El antro del peor escritor del mundo

jueves, 23 de abril de 2015

Oriónidas 2

Ya reponiéndome en la cómoda cama de un hospital, llegó el calvario. Comenzó un incesante torrente de preguntas, por parte de los médicos y de agentes de la Guardia Civil. ¿Quién era yo? ¿Cuál era mi domicilio? ¿Cómo había llegado al huerto donde fui descubierto por el perro, la niña y su madre?

No pude contestar ni un solo interrogante. No recordaba nada. No sabía ni mi nombre ni mi procedencia. Ignoraba como había acabado en aquel naranjal.

 Los Civiles, comprensiblemente, sospecharon de mí de inmediato y comenzaron a indagar mi identidad. En mis brazos había señales de heridas, provocadas por agujas hipodérmicas y eso hizo que los agentes pensasen muy mal de mí. Uno de los médicos, quizás intentando quitar hierro al asunto, dijo que posiblemente eran causados por goteros, lo cual hizo más misteriosa mi situación.

Mientras seguía inmerso en mi ignorancia supina, al día siguiente vinieron a visitarme quienes me habían encontrado entre los naranjos: la niña gritona y su madre. Esta última parecía muy apurada por la situación. Se sentía culpable por no haber sabido apreciar mi autentico y lamentable estado en el huerto.

—Lamento mucho lo que pasó—– dijo esta.

Era ella una mujer agradable, de una edad que yo calculé, semejante a la mía, y no puedo evitar decir, mucho más atractiva que el perro de su hija.
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—No se preocupe —respondí. —Supongo que debía tener una pinta no muy tranquilizadora.

—Bueno, ¿cómo se encuentra?, ¿Cuándo volverá a su casa? —inquirió la agradable madre.
— ¡Rayos! —pensé. — ¡más preguntas!


Respondí como pude.


—Bien. A lo primero le puedo decir que me encuentro mucho mejor. Puedo caminar con normalidad y todo eso.

—Me alegro de ello

—Con respecto a la segunda pregunta, no puedo contestar aún. Espero que me identifique pronto la Guardia Civil. Los médicos dicen que la memoria  la iré recuperándola poco a poco, probablemente.

—Sí, algo me han dicho. ¿Realmente no recuerda nada?

—Nada— contesté— no sé ni quien soy, ni como me llamo. Ni mucho menos, que hacia yo en aquel huerto.


Ana y Ana, así se llamaban madre e hija, pasearon conmigo por los pasillos durante el resto de la tarde, muy despacito, pues yo no daba para más. Al término del horario de visita, se despidieron muy cordialmente y me prometieron que volverían a visitarme. Eso me agradó, pues era muy triste tener solo como visita a la Guardia Civil.

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