jueves, 23 de abril de 2015

Oriónidas 1

   Empecé a escuchar, primero levemente, una vocecilla que se acercaba. Pensé entonces en abrir los ojos, pero pesados y lerdos estos, parecían querer oponerse a hacerlo.

   — ¡Jo, qué mal se está aquí! —razoné al notar el dolor en mi espalda.

   Una intensa luz se evidenciaba más allá de mis cerrados parpados. Esto me ayudó al fin a conseguir abrirlos e intensas manchas verdes, azules y anaranjadas me cegaron momentáneamente, hasta que mis ojos lograron enfocar. Comprendí al fin que yo estaba tumbado bajo un naranjo y entonces sentí que aquella vocecilla, cada vez más cercana, estaba cantando una canción sobre un sapo y su sombrero.

Apoyándome en el tronco del frutal, intenté reincorporarme, consiguiendo solo colocarme sentado. Me encontraba sin fuerzas, debilitado, incapaz de ponerme en pie. De repente noté que algo húmedo me tocaba. Era el hocico de un perrito que comenzó a lamer mis manos y olerme frenéticamente.

   Intenté aclarar mi mente, ¿dónde estaba?, ¿qué hacía yo allí? Me fije entonces en mi ropa. Llevaba un traje, arrugado y sucio, que me venía enormemente grande. El perro, subyugado por mis efluvios personales, agarró mi pierna derecha, confundiéndola con una hembra de su especie.

   Tras intentar darle una patada con mis disminuidas fuerzas, conseguí ponerme a gatas, saliendo de debajo del naranjo, sin lograr escapar de los amores del can. Entonces supe que quien cantaba lo del sapo y su sombrero, al toparme de bruces con ella, era una niña. Una niña muy gritona, como pude comprobar en ese momento, al dar esta uno intenso berrido con un poderoso chorro de voz, incomprensible en tan diminuto cuerpecillo.

   Aún a gatas, intenté por señas hacerla callar, pues yo me sentía incapaz de hablar, pero la niña continuó con su estridente griterío. Al fin, agarrando las ramas de los naranjos de aquel huerto, conseguí ponerme en pie, mientras el perro proseguía con sus intentos amorosos. Asustado tanto o más que la niña, agobiado por la situación en que me encontraba, con el ensordecedor grito infantil y el perro acosándome, intenté huir de allí, con pasos débiles y vacilantes. Entonces llegó una mujer, asustada por los gritos de la niña y al verme, la tomó en brazos y comenzó a alejarse de mí apresuradamente.

   — ¡Señora! ¡Por favor! Necesito ayuda —dije al fin con un hilillo de voz.
   — ¡Aléjate de nosotros, borracho! ¡Lárgate de aquí! —contestó la mujer, desapareciendo entre los naranjos.


   Tras merodear, débil y perdido, por aquellos huertos durante un rato, apareció un todo terreno de la Guardia Civil. De este descendieron dos fornidos agentes con la intención inicial de detenerme, pero afortunadamente, al percatarse de mi situación, me condujeron a un hospital.

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