba aumentando considerablemente gracias a a aquel engaño de los extraterrestres.

Para ello había  contratado a una de pareja de ingenieros estadounidenses, especializados en parques de atracciones, construyendo la falsa nave espacial. Ésta  no era más que una sofisticada máquina de feria, un simulador de vuelo.  En los cascos, diseñados especialmente para ello, se utilizaban unas gafas 3D de realidad virtual, que ayudadas por la droga de los hongos,  creaba una sensación de  realismo del que ni el más pintado podía escapar de ese engaño. Bueno, excepto yo.
 Utilizaba  además esa droga, por medio de jeringuillas, para obligar a firmar cheques en blanco a sus victimas. Por lo visto, algo salió mal  la primera vez que fui a su casa. No creí aquel embrollo pseudo-científico de los extraterrestres y lo amenacé con denunciarlo. Entonces sus hombres me llevaron a su tétrico sótano y me suministro una gran dosis de su droga, extraída de aquel maldito hongo. Se excedió en esa dosis y entré en coma. 

Temeroso le Bon de que yo muriese en su casa, ordenó a sus hombres me abandonaron en el huerto de naranjos donde aparecí finalmente, comenzando así esta extraña historia.

Esos abusos me hicieron perder la memoria. Las cicatrices de pinchazos en mis brazos fueron causas por las jeringuillas que Le Bon me inyectaban para moldear mi mente.

Por otro lado, el helicóptero que escondían en el hangar y ocultaban en las” cenas” con los invitados, se utilizaba para gravar esas imágenes nocturnas que se usaban para simular esos vuelos. A si se explicaban las quejas de extraños ruidos nocturnos que algunos vecinos de la comarca exponían.

Cuando terminé de declarar ante el juez,  cuando el sol ya había despuntado en el horizonte y me disponía a regresar a mi casa,  me di cuenta de que debía enfrentarme a un nuevo  y casi más complicado problema: Estefanía, Ana y Mari Fé me esperaban  a la puerta del juzgado.

Me acerqué a ellas, para despedirme. Entonces la teniente fue la primera en hablarme:

—Siento haberme aprovechado de su perdida de memoria, Señor Fustabella. Lo cierto es que Usted y yo nunca hemos mantenido niguna relacción, pero le hice creer eso, para que me ayudase a descubrir el entramado delictivo de Le Bon.

— ¿Sí? ¡Vaya! ¡Lástima! ¿No? —respondí con una gran sonrisa de bobo.  Me gustaría haber visto al final ese vestido que decía Usted que tanto me gustaba.

— ¡Bueno! —contestó Mari Fe. —Quizas es el momento de convertir en realidad esa relación ficticia.....

Entonces me dio un beso en los labios y tras un saludo muy militar, se despidió, mirando de reojo a las otras dos mujeres y se introdujo en su coche patrulla, alejándose con él.  

Ana, después de todo esto, se me acercó, diciendome:

— ¡Menuda aventura has tenido! Me tienes que explicar todo eso que ha pasado.

— ¡Claro! No te preocupes. Pasaré por tu casa un día de estos — respondí.

— ¡No tardes mucho en hacerlo! — exclamó, dándome también un beso en los labios, marchándose y mirando de reojo a la vez a Estefanía.

Quedándome solo con ésta al final, le dije un tanto avergonzado:

— Siento que pasase anoche todo eso. Pasaste mucho peligro allí.

— ¡No te preoculpes! Te portaste muy bien y desenmascaraste a Le Bon. ¡Estoy orgullosa de ti!

Entonces me dió el tercer beso en los labios de aquella mañana, diciendome despues:

— Tenemos mucho que hablar. ¡Has cambiado tanto! 

Sin nada más que decir, me sonrió y se marchó en dirección a su coche, dejandome al fin solo.


Cansado y adormilado, tras aquella noche de extraterrestres y platillos volantes falsos y de maravillosas estrellas fugaces, necesitaba realmente descansar. Monté en mi deportivo y un tanto satisfecho, me encaminé a mi casa.

No sabía que hacer ahora, aunque tenía muchas cosas por delante.

Lo que si sabia que haría es que jamás olvidaría esa noche de preciosas Oriónidas. 


Fin

miércoles, 30 de noviembre de 2016

Oriónidas 15

Le Bon se levantó y yo, satisfecho, lo imité. Recordé en ese momento que en la nave había tres plazas en la cabina, así que le dije:

— ¡Sí! ¡Vamos al hangar! Pero que nos acompañe Estefanía.

— ¡Sí, sí! —dijo entusiasmada ésta. 

—No creo que sea buena idea —añadió Le Bon.

— ¡Oh, por favor! —suplicó ella, con una extraña voz que parecía alegre e infantil.

 Pensé que sin duda había ingerido esos hongos, presentes en todos los platos de aquella cena. Serio y tajante, contesté a Le Bon:

— ¡Ella debe acompañarnos!

Mi determinación se reflejó en el ahora preocupado rostro de Le Bon.

— ¡Ella no está preparada! —objetó éste.

— ¡Insisto, Señor! 

Le Bon frunció los labios y aceptó al fin.

— ¡Está bien! ¡Si usted tanto lo desea…!

Estefanía, sonriente y satisfecha, se levantó de la mesa y  ambos, acompañados por los omnipresentes hombres de Le Bon, seguimos a su jefe. 

Salimos así por una de las puertas secundarias de la mansión a la parte trasera de ésta, cruzando totalmente a oscuras los jardines que la adornaban, dirigiéndonos hacia el misterioso hangar. Le Bon dejó su habitual sonrisa, mostrando en su rostro la misma seriedad y dureza que sus hombres solían expresar, diciéndome con frialdad:

— ¡No crea que no se que Usted saltó la otra noche el muro que rodea mi propiedad! Lo estuvimos observando todo el rato. Le permitimos contemplar la nave a solas, para que de una vez, se convenciese de que todo lo que le digo es cierto.

Yo, como queriendo disimular, haciendo caso omiso a sus palabras, alcé la vista al cielo, contemplando la hermosísima bóveda celeste que éste nos ofrecía aquella noche.Las estrellas brillaban como nunca, diáfanas y rutilantes.

Orión, mi constelación preferida, comenzaba a alzarse por el Este en ese momento. 

Entonces, olvidando unos instantes lo que estaba haciendo en casa de Le Bon, recordé varios de los correos electrónicos que había leído aquella mañana. Eran de conocidos míos, aficionados también como yo a la astronomía, recordándome que en esa misma noche, la naturaleza nos deparaba algo realmente espectacular. Un acontecimiento reflejado en todas las efemérides astronómicas, que en esta ocasión, era mucho más grandiosa aún que en los otros años.


—  ¡Lástima! —  me dije en voz baja. — ¡No voy a poder verlo!


— ¿Qué? — preguntó Le Bon al escucharme.

— ¡Nada! Cosas mías.



Al acercarnos finalmente al hangar, me percaté de nuevo del olor de los hongos que surgía de los invernaderos que habían junto a éste. En mi mente crecían las sospechas de las cualidades de ese vegetal, al recordar la extraña jovialidad que yo padecía la noche que vi la nave por primera vez  y volé en ella. La conducta y aspecto de Estefanía, que había comido sin rechistar todos los platos de la cena,  hacía aumentar mis presentimientos.

Entramos por la puerta secundaria del hangar, accediendo a la dependencia donde estaban los trajes de vuelo.  Le Bon, Estefanía y yo  mismo comenzamos a ponérnoslos. Mi  todavía esposa se sentía feliz y contenta, con una extraña sonrisa en su hermoso rostro, que contrastaba con la gravedad de los rostros de las demás personas que estábamos allí, yo incluido.

Cuando estábamos al fin los tres preparados, tomamos los extraños cascos y de nuevo siguiendo a Le Bon, entramos en la enorme sala principal del hangar. 





En la oscuridad se apreciaba la silueta de la nave. Uno de los hombres de Le Bon accionó los interruptores que encendían los focos  principales. Estefanía lanzó una potente exclamación de admiración, al contemplar el platillo volante. 

— ¡Oh! ¡Qué bonito!

Yo, más espabilado y observador que la primera vez que entré en aquel edificio, vi que no estaba de nuevo el helicóptero y me sorprendió la gran cantidad de cables eléctricos y conductos hidráulicos que procedentes de maquinaria no muy alejada a nosotros, se introducían en la panza de la brillante y circular nave espacial.

— ¿Y el helicóptero? —pregunté intrigado.

— ¿Qué helicóptero? —respondió Le Bon serio.

—La otra noche, cuando entré solo en el hangar, había uno aquí.


Le Bon respondió, volviendo a lucir su sana y  siempre convincente sonrisa:

— ¡Aquí nunca ha habido un helicóptero!

El médico alzó entonces su brazo derecho y en el platillo volante, con un ruido similar al de un motor eléctrico, comenzó a evidenciarse la rampa de acceso, descendiendo ésta, lenta pero firmemente, hasta tocar el suelo.

— ¡Pónganse los cascos de vuelo! —ordenó Le Bon autoritariamente.

Estefanía y yo obedecimos, mientras él se ponía el suyo y comenzaba a ascender por la rampa. Nosotros dos le seguimos y al entrar en la nave, escuchamos de nuevo la extraña voz  de ésta. Me volvió a sorprender  ver como el médico le contestaba, en esa lengua incomprensible para mi  futura ex mujer y yo. 

— ¡Tomen asiento en la consola de controles y colóquense firmemente los atalajes de seguridad! —volvió a ordenar serio Le Bon.  —¡Las maniobras pueden ser bruscas! —aconsejó finalmente.


Yo obedecí con rapidez, a la vez que el médico hacia lo mismo. A Estefanía, que no dejaba de reír extrañamente bajo su casco, un tanto patosa y torpe, no conseguía abrochar sus cintos de seguridad. Tuve que ayudarle a hacerlo finalmente.

La nave comenzó  entonces a vibrar,  mientras  el cilindro central se iluminaba tenuamente. Segundos después  se encendió la pantalla principal, surgiendo  en ésta los mismos extraños caracteres de la otra vez. 


— ¡Oh! ¡Qué bonito! —exclamó  de nuevo ingenua e infantilmente Estefanía. 

Las vibraciones aumentaron, así como la luz del cilindro. Desaparecieron de la pantalla los símbolos  y en ésta surgió la imagen del exterior, tan clara y nítida, que daba la sensación de que era en realidad una ventana. A través de ella pude observar cómo se abrían las puertas principales del hangar y sentí como aumentaba ostensiblemente de nuevo la vibración de la nave. Surgieron flotando sobre nuestras rodillas las mismas extrañas figuras de la otra vez, tocando el médico una de ellas. El aparato se elevó unos metros del suelo y bajo el control de Le Bon, comenzó a salir del edificio, flotando unos metros sobre el hormigón del hangar.


Yo estaba realmente sorprendido de nuevo. ¡La nave estaba comenzando a volar!

 Los arboles de uno de los bosquecillos de Le Bon aparecieron en la pantalla y nos dirigíamos hacia éstos, acelerando con rapidez. Cuando parecía que íbamos a chocar, la nave dio un brusco frenazo que hizo que nuestras barbillas golpeasen nuestros pechos. Luego, con suavidad,  se elevó, colocándose estacionaria sobre las copas de aquellos altos árboles.Giró de nuevo sobre sí misma, apareciendo entonces en la pantalla la mansión de Le Bon. Cerca de ésta se divisaban los numerosos vehículos aparcados. Infantilmente, intenté identificar mi deportivo, pero no lo conseguí.

Entonces escuché la  alegre voz de Estefanía:

— ¿Puedo conducirla yo, Le Bon? ¡Parece tan fácil!

— ¡No creo que  Usted esté preparada para ello, Señora! —contestó el médico.

—¡Venga! ¡Porfa! —continuó ella.

De repente, Estefanía estiró los brazos para tocar los extraños objetos que flotaban frente a nosotros, situados entre nuestros pechos y la clarísima y amplia pantalla de la nave.

— ¡Huy! —Dijo ella al intentar manipular los controles — ¡No los puedo tocar!

Sus manos, ante mis sorpresa,  había atravesado los supuestos controles de la nave.

Le Bon no dijo nada, como si superado por los hechos, no supiese que hacer.

Entonces yo imité a Estefanía, intentando tocar también los controles. 

— ¡No! —gritó Le Bon! — ¡Los sensores no aceptan tantas estimulaciones! ¡Pueden saturar el ordenador central y producir una avería!

Eso no evitó que mis manos atravesasen los controles, como si fuesen de humo. Estefanía reía como una niña.

— ¡No hay nada! —decía jovialmente ésta.

    La nave comenzó a vibrar brusca y fuertemente, como cuando una máquina se engancha.  La luz del cilindro central de la nave dejó de oscilar, quedando fija, mientras Estefanía y yo seguíamos intentando tocar aquellos objetos flotantes, que a la vez, habían dejado de cambiar de color, quedando en un feo naranja tirando a amarillo. 

De repente esos objetos desaparecieron y en la pantalla de la nave,  la imagen de la mansión fue sustituida por unas letras blancas sobre un fondo azul. No estaba escrito en ningún lenguaje extraterrestre, pues yo lo entendí perfectamente:

       Se ha encontrado un problema y el sistema se ha detenido para evitar daños al equipo.
       Si esta es la primera vez que ve esta pantalla de error de detección, reinicie su equipo. Si esta                    pantalla aparece otra vez, siga los siguientes pasos:

Sorprendido, continué leyendo. Aquello me era muy familiar. Era como los típicos pantallazos azules que suelen aparecer en los ordenadores personales cuando se bloquean o averían.


        *** STOP: 0x0000008E (0x0000005, 0x8052BA34, 0xA89EAFEA, 0x00000000)
        Empezando el volcado de memoria física
        Descarga de memoria física completa.
        Póngase en contacto con su administrador de sistema o grupo de soporte técnico

Sin duda alguna, esa nave estaba controlada por un aparato construido en la tierra. Le Bon tenía razón en lo que había dicho, los sensores que detectaban a los pilotos no habían soportado la información que les ofrecían  nuestras seis manos.

 ¿Qué iba a suceder ahora? ¿Nos íbamos a estrellar?

 Eso no parecía importarle mucho a Estefanía, que seguía con sus enloquecidas carcajadas, mientras le Bon movía nerviosamente su cabeza, sin saber cómo reaccionar.

— ¿Qué demonios está pasando? —pregunté en voz alta al sorprendido y atosigado médico. 

Instintivamente me quité los atalajes de mi asiento y a pesar de las potentes vibraciones de la nave, conseguí ponerme en pie.

Le Bon intentó detenerme, pero conseguí zafarme de éste y me acerqué a la puerta de la nave. 

Toqué los controles de esta, pero no sucedía nada. Sin duda, el ordenador había bloqueado eso también. 

 Entonces vi algo que me fue también muy familiar, colocado de forma extraña, para no ser localizado a primera vista, oculto junto a la puerta. Era parecido a los interruptores de seguridad  que yo había visto en las máquinas de mi fábrica de calzado.

 Di un extraño salto y lo presioné.De golpe se detuvieron las vibraciones y se apagaron las luces de la nave, quedando ésta entonces a oscuras y muy inclinada, como cuando un barco encalla.

 Para alegría para mí, la rampa de la nave se abrió bruscamente, produciéndose un sonoro golpe al finalizar su recorrido de apertura. Sin pensarlo dos veces, me lancé por ésta, descendiendo apresuradamente.

El platillo volante  estaba fijo sobre sus cuatros enormes patas, dentro todavía del hangar, que seguía con las puertas principales cerradas.

¡La supuesta nave espacial nunca se había movido de aquel edificio!

martes, 29 de noviembre de 2016

Premio Liebster Awards

Hoy, tras quitarme las legañas y   hacer alguna cosilla rutinaria, he leído un correo de Keren Turmo, llenándome  de sorpresa, con un poquito de satisfacción, pues con él me comunicaba que me había nominado para este premio.


No esperaba esto de ser nominado y al verlo me he quedado boquiabierto. Le estoy pues eternamente agradecido a Keren y os recomiendo que vayáis corriendo a echarle una mirada a su interesante blog   

  https://elrincondekeren.blogspot.com.es/

Muchas gracias pues a este blog y a su simpática creadora.








Ahora, sin más preámbulos, voy a nominar mis "elegidos":


http://madamesantal.blogspot.com.es/    de Madame Santal


https://sinsentirnosausentes.blogspot.com.es/ de Ederet Ela


http://jhmeseguer.blogspot.com.es/    de José Hernadez Meseguer


http://relatosensutinta.blogspot.com.es/  de David Rubio Sánchez


http://deliriosdeunnaufrago.blogspot.com.es/   de Ángel Beltrán


http://juanky50.blogspot.com.es/    de Juanky


http://suicidasperezosos.blogspot.com.es/  de Doctor Krapp


http://cariciasycuchilladas.blogspot.com.es/  de Rafalé y Olé  Guadalmedina


https://franciscocenamor.blogspot.com.es/  de Fran Cenamor (Zena)


https://nonainonaino.blogspot.com.es/    de  YNADA MAX



Mucha más gente se merece ser nominado. A algunos no lo he hecho por que creo que tienen mas de doscientos seguidores,  porque ya han sido nominados o porque no se si a su blog se le puede nominar. 
Perdonadme si me equivoco, soy muy cortito.  





Las reglas oficiales de este premio los podéis mirar en:


http://liebsterawards.blogspot.com.es/p/reglas.html , que en síntesis son:



1.- Agradecer al blog que te ha nominado.
2.- Responder a un cuestionario que integra 11 preguntas.
3.- Nominar a 10, 11 o 20 blogs que tengan menos de 200 seguidores.
4.- Avisar a los premiados de la concesión, bien en su blog o desde las redes sociales.
5.- Formular 11 preguntar a los blog que se han nominado.





Ahora toca responder a las preguntas de Keren:

1.- ¿Cómo te decidiste a iniciarte en el mundo blogger?
       
      Me aburría mucho en el curro y mi exceso de fantasía no se me curaba. 


2.- ¿Qué fue lo que más te costó?


     Encontrar tiempo para esto.


3.- ¿Cuántos días a las semana escribes?


     Depende. A veces de lunes a viernes, un par a  la semana o ninguno.

    
4.-¿Sobre qué disfrutas más escribiendo?


    De Ciencia Ficción y fantasía. Soy muy fantasioso, que no fantástico.


5.- ¿ Si tuvieras que dar las gracias a alguien sobre la trayectoria de tu blog a quién se la darías? 

     A mi jefe. Solo él es el culpable de que mi mente esté siempre maquinando las ideas  lo más alejadas  posibles de mi trabajo.


6.- ¿Qué es lo que te cuesta más como blogger? 


      Encontrar imágenes gratuitas para "ilustrar".


7.- ¿Eres escritor o Escritora? 


      Me temo que escritor.


8.- ¿ Sobre que trata tu blog?


     Sobre relatos y otros rollazos.


9.- ¿ Tienes algún secreto inconfesable que se pueda contar como blogger?


     Me gustaría ser como John Lennon y su mono, que no tenían nada que ocultar, pero en realidad tengo muchos secretos que NO se pueden contar.

10.- ¿ Con que sufres más?


       Al revisar los textos. Malditos acentos......


11.- ¿Te esperabas el premio?


      Ni lo más mínimo.




Y como colofón, mis temidas once preguntas:



1. - ¿Haces tu blog por diversión?

2. - ¿A veces te da un poquillo de vergüenza de lo que has puesto, cuando ha pasado algún tiempo  y le hechas una mirada ? 

3. - ¿Tienes envidia de algún otro blog?

4. - Si a la anterior pregunta has respondido sí, ¿de cual, si es posible?

5. - ¿Tienes tiempo para leer los blogs de los colegas?

6. - ¿Tienes una de tus entradas en tu blog a la cual le tienes un cariño especial?

7. - ¿Te alegras cuando te dan un voto positivo o eres un tipo/a  duro/a y  pasas de eso/a?

8. - ¿Te sorprende a veces que te lean?

9. - ¿Como llevas los niveles de "audiencia"?

10. - ¿Repasas los textos o los dejas tal como te han salido?

11. -¿Le vas a contar a tu pareja, amigo, compi de curro o lo que sea, que te han nominado a un premio por un blog que tú haces?












lunes, 28 de noviembre de 2016

Oriónidas 14

Aquel sábado, veintiuno de octubre, a la hora indicada,  fui a recoger a Estefanía en su propia casa. Ella apareció muy elegantemente vestida y me confió que esperaba que todas mis dudas quedasen disipadas en esa misma noche.

Yo también lo deseaba, desesperadamente.

Más tarde, de nuevo llegó mi deportivo a la verja mecanizada que daba acceso a las enormes posesiones de Le Bon, con nosotros dos dentro. Ésta se abrió con rapidez y bajo un precioso cielo estrellado, llegamos a la mansión. Numerosos y caros automóviles aparcados allí nos informaba que iba a ser  también una noche especial. Una reunión importante  de los miembros  de la Organización, el grupo de importantes políticos y empresarios, liderado por Le Bon.

Tras aparcar, nos acercamos a las escalinatas de la puerta principal, donde el médico psiquiatra nos esperaba, acompañado por dos de sus fornidos hombres.

— ¡Arcadio! Espero que no se encuentre resentido por lo sucedido —dijo éste. —Mi intención era solo ayudarle.

— ¿Ayudarme? —Contesté con hipócrita sonrisa. —Si no es por mi hermosa esposa —continué, dándole un beso en la mano a Estefanía, de la forma más teatral, causándole a ésta una preciosa sonrisa  —quizás ahora me encontraría con una camisa de fuerza encerrado en los sótanos de su casa.

— ¡Vamos, Arcadio! ¡No se dejé llevar por falsas sospechas! Olvide todo eso y disfrute de esta magnifica velada.

— ¿Me dejará volver a subir a su nave espacial? —pregunté con voz cuasi infantil.

— ¡Quizás!

Le Bon dio media vuelta y el grupo que formamos sus hombres, Estefanía y yo, le seguimos al amplio comedor. Al entrar en éste, los comensales  de aquella cena, al vernos entrar, se pusieron en pie y comenzaron a aplaudir, mirándonos sonrientes.




—¡Le aplauden a Usted, Arcadio! —me aseguró Le Bon. 

Un tanto aturdido, seguí sus instrucciones y me senté a su lado, en la mesa principal, como en la otra vez que acudí a cenar a su mansión. Prestos, los camareros comenzaron a servir los alimentos. De inmediato, uno de ellos colocó un plato ante mí.

— ¡Rayos! —pensé. — ¡De nuevo una crema de ese asqueroso hongo! El mismo que cultivan en los invernaderos situados junto al hangar.

De alguna manera, llegué a la conclusión de que yo no debía probar ese plato. Tímidamente, tomé un pedazo de pan y comencé a comerlo.

— ¿No tiene hambre, Arcadio? —dijo Le Bon al ver que no probaba el primer plato.

—¡No, lo siento! No me encuentro muy bien y no tengo casi apetito. ¡Tranquilo! Ahora empezaré a comer —contesté, tomando mi copa de agua, bebiendo un leve sorbo.

Todos los invitados comían y bebían sin dejar de reír y charlar. 

Entonces me di cuenta. A Le Bon no le habían servido ningún plato. Por lo visto, éste no pensaba comer nada.

De repente, éste se levantó de la mesa y como en la otra noche que fui a su casa a cenar y ver su nave, comenzó a pasear entre las mesas donde estaban sentados los invitados, deteniéndose en todas y cada una de éstas, charlando animadamente con los comensales, que no dejaban de devorar la crema de hongos, generosamente regada convino para todos.

Entonces cogí mi plato y volqué el contenido de éste en el interior de un centro de mesa, adornado profusamente con bonitas flores, sin que ninguno de los hombres de Le Bon se percatase.

— ¿Qué haces? —preguntó Estefanía, que fue la única persona que me vio hacerlo.

—No se, pero no pienso probar esa  sospechosa crema.

Ella consumió totalmente su ración, como todos los demás comensales.

Al rato regresó Le Bon junto a nosotros. Vi que éste miraba con interés mi plato casi vacío.


Un camarero retiró entonces éste, a la vez que los demás  hacían lo mismo a los otros invitados,  continuando despues sirviendo el siguiente componente del menú. Éste consistía en una sabrosa carne, acompañada generosamente por trozos de ese mismo sospechoso hongo. Sonreí amablemente de nuevo a Le Bon y comencé a comer esa carne, teniendo muchísimo cuidado de no hacerlo en la parte “contaminada” por aquel vegetal heterótrofo. No ingerí  tampoco ni una gota de alcohol.

Un tanto preocupado, el médico contestó mi sonrisa, con otra menos intensa. Al fin, retiraron ese plato, trayendo el postre, por suerte, sin hongos.

Entonces Le Bon se puso en pie, declamando solemnemente:

— ¡Damas y caballeros! Nuestro admirado invitado, de nuevo esta dispuesto a responder a todas las preguntas que ustedes quieran hacerle. ¿No es así, Acadio?

Yo, con una sonrisa digna del más borrachín de la comarca, tomé mi copa agua, di un nuevo trago en ésta y me puse en pie.

— ¡Claro! —contesté sin dejar de sonreír.

 —Gracias, Arcadio —dijo Le Bon, dirigiéndose después al grupo de comensales. — ¿Alguna pregunta? 

Un bigotudo señor, con la cara muy colorada, seguramente por causa del alcohol bebido, se puso en pie y clamó un tanto irritado.

— ¡Bien! ¿Nos va a describir, por fin, como son Ustedes, los habitantes de Sirio? ¿Cómo es su sociedad, su forma de vida y su tecnología?

— ¡Claro! —contesté de nuevo, sin perder la sonrisa. Bebí de nuevo de mi copa y continué. —Pero es absolutamente necesario que  primero  Le Bon me lleve de nuevo a ver  la nave espacial.

Un intenso rumor se alzó en la sala.

— ¡Está bien! —contestó serio Le Bon. —Vayamos al hangar. ¡Sígame, Arcadio!




miércoles, 23 de noviembre de 2016

Oriónidas 13

Mari Fe llamó a sus subordinados por la radio que portaba en su cinto y en pocos minutos, los agentes que anteriormente me habían perseguido, aparecieron con su coche patrulla. Éstos, con no mucho cuidado, me introdujeron en los asientos traseros del vehículo. Mari Fe se sentó a mi lado.

— ¿Me vas a entregar a Le Bon ahora? —le pregunté con cierto desdén.

— ¡Tonto! ¡Claro que no!

En veinte minutos llegamos al cuartel.  La pareja de  guardias me sacaron del coche y tomándome por los brazos, prácticamente arrastrándome y virtualmente con mis pies a quince centímetros del suelo, me condujeron al despacho de Mari Fe, dejándome a solas con la Teniente. Entonces  ésta dejó sobre su mesa la pistola que me habían quitado, preguntándome:

—¿Para que querías eso?

—Eso era...."por si acaso" —respondí.

  Bueno, pues "por si a caso" te la voy a guardar una temporadita aquí, en el cuartel.

— ¡Vale!  exclamé intentando quitarle hierro al asunto.

Se puso entonces detraes de la silla donde me habían sentado y comenzó a quitarme las esposas, volviendo a hablarme:

—Sospechaba que habías pasado la noche con tu “amiguita,” así que esta mañana he ordenado que  mis agentes peinasen la zona. Mis chicos han visto enseguida tu cochecito, escondido en aquel huerto abandonado y estábamos  justo allí, cuando recibimos la alerta de la oficina del banco.  Yo me he quedado esperando junto al Porsche, pues estaba segura  de que ibas a volver a por él.

— ¿Qué vas a hacer conmigo ahora?  pregunté con preocupación indisimulada.

—Quiero que vuelvas a casa de Le Bon, en la próxima cena, que se va a celebrar este  mismo sábado.

—  ¡No pienso volver por allí!¡Pero si él quiere encerrarme en su clínica!

—No puede hacerlo.

— ¿Olvidas que consiguió que un juez lo dictaminase?

— ¿Me tomas por tonta? Eso ya ha sido revocado.

— ¿Cómo?

—Resulta que legalmente aún estas casado con Estefanía.

—A ella también le ha comido la cabeza Le Bon.

—Sí, pero parece que aún te quiere, así que enseguida hemos conseguido convencer al juez de  que ella era tu “autentica “familia.  Cuando me digas lo que sabes, te dejaré volver con tu deportivo y te vas tu casa o a la de tu amiguita. Eso sí, como te has portado tan mal, seguirán bloqueadas tus cuantas bancarias. 

— ¡Está bien!

—Pues ya sabes. ¡Soy todo oídos! ¡Cuéntamelo todo!



Una hora después, otro coche patrulla de la Guardia Civil me acercó al lugar donde yo había ocultado el deportivo. En ese corto trayecto, yo no dejé de pensar en mi situación: Le Bon pretendía recluirme en su mansión-clínica y según él, yo soy un extraterrestre. Mari Fe no se creía nada de lo que yo le había contado y pretendía que volviese a casa de aquel tipo el próximo sábado, en su nueva cena con todos aquellos sonados.

Me encantaría poder salir de allí corriendo y de este embrollo, pero la Guardia Civil había bloqueado mis cuentas bancarias.

Estaba metido en un buen follón.

Luego,  tras recoger mi coche, regresé finalmente a mi  casa y allí me llevé otra gran sorpresa. Mi todavía esposa estaba esperándome en ésta, charlando con Julián mientras paseaban por los jardines.






— Hola Arcadio. ¿Cómo estas? —me preguntó ésta nada más verme.

—Bien, Gracias por ayudarme. Según Mari Fe, si no es por ti, ahora estaría encerrado en la casa de Le Bon.

— ¿Mari Fe? ¿Quien es esa?

—La teniente de la Guardia Civil. ¿No la conoces?

— ¡Ah!.... ¡esa!.... Sí,  ella me llamó. Me dijo lo que estaba sucediendo. La verdad, no comprendo lo que esta pasando, ni lo que pretende Le Bon….¡Una persona tan agradable!….

— ¿Agradable?

— Entiendo que no te caiga bien…después de lo ocurrido, ¡pero si lo conocieses tan bien como yo….

— Creo que ya tengo una idea de cómo es…

—De quien no se como es eres tú. ¡Has cambiado tanto! En esta charla con Julián, me ha dicho cosas que jamás habría imaginado en ti. Te has convertido en alguien tan distinto, tan buena persona...

— ¡Te aseguro que yo soy el mismo de siempre. ¡Nada de extraterrestre ni chorradas semejantes!

—¡No se! Es difícil no creer a Le Bon.......¡Antes te comportabas como un ogro!

— ¡Bueno! ¡Si quieres,  me puedo comportar como un ogro ahora! 

 Ella sonrió con cierta timidez y me preguntó entonces:


— ¡No, gracias! Así estas magnifico.¿Vas a ir entonces a la próxima cena en su casa?

— ¡Qué remedio!

—Podemos ir juntos….

Entonces sonreí yo, contestando:

— ¿Me harías ese favor?

— ¡Claro! Estoy segura de que te ayudaré a conocer a Le Bon completamente y entender sus autenticas intenciones.

— ¡Ojala!…

Quedamos para ir a dicha cena y ella abandonó mi casa.

Yo me sumergí entonces en mis más turbios pensamientos.

martes, 22 de noviembre de 2016

Oriónidas 12

Tras pasar con el coche por delante de la dirección indicada, busqué un lugar donde esconder el vehículo. Un deportivo con esa pinta no era precisamente algo  muy discreto. Finalmente, en las afueras del pueblo, me introduje con él en un huerto abandonado, también esta vez de naranjos, y lo dejé allí cubierto de maleza. Luego llegué hasta  la casa donde anteriormente pretendía llegar y pulsé en el timbre situado junto a la puerta de ésta. Pocos segundos después se abrió, apareciendo tras ella Ana, la mujer que me encontró, con su hija y su perrito, en aquel naranjal:

— ¡Arcadio! ¡Qué sorpresa! —exclamó al verme.

—¡Hola, Ana! ¿Puedo pasar?

—¡Claro! Íbamos a comer ahora. ¿Quieres acompañarnos?

Entré en el interior de su vivienda, respondiendo:

— ¡Tengo problemas! No quiero asustarme, pero me buscan y he pensado  en si podría esconderme aquí unas horas...

Ana me miró fijamente a los ojos y contestó:

—No te preocupes. Puedes quedarte todo el tiempo que quieras.

—Gracias por ayudarme —le dije agradecido.

—Tranquilo. Sé que eres una buena persona y  si necesitas auxilio, yo  te lo daré.

No supe que decirle. Ella tampoco, así que la seguí al interior de la vivienda y tras  jugar un poco con su hija y saludar a su perrito,  ayudé a Ana a servir la comida. Ella fue muy agradable, procurando evitar que mi "problema" surgiese durante la charla que mantuvimos los tres. Cuando aquella mujer regresó de llevar a la niña al colegió, le conté todo lo que me había sucedido. Yo pensaba al principio que no iba a creerse mi extraña situación, pero confió plenamente en mí  y  aceptó todo lo que yo le decía.

Pasé el resto de la jornada escondido allí y por la noche le ayudé a Ana a preparar la cena. Tras tomarla, cuando ya se acostó su hija, me hizo algunas preguntas sobre lo que me había ocurrido, más por curiosidad que por incredulidad. Finalmente me indicó donde podía dormir, una pequeña y limpia habitación, y me acosté.

No pude dormir muy bien en todo la noche. Mis problemas de identidad, añadidos ahora por el hecho de ser buscado por los hombres de Le Bon y Mari Fe y sus guardias, no hacían más que aumentar mi insomnio.
Por la mañana, cuando llevaba finalmente un rato dormido, la voz de la niña volvió a despertarme con aquella misma canción del sapo y su sombrero. Me puse la ropa y desayuné con ellas. Cuando Ana se fue con su hija en dirección al colegio, dejé sobre una mesa todo el dinero que yo llevaba encima.  Me sentía obligado a pagar de alguna manera su hospitalidad.

 Abandoné la casa sin esperar el regreso de su dueña y me dirigí  andando al centro del pueblo, un lugar donde mucha gente trabajaba para mi en algunos de mis negocios,  y procuré no ser reconocido. Al llegar a una oficina de banco, situada en la plaza mayor,  me coloqué frente al cajero automático, colocado junto a la puerta de entrada, e introduje en él una de mis tarjetas. Frustrado, vi como un mensaje aparecía en la pantalla, indicándome que aquella tarjeta estaba desactivada.

Probé otras, pues tenía muchas, con igual resultado.  Si quería irme de allí debía conseguir dinero, así que me arriesgué entonces  a entrar en la oficina y me acerqué a una de las ventanillas.

En ésta, la chica que me atendió, muy pintada y arreglada, se sorprendió al verme y con semblante asustado, me preguntó:

— ¡Hola Don Arcadio! ¿Desea algo?

—Sí —contesté con falsa tranquilidad —Necesito sacar efectivo de mi cuenta, unos tres mil Euros, por favor.

Dubitativa, la chica respondió, mientras dirigía nerviosas miradas a sus compañeros.

—Esperé un momento, Don Arcadio.

— ¿No es necesario que le enseñe mi documentación ni nada de eso, verdad, Señorita?

— ¡No, claro que no! Todos en la oficina lo conocemos de sobra.

Me pareció cierta actividad en sus compañeros y la lentitud de la chica al realizar la operación que yo le había pedido me hacía sospechar.

— Lo siento, Don Arcadio; pero me ha surgido un problema. Creo que va a tener que esperar unos minutos —añadió la muchacha.

— ¿En serio? Tengo un poco de prisa.......

Entonces escuché la sirena de un vehículo policial. Sin duda, alguno de los empleados de aquella oficina había llamado a la Guardia Civil. Salí corriendo de la oficina y mientras cruzaba la puerta, un coche patrulla apareció en medio de la plaza. Los agentes bajaron de éste y comenzaron a perseguirme.

— ¡Maldita sea! —pensé. — No me ha dado tiempo a pillar la pasta.

Los guardias me gritaron ordenándome que me detuviese, pero yo, corriendo más rápido de lo que yo pensaba que podía,  no les hice caso. Me introduje por las estrechas callejuelas de aquel viejo pueblo naranjero, intentando deshacerme de los civiles, pero desgraciadamente éstos estaban en magnifica forma física. Metro a metro, redujeron la distanciara de ventaja que yo les llevaba y cuando estaban a punto de alcanzarme, reconocí finalmente que solo un milagro podía evitar que los guardias me detuviesen.

Pero ese milagro se produjo. De repente, una anciana apareció, saliendo de una de las viejas casas. Con educación, pidiéndole perdón, sin dejar de correr,  me introduje en ésta, cerrando la puerta  y dejando a la señora afuera en la calle, todo ello con inusitada rapidez. A los gritos de los agentes se sumó  entonces los de la enfada señora. Aterrado escuché como la anciana les decía a los agentes que no se preocupasen,  pues llevaba encima las llaves de su hogar, mientras las buscaba s en su bolso, oyéndose después como éstas penetraban en la cerradura de la puerta.

Crucé aquella antigua vivienda y busqué el patio trasero que solían tener  ese tipo de casas. Sin detenerme, me precipité a éste e intenté trepar la pared que lo cercaba. 

Aquel muro era demasiado alto, sin conseguir yo poder saltarlo. Entonces escuché horrorizado como la puerta de la entrada de la casa se abría y los agentes entraban. Me fije en la escalera que comunicaba aquel patio con el tejado de la casa y sin pensarlo, eché a correr por ésta. 

Los Guardias me siguieron igualmente, continuando entonces aquella alocada carrera por los tejados de las casas de aquella calle. De nuevo los agentes comenzaron a recortar la distancia, cuando de repente, al saltar yo de un tejado a otro, cedió éste último ante mi peso, provocándose un agujero por el cual caí estrepitosamente yo.

Sorprendido y dolorido, tumbado en el suelo de aquella vieja casa abandonada  adonde yo me había precipitado,   vi como los agentes se asomaban por el agujero creado por mí peso en el tejado. 

Entonces comprendí que tenia de nuevo otra oportunidad y a pesar de estar hecho polvo, me levanté y salí de allí corriendo a través de una desvencijada ventana.

 Tras unos minutos de continuar corriendo por las calles, reduje mi marcha y sin dejar de caminar, intenté recuperar el aliento. No había conseguido obtener dinero y estaba claro que debía salir de allí lo antes posible, así que decidí regresar al vehículo y con él dirigirme a la gran ciudad, situada a media hora de allí por la autopista. Tenía suficiente combustible para ello. Quizás allí tendría más suerte. Ya se me ocurriría como solucionar mi extraña situación.

 Mientras pensaba todo aquello me introduje por los naranjos, evitando miradas indeseadas y llegué por fin a mi precioso Porsche 911 descapotable. Introduje las llaves en la puerta y de repente reconocí una voz que heló mi sangre.





— ¿A dónde quieres ir, mi Arcadin?

Lentamente me giré. La teniente Mari Fe me apuntaba con su arma reglamentaria. Yo levanté las manos de una forma un tanto cómica y ésta se me acercó. Sin dejar de encañonarme,  me hizo dar media vuelta y mientras me ponía las esposas, me dijo con voz extrañamente dulce:

— ¡Te advertí de que no te portases mal! ¡Ves!¡Tonto! ¡Ahora tengo que llevarte  al cuartel esposado!